Con la pandemia, la vida en los pueblos y pequeñas ciudades se revaloriza quizá como nunca antes. La posibilidad de crecer y desarrollarse en el interior se revela como algo primordial frente a la enorme concentración urbana que padece un país tan extenso como la Argentina.

Patricio Sutton es director ejecutivo de la Red Comunidades Rurales y un experto que recorre el país desde hace muchos años, un conocedor profundo de las diversas realidades que conviven en el territorio. “El panorama es difícil por la pandemia porque ya de por sí nuestro país tiene dificultades en el ordenamiento territorial, tenemos mucha población concentrada”, dice a Somos Arraigo.

La urbanización es una tendencia global: desde 2007 hay más gente viviendo en ciudades que en ámbitos rurales. En la Argentina, se trata de un proceso que empezó antes y hoy el 92% la población vive en grandes urbes. “No hay estrategias claras que apunten a un ordenamiento diferente. Hay organizaciones que se dedican a impulsar esa agenda, que hacen un gran trabajo, que si no estuvieran, la situación sería peor”, advierte.

¿Creés que puede revertirse la tendencia y que a partir de ahora haya más gente queriendo irse de la gran ciudad?
Hay mucha gente que ya no quiere vivir más en las condiciones en las que viven en la ciudad, y están haciendo lo posible para irse a lugares más tranquilos, con menos población. A grandes rasgos, lo que surge es la calidad de vida. Para la gente que tuvo acceso y posibilidades de desarrollo, y ve que en la ciudad se complica cada vez más, esta situación es un acelerador para imaginar la vida en otro lugar, una calidad de vida distinta. Mucha gente está reflexionando esto. Por el contrario, quien vive en un ámbito rural, sumamente aislado, sin posibilidades de acceso a la educación para sus hijos, a la salud, a instancias culturales… obviamente también quiere irse a la ciudad, donde hay una oferta más grande de servicios básicos: hay agua potable, educación pública, hospitales, conectividad. Hay cosas que traccionan hacia la ciudad. En este momento tenemos personas que se cruzan en los anhelos: personas que se quieren ir a vivir a los pueblos o ciudades más pequeñas, y también quienes viven en el aislamiento, en lo remoto, en lo contaminado, lo degradado, que quieren ir a vivir a una ciudad. Los desafíos pasan por un mejor desarrollo territorial con inversiones públicas y privadas, una sociedad que reclame que el desarrollo sea de otra manera. Hay sobradas muestras de que tenemos que hacer un camino distinto. Hay buenos ejemplos de buenas prácticas de pueblos que son mucho más sostenibles, donde la vida se acerca más a un ritmo más natural. Es difícil, no imposible.

-La híper concentración y el aislamientos son los extremos de este fenómeno, ¿hay caminos intermedios? ¿Qué estrategias se pueden implementar para que hay un cambio de expectativas de la sociedad?

-Lo que me surge del corazón y la mente es que hay posibilidades de tener mejores estrategias de desarrollo territorial. Uno tiene que mirar dónde hay más posibilidades de que haya economías regionales que puedan crecer, generar empleo. Es un factor clave. A la par, hay territorios que tienen una presión ambiental muy fuerte, donde es más difícil. Hay que direccionar el desarrollo. Tenemos un territorio muy amplio y hoy la tecnología te permite tener más potencial. Hay que hacer esfuerzos enormes para tener programas de arraigo, que es un concepto clave. Lo que hay que buscar es qué es lo que genera arraigo de la gente a un lugar. Y no sólo desde el aspecto económico, sino también humano. Eso no se da siempre. Por ejemplo, las zonas expuestas a sequías o inundaciones, hoy están en peores condiciones por el cambio climático. ¿Vamos a empujar gente hacia esos lugares? Probablemente no sea conveniente. Hay otras regiones que se adaptan mejor, con números más humanos y sostenibles. Los Valles Calchaquíes son un claro ejemplo de esto y yo pude verlo a lo largo del tiempo. Allí se ha dado una mejora sustancial de la calidad de vida. Hace 15 o 20 años, era una cosa. Hoy hay muy buenas condiciones de vida, acceso a la educación y a la cultura. Ese ejemplo se suma a otros más clásicos, como la zona de Tandil y Sierra de la Ventana. Las zonas más complejas y ásperas de la Argentina están en el norte, entre Chaco y Formosa, donde es realmente difícil vivir ahí. Eso no quiere decir que no haya arraigo y que no haya posibilidades de ser feliz. Para un chaqueño no va a haber mejor lugar. La clave es acercar las cosas que hacen la diferencia. Yo visito muchas comunidades rurales que están en situaciones muy precarias, expuestos a condiciones tremendas. Ahí el cambio se produce con muy poco: alimentos accesibles, electricidad, agua potable. Esos factores, si se potencian, generan que la gente se quede en sus lugares. Y contagia el esfuerzo para que sientan la necesidad de mejorar el lugar que habitan, en vez de ver cómo pueden hacer para irse a toda costa. A ver, obviamente está muy lejos de la calidad de vida que se tiene en las ciudades. El paso siguiente es que tengan acceso a internet, que es un derecho humano básico, y no porque nos guste estar todo el día pegados al celular, sino porque sin conexión no acceden a la misma información que el resto. Entonces, si estratégicamente se logra mejorar el acceso a la salud, a la educación, a internet, la cosa cambia. El drenaje, la migración continua, va a frenar. La mudanza no tiene que ser un acto de desesperación.

-¿Qué perdemos en el camino de las migraciones masivas internas?

-Como humanos, perdemos una riqueza cultural enorme. La migración obligada complica el cuidado de la cultura y la diversidad social y étnica que es riquísima. Si como tendencia global y local, lo que vamos a hacer es tomar un solo modelo o una sola forma de vida, en vez de la riqueza de varias, la estamos embarrando mal. Lo que tenemos que lograr es un camino inverso, en la diversidad entendernos con los ritmos de cada uno, que eso sirva para el aprendizaje y la inteligencia comunitaria. Lo otro no es un buen camino porque significa ceder el patrimonio cultural, familiar, histórico. La cultura evoluciona, es algo vivo, cuando te movés, llevas algo de lo que sos, pero la migración continua rompe la diversidad y el sentimiento de arraigo.

-¿En qué instancia está este debate?

-Creo que no es algo que estaba presente, pero sí va a ser parte del debate que se viene. Esta situación de la pandemia es una gran oportunidad. Va a depender de la capacidad de incidencia que tengamos todos los que trabajamos para esto. Si bajamos los brazos, si nos deprimimos, obviamente nos va a pasar la topadora por encima. Tenemos que tomar esto como una circunstancia para hablar de estos temas y sobre todo para mostrar nuevos caminos y resultados, para que la gente vea esto como una alternativa y una esperanza. Necesitamos demostrar que es posible. Se puede hacer gradualmente, por etapas, no es blanco o negro, irse de la ciudad no significa irse a vivir al bosque, a un cabaña, jaja. Tenemos que hacer un camino e ir mejorando. Pero tiene que haber estrategia, un concepto de nueva economía, donde lo ambiental es fundamental. Estamos en una situación en la que queda clarísimo que estamos al límite absoluto del confort al que se podía llegar. Debería cambiar. No quiere decir dejar de ser felices, sino aprender a ser felices con menos, a favor de la naturaleza. Todo lo que tenemos de conocimiento y tecnología, hay que aprovecharlo. No soy un renegado de la tecnología, la gran diferencia es que tiene que estar a favor de la naturaleza, entender los ciclos, reconvertirnos en favor de ir por otro lado. Obviamente, esto tiene un costo. Si el modelo es el confort, la aspiración es el confort. Pero es una gran confusión. La felicidad no pasa por ahí. A cualquier persona que se esté por morir, si le preguntás cuáles son las cosas más importantes de la vida, lo más probable es que no te nombre nada relacionado con lo económico, sino cosas mucho más simples. Los que tenemos hacer un click, somos nosotros: disfrutar la vida, con menos. El gran debate está ahí.

-Eso es algo clave que está en el corazón de las migraciones internas. Muchos abandonan sus pueblos en búsqueda de ese supuesto confort que ofrecen las ciudades.

-Claro. Y no es igual para todos. Para los que tuvimos el privilegio de nacer en familias que nos dieron todo servido en bandeja al principio, que es la etapa más complicada, y para los que no tuvieron ese privilegio. Por eso yo me siento en deuda, siento que tengo que ayudar a que otros puedan arrancar. Hay que hacer todo lo posible para que estén las mismas posibilidades de desarrollo humano.

-¿Hay que disputar el sentido de lo que significa el desarrollo?

-El tema es tener acceso a la educación, al desarrollo. La gran pregunta es para qué. El tema es cómo logramos contagiar con ejemplos y se empiece a disfrutar más de lo que ya se tiene. El ser humano es insaciable, en la historia del desarrollo, si la analizás, somos máquinas de conquistar, exterminar especies. Hubo mucho aprendizaje y estamos parados en un lugar diferente. Si no entendemos, por ejemplo, la amenaza del cambio climático… la cosa no pasa hoy por tener más estándar de consumo y de cosas innecesarias. Por eso, yo creo que después de la pandemia tenemos que empezar a discutir todo esto. ¿Vamos a repetir la historia? Ya vimos cómo termina. Todos los que tengamos una pizca de incidencia, tenemos que insistir: hay que hablar de esto en la casa, en el barrio, en la escuela, en los gobiernos, en las iglesias, en las organizaciones sociales. Hay que incidir en aquellas organizaciones que influyen sobre las decisiones humanas. Así de simple. Esto no va a ser en dos días.

-Que te muestren que otro camino es posible, es un paso fundamental para revertir esta situación.

-Estamos en una época en la que es fácil enojarse. Es algo sano exorcizar el enojo, pero hay que transformarlo en acción porque si no es sólo resentimiento. Hay que construir y el enojo puede movilizarnos. Tenemos que recapacitar cómo nos relacionamos, ser más constructivos, defendiendo las libertades para todos y los derechos humanos. Tenemos que usar vías pacíficas y facilitadoras porque el resentimiento no debe engendrar violencia.

-¿Soñás en cómo debería ser el país?

-Me imagino a toda Latinoamérica, no sólo nuestro país. No es un mensaje izquierdista, ni nada. Si no uno mira el mundo, América latina tiene todos los atributos para mejorar la calidad de vida de muchas personas. Es complejo porque tenemos que llegar a acuerdos difíciles, empezando por lo eco-regional y del desarrollo humano a favor de la naturaleza. Y después obviamente apoyar el desarrollo local, no podemos estar trayendo un fruto desde Holanda o de China, no tiene sentido. Es insostenible. Hay que empezar por lo local, por lo que tiene cada región, el comercio regional. El resto, la tecnología, la ciencia y el conocimiento puede fluir a nivel global. Todo avance es colectivo. Tenemos que preguntarnos si es razonable que haya containers arriba de barcos por todo el mundo… hay que buscar otros caminos. Suena radical, pero sería bárbaro ver un cambio en unos años. Y todo con combustibles fósiles. Hay que ir cambiando con ejemplos, con vivir más simple: ¿necesitamos comer algo de otro país y usar determinada ropa que vino de tal otro lado? Si podemos ser felices comiendo y vistiéndonos con lo local. La felicidad no pasa por ahí. A la tumba no vamos a llevarnos ninguna de las dos cosas.