Cuando la fundación ES VICIS publicó la primera convocatoria del programa de re-migración y repoblación de comunidades rurales, Bienvenidos a mi pueblo, recibieron un aluvión de interesados. Unas 20 mil personas se mostraron dispuestas a participar de la prueba piloto que se llevaría a cabo en Colonia Belgrano, provincia de Santa Fe, una localidad de 1300 habitantes. Con el apoyo del gobierno provincial y la Embajada Suiza, el “Paquete re-migratorio” contemplaba incentivos para que 20 familias pudieran radicarse allí: crédito hipotecario con una tasa subsidiada, capacitaciones para mejorar las habilidades de los emprendedores y acompañamiento para facilitar la integración con la comunidad. Como parte del programa se identificaron las oportunidades de negocios que tenía el pueblo y la región, buscando desmitificar el preconcepto de que en las localidades pequeñas sólo se puede vivir del campo.

Cintia Jaime, directora de ES VICIS, jura que para ella no fue una sorpresa la enorme cantidad de personas interesadas en radicarse en un pequeño pueblo. “Es algo que está pasando en todo el mundo, empezó antes de la pandemia, quizá ahora más. Hay mucha gente con ganas de irse de las ciudades”, dice a Somos Arraigo. “Por eso es muy importante trabajar la bienvenida, la integración, y el negocio porque la primera pregunta es ‘¿qué hago acá? Los vecinos ni me saludan’. Hay un tema de infraestructura, pero lo social es lo más fuerte: donde tenés una buena bienvenida, te vas a sentir como en tu casa. Alguien te tiene que abrir la puerta”, explica.

-¿Por qué es importante frenar y revertir la tendencia migratoria hacia las grandes ciudades?
-Porque nos estamos deshumanizando en las ciudades. Es mi preocupación central. La ciudad es el terreno para el anonimato, donde puede salir lo peor de las personas. La violencia por las diferencias, el amontonamiento. Cualquier densidad animal, más allá de los humanos, genera conflictos en la especie. Poniéndonos en un plano de igualdad con otras especies, ¿qué pasa en una jauría cuando los encerrás a todos? Se empiezan a enfermar, hay violencia. Lo mismo pasa con los humanos. Somos tribu y tenemos una territorialidad. Y eso es importante. Hemos perdimos la territorialidad y la comunidad es importante porque devuelve un poco el lugar.

-¿Pensás que la pandemia puede ser una oportunidad para que mucha gente se replantee el lugar donde está viviendo?
-Estamos recibiendo todos los días mensajes y llamados de personas que hacen home office o que son jubiladas, incluso personas que no saben si van a volver a abrir sus comercios cuando termine el confinamiento o que ya saben que el formato que se prevé no le será redituable. Hay una serie de cambios que son viscerales, estructurales, que generan un ambiente propicio para la reflexión de adónde voy a vivir, cómo voy a hacer y por qué me voy a quedar esperando a que salga el sol y pase por ese ángulo del departamento para poder verlo, de dos a cuatro. Mucha gente  vive así y desde luego se lo está cuestionando. La gente empezó a buscar primero el balcón, después la terraza, ahora la casa con patio, primer cordón, segundo cordón y cada vez más lejos. Hay un crecimiento de la demanda de manera impresionante. La gente está buscando. Son indicios para lo que se viene. Y hay que estar preparados. Por eso nosotros nos enfocamos en visibilizar a los pueblos.

-¿Cómo es ese trabajo de visibilización que hacen desde la fundación?
-Es una cosa muy simple en el fondo: pensar qué necesita el otro para tener el envión y allanarle un poco el camino. Es un puente que busca responder quién me va a recibir, quién está del otro lado, por dónde empiezo. Nuestra idea es trabajar los pilares de una migración sostenible: sentirse bien, la bienvenida, y el trabajo: ¿qué puedo hacer? ¿te llevás tu trabajo adonde vas? Siendo independiente o vendiendo de manera online, podés elegir dónde vivís, dependés sólo de la conectividad. Cada vez más gente puede hacerlo. Por otro lado, hay servicios para cubrir una determinada área, son trabajos para hacer con las manos: peluquerías, construcción, reparaciones, pintores, electricistas, plomeros. Eso lo localizamos de una manera muy simple, es sólo cuestión de escuchar las necesidades de cada pueblo, para detectar oportunidades. No se trata, claro, de saturar cada mercado y que haya una guerra de precios, no agotar el mercado local. Es verdad que cualquiera puede irse adonde sea, pero eso no significa que pueda ser sustentable. Es ahí donde resulta importante tener ese sondeo previo que preparamos. Y al final, tenemos el acompañamiento, así lo hicimos en la prueba piloto de Colonia Belgrano, porque se trata, en nuestro caso, de una migración masiva. Entonces acompañamos a toda la comunidad en la integración. Una vez que uno dice “tenemos 20 personas listas para mudarse”, van a llegar muchas otras personas interesadas. Entonces lo mejor es acompañar ese proceso, integrar a las familias y, a través de distintas instancias de diálogo, crear una nueva comunidad de vecinos.

-Eso es interesante, porque en cada migración se produce una suerte de choque cultural.
-Somos cultura. Y la cultura es copiar lo que hace el otro. Si uno ve en el jardín del vecino una huerta, se produce el contagio. Cada familia que acompañamos tiene su huerta, el compost, hacen reciclado. Eso sucede cuando uno ve lo que hace el otro y se produce el “che, dale”. Después, nadie se atreve a tirar una botella de plástico o vidrio. En esa perspectiva, en una pequeña comunidad rápidamente podés tener resultados. En nuestra prueba piloto, en tres años lo logramos. En el primero, las familias se mudaron, y venían de lugares de mucha violencia, con todos los síntomas de estrés del miedo. Todo eso se fue trabajando y fue un proceso súper lindo. Ya en el primer año, fue un éxito. A la primera familia, cuando les dijimos que sí, ¡a los diez días ya estaban instalados! Una atrás de la otra. Apenas le mostrás a la gente la posibilidad, el pueblo tiene de inmediato aquello que le falta, de un día para el otro. Faltaba el plomero, lo tengo. Faltaba el electricista, también. En el término de dos o tres meses, tenés todo. En Colonia Belgrano se instaló una quesería, que no había. O personas que venden productos online. Y se armó una suerte de polo textil, de familias que fabrican indumentaria: para bicicletas, zapatillitas y ropa para bebitos, uniformes de trabajo, indumentaria para mascotas y zapatillas urbanas. Y todavía se generan más productos. Empieza a cambiar aquella mirada vinculada a la ruralidad: o tengo un campo y produzco o me tengo que ir. Empezamos a mostrar que estamos hablando de una nueva ruralidad, que permite al ser humano, ser humano justamente. Y con todo lo que eso implica, que no todo es una maravilla. Aprendemos a querer a aquel que me es cercano, respeto a aquel que no piensa lo mismo que yo. Es un ejercicio muy profundo de la democracia. En un pueblo no te podés pelear con un vecino por temas políticos, sin consecuencias reales: a esa persona la vas a ver todos los días. No es como en las ciudades o en las redes sociales, donde decís cualquier cosa, total… Todo eso lo trabajamos en instancias de diálogo. En los pueblos, hay otros códigos. El “qué me importa, si no te conozco” de las ciudades no funciona. Todo eso que nos deshumaniza, fue realmente un tema de trabajo en la migración. Nosotros no queremos una colonización urbana, generar un enclave, sino respetar los valores de un pueblo. Si me voy a un pueblo, es porque hay valores distintos y los tengo que respetar.

-¿Cómo se logra esa integración?
-Nosotros lo que hacemos es ponerlo a nivel de conciencia. La llegada al pueblo es un choque cultural. Aun viviendo en el mismo país, tenemos una cultura ciudadana, muy desvirtuada en la convivencia, que está muy marginalizada, es violenta. Cada día nos sorprendemos de esa escalada de violencia. Entonces, claro, para instalarte en un pueblo tenés que cambiar el chip, bajar cinco mil cambios. Uno es un animal de costumbre y hasta la paranoia se extraña: ¿nadie me roba? ¿puedo dejar la puerta abierta? Hay gente que vive con eso naturalmente y otros que no. Después de tres años, las familias que se mudaron dejan la puerta abierta. Al principio, no podían. Tenían temor. Entonces hay que trabajar esas instancias de diálogo para comprender el proceso que están atravesando.

Patricio Sutton dice que una de las cuestiones clave de este tipo de movimientos es mostrar que son proyectos posibles, que no se trata de situaciones abstractas.
-Sí, totalmente. Y es lo que se viene y hay que hablar en positivo y en visión. Nosotros visionamos esto. Las Naciones Unidas nos invitan a hablar, cuando ellos decían que la tendencia de urbanización era irreversible. Desde hace tres años estamos yendo. ¿Qué les pasó? Nosotros siempre dijimos que es reversible. Lo que hay que hacer es solucionar el tema donde este comienza, que es la ruralidad. Hay que mapear los pueblos, con todas sus oportunidades, para darle la posibilidad a mucha gente para que elija dónde vivir. Todo el tiempo nos llaman diciendo “necesitamos una farmacia, mecánicos, un bar, un restaurante”. Hay lugares a los que sólo les falta un mapa. Hay muchas oportunidades, la vida empieza desde el sueño. Y hay que soñar en grande. No hay lugar para los que dicen, “pero nooo, ¿qué vas a hacer acá? Si todo el mundo se va”. Esos pueblos expulsan a sus jóvenes, de entrada los mandan a estudiar y no volver. Muchísima gente del interior escuchó la frase: “Lo mejor que podés hacer es estudiar e irte”. Así fue como la ruralidad empezó a despojarse. Y cuando se van a la jungla de cemento, con todas sus complejidades, es cuando la ruralidad puede tomar todo aquello positivo de las ciudades (el mejor barcito, los productos más ricos) para volcarlo en un pueblo, donde además podés vivir tranquilo. Hay que volver a recuperar los paraísos. Y hay 2500 pueblos para rehabitar.