“Me preocupa lo que se pinta desde los medios de comunicación como la búsqueda de un éxodo de las grandes ciudades, que sólo pueden materializarlo algunas personas que cumplen con ciertas condiciones, desde la iniciativa individual”, dice Alejandro Casalis, secretario Académico de la Maestría Políticas Públicas para el Desarrollo con Inclusión Social de FLACSO y coordinador del Diploma Superior en Desarrollo Local, Territorial y Economía Social, de la misma casa de estudios.

Casalis desmenuza el estado de situación actual con precisión académica, pero también con una sensibilidad extendida desde la comprensión de un proceso que, asegura, es “amplio y complejo”. “El problema es estructural y atañe a la vida en las grandes ciudades, al desarrollo y A la forma en que la administración pública gestionan esas ciudades”, explica. Ese malestar que se percibe cotidianamente explotó durante el desarrollo de la pandemia. Mucha gente empezó a pergeñar planes para huir de la ciudad e instalarse en el interior.

Sin embargo, Casalis advierte que las “políticas de desarrollo local tienen más fracasos que éxitos”. Y agrega: “Es muy complejo el abordaje territorial. Hay que apuntar a un proceso estructural y planificado, porque además de mudarse, es importante que haya trabajo conectado con la estructura productiva del territorio, que haya servicios, infraestructura: gas, agua corriente, electricidad abundante para la instalación de industrias, buen internet para nuevos emprendimientos, entre otras cuestiones”.

Durante la pandemia, mucha gente dio el primer paso para irse de la ciudad. Pero hay otro fenómeno previo que no se mira con la misma atención: las condiciones necesarias para que la gente no se vaya de los pueblos.
Mi preocupación está centrada ahí: ¿cómo generar las condiciones para que la gente se deje de ir? Si uno genera esas condiciones, frenás el gran problema de la migración interna que tiene nuestro país, que va de las regiones periféricas hacia las centrales. Y además, cada región periférica tiene su propio centro. Buenos Aires es el centro de todo, pero la ciudad de Córdoba es el centro de su región… hay un permanente proceso de despoblamiento, desde los lugares más chicos hacia los grandes.

¿Por qué sucede eso?
La gente se muda por razones laborales o por el acceso a los servicios. Ahora, en el caso del servicio educativo, puede existir la posibilidad de mudarse y volver. Te vas para estudiar algo muy específico -porque no sería muy razonable que haya, por ejemplo, ingeniería nuclear en todas las universidades- y después volvés para trabajar desde ahí. El punto es conseguir que las regiones tengan una oferta educativa que incluya la primaria, secundaria, terciaria y universitaria vinculadas a las estructuras productivas. Esto es para que, sobre todo el secundario, el terciario y el universitario se enfoquen en lo que hace la región, no sólo para replicarlo, sino para agregar valor o transformar en base a lo que hay. Por ejemplo, generar servicios sobre aplicaciones industriales, o en la gestión ambiental, que es muy necesaria para la actividad productiva.

Con ese esquema en funcionamiento, ¿la migración interna se frenaría?
Sin duda. Alguno se irá para estudiar alguna carrera, y la región tendrá que generar las condiciones para que esa persona pueda volver a trabajar allí. Hay que pensar todo en sentido integral. Hoy, a pesar de la buena iniciativa de crear universidades regionales, la formación secundaria sigue siendo bastante clásica y a los institutos técnicos o universitarios les cuesta incorporar, muchas veces por cuestiones presupuestarias, las temáticas más vinculadas a la tecnología. No es que adopte el paradigma tecnológico de forma acrítica, pero la educación formal debe vincular más lo tecnológico con lo productivo, las ingenierías, los títulos intermedios, las ciencias naturales y básicas. Esto no es por desconocer la potencia de las ciencias sociales, pero si pensamos las cuestiones del desarrollo la escuela secundaria debe tener otra mirada para pensar el desarrollo territorial, local, en relación a lo productivo, con una mirada integral. Si uno piensa en políticas públicas, no podemos apuntar a situaciones aisladas, por más que haya algún caso aislado, sino que tiene que pensarse en términos regionales.

¿No abordarlo de esa manera podría generar nuevos conglomerados urbanos?
Sí, porque -otra vez- la gente se muda por oportunidad laboral y acceso a los servicios. En cada región, hay potencialidades, más allá de algunas áreas puntuales del país que por cuestiones climáticas sería difícil de poblar. ¿Cómo se aborda? Bueno, en principio, desde lo que ya hay. A lo que hay, hay que agregarle valor agregado, infraestructura. Imaginar ciudades de 20, 30 mil habitantes con un potencial de infraestructura, financiamiento, que constituyan experiencias de desarrollo productivo, de arraigo. Si se generan núcleos regionales, van a convertirse en atractivos. Esas regiones van a dejar de ser expulsoras, y al mismo tiempo se van a volver atractivas para el proceso inverso: para que alguien vuelva o para que alguien que nació en el conurbano vea que hay una posibilidad en un pueblo del interior. Si esto no sucede, es muy difícil que la gente por iniciativa individual se vaya a otro lugar, sin certezas. ¿Por qué me voy a ir si no conozco a nadie? Voy a ser un desconocido, sin trabajo, con la necesidad de empezar de cero. Sin red social, de apoyo. Esto, a pesar de que mucha gente esté viviendo mal en el conurbano, hace que se queden donde están.

«Es muy difícil que la gente por iniciativa individual se vaya a otro lugar, sin certezas. ¿Por qué me voy a ir si no conozco a nadie? Voy a ser un desconocido, sin trabajo, con la necesidad de empezar de cero. Sin red social, de apoyo. Esto, a pesar de que mucha gente esté viviendo mal en el conurbano, hace que se queden donde están.»

Decías que muchas veces las experiencias de desarrollo local fracasan, ¿por qué sucede eso?
Algo que suele suceder en las experiencias de desarrollo regional o local es que al no estar debidamente planificadas, terminan manchando al instrumento. No es por la falta de potencialidad, sino porque se implementan mal. Hay que pensar los procesos de desarrollo en sus múltiples escalas, en su complejidad, comprender que estos procesos no se dan naturalmente, sino que requieren planificación, que además ponen en evidencia las disputas territoriales, con sus desniveles, regiones centrales ricas y regiones periféricas muy precarias. Para empezar, hay que identificar experiencias exitosas para aprender de ellas y replicarlas. Y articular todos los procesos de desarrollo social, con la economía social y solidaria porque son actores de lo real: pequeñas unidades productivas, empresas de carácter familiar, Pymes en su mayoría informales. Esa es la materia. Con eso, más la capacidad de gestión de los gobiernos locales, hay que construir y transformar. La economía social y solidaria tiene como objetivo satisfacer necesidades sociales, económicas, productivas, de desarrollo comunitario. Y efectivamente lo hace, sobre todo con apoyo y acompañamiento estatal, cuando existen políticas públicas que las promuevan. Sobre esto, trabajamos.

¿Qué análisis hacés de la situación hoy en relación a la distribución territorial de la población?
En los conurbanos, en los grandes centros urbanos, hay una evidente inercia histórica de una serie de problemas sociales, económicos, de infraestructura, habitacionales que se fueron acumulando. La pandemia los puso más en evidencia. Eso no quiere decir que sean problemas nuevos. Son problemas que tienen que ver con un modelo de desarrollo, que es un modelo altamente concentrado que movilizó el desplazamiento de la población a esos grandes centros urbanos. Buenos Aires, Córdoba, Rosario y muchas capitales provinciales. La pandemia visibiliza un proceso histórico, que evidencia las malas condiciones de vida, tanto de sectores bajos y medios. Problemas en el traslado, dificultades para acceder a la vivienda y a la tierra, problemas ambientales. Se vive muy mal, desde hace tiempo, pero esto tiene que ver con problemas estructurales, con un tipo de organización de la actividad productiva. También hay un problema de escala. El problema es mucho mayor que el tamaño y escala de las respuestas de bajo presupuesto disponibles, esto hace que los conurbanos estén cada vez peor. Hay una gran incapacidad para resolver estos problemas.

«Hay cierta limitación de la sociedad civil para demandar o involucrarse en los procesos locales de una forma más decidida. La sociedad civil, muchas veces, es muy activa para denunciar u organizarse en torno a un problema, pero no para comprometerse en torno a un proceso que genere el cambio social»

¿No hay que repensar cómo se reparte el poder político y fiscal para, luego, fortalecer a los gobiernos locales?
Parte del problema de los gobiernos locales es un problema de funcionamiento del sistema municipal en la Argentina, que limita su capacidad de transformación. Tiene que ver con lo presupuestario, hay una gran dependencia de recursos de la coparticipación nacional o provincial, no obstante es en el territorio donde se produce la necesidad y la demanda, y donde se materializa la inversión de política pública. El otro tema es la cuestión de la autonomía. En la provincia de Buenos Aires hay una discusión de la falta de autonomía, o de la autonomía relativa de los municipios. Y después, hay un problema relacionado con la profesionalización e innovación en los gobiernos locales. Hay falta de incentivos nacionales para solucionar esto, pero también hay limitaciones de los gobiernos locales por resolver los temas de una manera más acorde a las demandas. Y por último, y esto es algo que no sólo pasa en las pequeñas localidades, hay cierta limitación de la sociedad civil para demandar o involucrarse en los procesos locales de una forma más decidida. La sociedad civil, muchas veces, es muy activa para denunciar u organizarse en torno a un problema, pero no para comprometerse en torno a un proceso que genere el cambio social.

¿Eso no se da porque los municipios no tienen margen de acción?
Sí, pero tenemos cooperativas, escuelas, el periódico local, referentes religiosos, empresarios, que tienen capacidad de identificar un problema y comprometerse con la solución. El problema habitacional es un problema local, entonces los municipios dicen: “No tengo presupuesto para solucionarlo”. Entonces esperan a que haya un plan nacional. Ahora, si el problema consiste en que cuatro o cinco familias necesitan una solución habitacional, eso sí lo pueden hacer. Se requiere cierta creatividad. O tomemos el problema de la calidad educativa. Obviamente, no hay incidencia en los planes educativos, decididos por la provincia, pero si detectamos que hay deserción o malos rendimientos, debe haber una acción local. Ahí es donde la comunidad pierde la posibilidad de tensionar a los gobiernos para encontrar soluciones diferentes. Finalmente, los procesos de cambio social y de desarrollo, no pueden ser sólo una espera de que lleguen de arriba. Un proceso de desarrollo local, tiene que ser de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Las miradas estatalistas no sirven, nos alejan de la gente, de la realidad y de los problemas. Sin una sociedad civil activa, no hay desarrollo. Nadie va a venir a solucionar todos tus problemas, necesitamos transformar involucrándonos.

¿Hay una crisis del sistema municipal?
Sí, hay una falta de sistematicidad en los procesos, que dependen de la buena voluntad del intendente que, cuando se va, eso queda en el aire. Es una debilidad también de la sociedad civil, que se involucra desde la crítica, pero no construye.

¿Por dónde se reconstruye?
Por los espacios de participación. Tenemos que generar espacios de integración. Si perdiste la cooperadora, la mutual, la asociación civil, la escuela, la preocupación por mejorar la salita de primeros auxilios, perdiste la preocupación por embellecer la plaza principal… ¿qué te queda? Un conjunto de familias que viven en sus casas, aisladas, en forma individual. Entonces reproducís el individualismo de las grandes ciudades y no recuperás la vida comunitaria, algo propio de los pequeños pueblos.