Y un día, el mundo quedó patas para arriba. La pandemia originada por el Covid-19 sumergió a las economías en una profunda recesión, se destruyeron millones de puestos de trabajo y la vida cotidiana se transformó por completo. Vivimos un tiempo marcado por la incertidumbre, en el que cada respuesta y proyección corre el riesgo de quedar obsoleta a la brevedad. Para María Eugenia Di Paola, coordinadora del área de Ambiente y Desarrollo Sostenible del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD-Argentina), estamos atravesando “un retiro forzado, que nos da una oportunidad para la reflexión”.

Di Paola pone el énfasis en que este momento angustiante y difícil para millones de personas tiene que servir como impulso para cambiar lo que sea necesario para no repetir la historia. Y empezar a nutrirse de las experiencias positivas disponibles en la sociedad, que pueden convertirse en faros para construir la “nueva normalidad” pos pandemia. “Se abre un nuevo capítulo: elegir cómo queremos vivir mejor, como sociedad”, dice a Somos Arraigo. “No se trata de volver al modelo anterior, tal cual como estaba, porque es evidente que no nos lleva a un buen lugar. Si hay algo positivo para sacar de esta situación tan compleja y delicada es que esto tiene que ser una invitación, un retiro, para pensar cómo nos planteamos el futuro como sociedad global”, agrega.

¿Qué reflexión hacés de este momento?
Lo cierto es que la principal hipótesis que se maneja en relación al origen de la pandemia, tiene que ver con un vínculo con la naturaleza y la biodiversidad que lamentablemente no ha sido armónico. Por eso en este momento de parate, tenemos que considerar dos aspectos muy importantes: ahondar en lo que debe ser una relación adecuada con la biodiversidad y, lo segundo, que esto esto se vincula con un concepto de soluciones basadas en la naturaleza, que se profundizan en experiencias que no son nuevas. Se trata de experiencias territoriales existentes, muy positivas, a las que tenemos que darles más escala. Hay proyectos muy concretos. Es importante resignificar el vínculo con la biodiversidad y volver a la esencia de una relación armónica. Y en eso, las comunidades criollas, indígenas tienen mucho para aportar. Nosotros consideramos que ese fortalecimiento y esa escalabilidad nos van a dar más herramientas para recuperarnos mejor de la situación que estamos viviendo.

Estamos hablando de una crisis sanitaria, pero su origen es ambiental. ¿Qué tan importante es reflexionar esto antes de “volver a la normalidad”?
Es muy importante. Hay que tener una mirada analítica. No es que todo está mal. Hay experiencias positivas, que necesitamos que sean más, que sean más grandes. Es muy importante saber que podemos apoyarnos en esas experiencias territoriales positivas. Si no, no estaríamos escuchando la realidad. Estamos en un momento de crisis y los seres humanos somos responsables de esta situación, pero hay faros que pueden ayudarnos. Tenemos contraejemplos, que son comunidades que se vinculan sin poner el ambiente ni a las personas en riesgo. Tenemos un proyecto que se llama Uso Sustentable de la Biodiversidad, y el otro, Prevención de Degradación de Tierras. Articulamos con el ministerio de Ambiente y con las provincias. Buscamos proteger los ecosistemas. Trabajamos con las comunidades y su relación con esos ecosistemas, con los bienes y servicios que éste les provee. Por ejemplo, haciendo un uso sustentable y racional de la selva podemos obtener vinagres, aceites, harina de algarroba, arreglos florales o miel de yateí, que fue un caso interesante. La miel de yateí no estaba considerada en el código alimentario, es decir, no se podía comercializar. Lo que hicimos fue generar el marco legal para que puedan comercializarlo. Trabajamos en tres ecorregiones. La selva de yungas, el Chaco seco y el bosque atlántico. Misiones, Salta, Jujuy, Formosa, Chaco, Santiago del Estero, San Luis, La Rioja y Córdoba. Son unas 200 mil hectáreas, unas 5 mil familias por proyectos. Arrancamos en 2014/2015, con ciclos de 5 o 6 años. Trabajamos con el Fondo de Medio Ambiente Mundial, que lo financia, PNUD es la agencia de implementación.

¿Qué transformaciones lograron en ese lapso?
La recepción que tienen estos proyectos es enorme, lo cual demuestra la necesidad de las comunidades. A medida que vamos promoviendo distintas implementaciones, lo incorporan como parte de su día a día. En Salta ayudamos a construir una planta de procesamiento de harina de algarroba, eso ya queda ahí. En Valle Grande, Jujuy, ayudamos a otras comunidades para instalar una planta procesadora de tomate chilto, a través de una escuela agrotécnica. En Fiambalá, provincia de Catamarca, tienen un problema ambiental grave, el avance de las dunas sobre los cultivos. La comunidad necesitaba comprar un tractor, entonces se financió ese proyecto comunitario. Hay una junta para el uso del tractor, se lo van pasando las distintas familias, para la siembra y cosecha. Con algo muy pequeño, el impacto es enorme, no sólo ambiental sino también social. Ayuda a la organización de la comunidad, la administración de los recursos. No siempre hay que pensar en proyectos enormes, el impacto a veces es con muy poco.  Son proyectos que involucran a un entramado, las comunidades indígenas, los instituciones religiosas. Sin ese entramado local, nosotros no podríamos avanzar. Son entramados con muchos años, de mucha confianza, con un lazo histórico y de conocimiento del lugar. Estamos empezando otro trabajo, junto al ministerio de Ambiente, sobre el ordenamiento ambiental del territorio. Son herramientas que se deberían dar con una participación de las comunidades, y como dice la ley general de ambiente, con la vocación de cada región. Hay que poder leer esa vocación correctamente. Por eso, estos proyectos tienen tanta receptividad: responden a una necesidad de esas comunidades, que son muy permeables y necesitan ser nutridas con estos apoyos para poder crecer dignamente, poder continuar y vivir en su lugar. Nosotros como PNUD, como Naciones Unidas, tenemos como misión hacer realidad la agenda 2030, de desarrollo sostenible. Unos de los pilares, aparte del uso sostenible y la conservación de la biodiversidad, es combatir las desigualdades. Este tipo de herramientas son fundamentales para reconocerles el valor que tienen y conectarlos con un mercado que debe empezar a profundizar el reconocimiento de ese valor. El ejemplo claro es la miel de yateí. Los proyectos tienen un abordaje territorial, con las comunidades, y también institucional, para generar el marco para que puedan tener un canal de comercialización.

¿La pandemia va a obligar a un reordenamiento del territorio?
La gente está empezando a hablar de la posibilidad de vivir más cerca de la naturaleza. Es un momento para repensar nuestros vínculos, ya sea en la ciudad como en los ámbitos rurales. Está todo conectado, hay una interdependencia. Hoy empezamos a ver a los alimentos conectados con la naturaleza, cuando antes parecía que salían de un negocio directamente. Empezamos a tomar otro tipo de conciencia, incluso para los lugares de mayor vulnerabilidad, que son los que más padecen la pandemia y los que más expuestos están a los problemas ambientales. Esto representa una oportunidad de cambio y nosotros estamos trabajando mucho para que lo sea. Esto que dice nuestro secretario general, António Guterres, “trabajar para reconstruir mejor”, no es sólo una frase linda, sino muy profunda. Nos llama a tomar cartas en el asunto y preguntarnos cómo queremos volver: ¿queremos volver para que siga todo igual? Tenemos que generar empleos, desde ya, ¿pero qué tipo de empleos? Tenemos que generar empleos verdes y dejar atrás la modalidad extractiva de la naturaleza, generar un desarrollo armónico, involucrando a los más vulnerables. Es una oportunidad para entender que los problemas ambientales son reales. Ni siquiera empezamos a hablar del cambio climático, por eso es un invitación a entender que los problemas ambientales tienen un impacto enorme y que es mucho más barato, en términos económicos, hacer prevención que después tener que solucionar el problema cuando lo tengas entre las manos.

«Esto que dice nuestro secretario general, António Guterres, ‘trabajar para reconstruir mejor’, no es sólo una frase linda, sino muy profunda. Nos llama a tomar cartas en el asunto y preguntarnos cómo queremos volver: ¿queremos volver para que siga todo igual?»

¿Es una oportunidad también para generar el marco y los estímulos para frenar la urbanización?
Sí, por eso el ordenamiento ambiental del territorio es muy importante. Y generar ecosistemas saludables en las ciudades, trabajando con las áreas periurbanas, donde se generan tensiones con el ecosistema y se dan situaciones de desigualdad, inequidad, que las sufren personas que quieren acceder a lo que se llama “derecho a la ciudad”. Más que nunca, es necesario trabajar en esto: ordenamiento territorial e inclusión social. Muchas veces se generan falsas dicotomías que son muy perniciosas: ciudad contra el campo, la conservación versus el desarrollo. Esto atenta contra un verdadero desarrollo sostenible.

Incluso atenta contra la posibilidad de generar oportunidades alejadas de los grandes centros urbanos.
Sí, totalmente. En Capioví, Misiones, hay un caso muy lindo. Celso Limberger generó una escuela de estudios agroecológicos y en el transcurso de diez años, muchísima gente optó por quedarse y no irse de la comunidad. Él trabaja en muchas líneas, por ejemplo, la miel orgánica. Es un referente. La nueva realidad, con el teletrabajo, va a permitir que mucha gente que no quiere vivir más en los grandes centros urbanos, pueda mudarse a pequeñas localidades. Se abre un nuevo capítulo: elegir cómo queremos vivir mejor, como sociedad. No volver al modelo anterior, tal cual como estaba, porque es evidente que no nos lleva a un buen lugar. Si hay algo positivo para sacar de esta situación tan compleja y delicada es que esto tiene que ser una invitación, un retiro, para pensar cómo nos planteamos el futuro como sociedad global.

¿Hay que poner el acento en el buen vivir?
Sí, pero no sólo en el hecho de quienes deciden irse a las pequeños pueblos, sino también en cómo vivimos en la ciudad, cómo mejoramos esto. Es todo un desafío. Hay muchas oportunidades de cambio. Para cambiar el paradigma hay que estar forzado a cambiarlo, no se trata sólo de querer. Tenemos los instrumentos trazados por los organismos internacionales. El desafío es llevarlo a la práctica. La situación es crítica y no podemos no reaccionar, tenemos que hacer valer experiencias valiosísimas. Estos ejemplos nos muestran que es posible otra modalidad, es algo real.


Foto: visita a Chaco a un proyecto de restauración de bosques nativos (Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de Nación y PNUD). Crédito: Gobierno de Chaco.