Al abrir los ojos, cuando se despierta desde la ventana de su habitación, Agustina Mardones ve la cordillera de los Andes. Los rayos de sol se reflejan de lleno en los picos nevados y devuelven una imagen en escalas de colores rosas y violetas, entre cipreses, radales, y maquis. Cada tanto el sonido de un pájaro, cada tanto los ladridos de Fauna, su perra de tamaño bestial cruza entre galgo y grandanés, interrumpen el silencio que ofrece la profundidad del bosque andino patagónico. Ella, Agustina Mardones , es la primera licenciada en Agroecología de Argentina. Desde hace un año vive en Mallín Ahogado, un paraje rural a 15 kilómetros de El Bolsón. Cada vez que amanece y mira por la ventana confirma que está haciendo lo que tiene que hacer en este momento de su vida.

“No creo en un mundo donde se celebran los primeros y los mejores. De todos modos me gusta pensarlo desde la perspectiva de que vienen un montón atrás, como que alguien abrió la puerta y me tocó a mí”, dice Agustina.

 

Cursando el último año del colegio, Agustina Mardones se fue de vacaciones de invierno a La Rioja, a pasar unos días al medio de la montaña. Allí conoció a un chico que tenía unas plantas aromáticas y medicinales: un poco de cedrón, otro tanto de melisa, y algo de azúcar de remolacha. Hasta ese momento, Agustina desconocía su interés por las propiedades y las características de las plantas. Escuchaba con atención la historia de ese chico que estaba viajando en bicicleta y que venía de estar en una aldea de permacultura en Córdoba. Esa charla le despertó tanto interés que cuando llegó a su casa en Cutral Có buscó en Internet “permacultura” . “Era algo que no se estudiaba. Era una forma de vivir. Entonces comencé a buscar carreras afines a la permacultura. Por otro lado desde los doce años soy vegetariana y para mi la alimentación fue siempre muy importante, pero no me veía estudiando nutrición. Lo que me atrapaba era el origen de la alimentación, cómo nace y crece lo que comemos”, dice Agustina.

Su búsqueda continuó hasta que dio con la Aldea Velatropa: una comunidad sustentable construida por estudiantes de Ciencias Naturales y Arquitectura de la UBA, ubicada en el corazón de Ciudad Universitaria, en Buenos Aires. Agustina se puso en contacto y los habitantes de la ecoaldea le comentaron que existía una carrera que se llamaba “producción vegetal orgánica”. Pero había un escollo: la carrera se dictaba en Capital Federal y ella no se imaginaba viviendo en el caos de la ciudad. “Siempre supe que la ciudad no tenía cosas buenas para mi, me da la sensación de estar en peligro. Seguí buscando y encontré la carrera en El Bolsón”, cuenta.

Con 18 años, Agustina se fue de Cutral Có y se mudó a El Bolsón. Así dejaba la comarca petrolera ubicada en la provincia de Neuquén, uno de los pocos lugares en el mundo en donde se fundó un pueblo sin un curso de agua cerca. Agustina se crió entre el paisaje de las destilerías de petróleo y la planta de gas más grande de Sudamérica. Su casa estaba ubicada enfrente al campo de la estepa patagónica. De chica, recuerda que por las tardes jugaba entre los arbustos de jarillas y zampas. Creció mirando a su abuelo Pedro, quien nació en Italia y hacía huertas al costado de su casa. Una de las salidas entre abuelo y nieta era visitar invernaderos de “tanos amigos”. Agustina aún recuerda el sabor picante de los rabanitos que ella misma cosechaba. Y su mamá estudió planificación ambiental en la Universidad del Comahue, ella dice que se crió en ese lenguaje de cuidado al medio ambiente.

“En Cutral Có no hay mucho desarrollo cultural. Cuando llegué a El Bolsón sentí que otro mundo era posible. Si quería estudiar caligrafía japonesa, estaba la posibilidad… o lo que se me ocurriera lo encontraba. Porque El Bolsón es un conglomerado de personas muy distintas y de todo el mundo. Amo mi pueblo, es mi raíz, pero no tiene las mejores condiciones para un desarrollo saludable ni en la infancia, ni en la adolescencia ni en la adultez”, cuenta.

Agustina se anotó en la sede El Bolsón que depende de la Universidad Nacional de Río Negro. Durante tres años estudió Producción Vegetal Orgánica y cuando se abrió la carrera de Agroecología, no dudó un segundo en seguirla. Ella sabía que incorporaría otra visión de la producción orgánica. “Lo orgánico termina siendo poco accesible para todas las personas. Hay un negocio con respecto a la certificación que deja, otra vez, a los alimentos al alcance de los que más dinero tienen y condenan a los pobres a seguir consumiendo lo que hay. Eso va en contra de los principios de la agroecología, en donde se alienta al comercio justo y una reivindicación de las personas que trabajan la tierra”, dice Agustina.

En su carrera hay una materia que se llama “Aromáticas y Medicinales”. De ese intercambio de inquietudes sobre las plantas locales surgió Solar Botánico, un emprendimiento que comenzó hace seis años con la idea de poner en práctica los saberes y el bienestar. Agustina anota en una libreta todas sus investigaciones, las reacciones de las plantas en luna llena o en cuarto creciente, como una alquimista registra hasta el más mínimo detalle. “Recorrí diferentes líneas de trabajo y con la que me siento a gusto es con tinturas madres y aceites esenciales de materia prima botánica. Además recuperé algunos campos abandonados de lavanda y me dedico al cultivo y recolección de plantas del bosque. Investigo, mezclo, combino, algunas parten de la intuición y otras del saber ancestral que se utiliza para diferentes usos, por ejemplo para la limpieza del hígado investigué qué plantas locales cumplen ese fin. También sembramos 200 metros cuadrados de caléndula, de melisa para proveer a proyectos y asesoro a campos vecinos”, dice.

Su tesis se basó en biofermentos. El ensayo de Agustina fue el primero que se hizo en la Patagonia. Consistió en el uso del mantillo de los bosques, un recurso natural que se produce en otoño con la caída de las hojas de los árboles. Esa materia se descompone y en primavera se suman hongos y bacterias llamadas benéficas porque mantienen en equilibrio los bosques y hacen frente a microorganismos patógenos y por sobre todo aumentan la biodiversidad del suelo. “Retiré un poco de ese material y durante 90 días lo puse a fermentar con azúcar y semitín de trigo o afrechillo. Después tomé una porción y siguió fermentado con azúcar y agua y eso se usa para regar. Dio por resultado que aumentó la biodiversidad y la equidad en las comunidades fúngicas del suelo. El estado de la tierra es un reflejo del estado de la humanidad, necesitamos de una nueva humanidad para habitar este territorio. Si no cambiamos nuestro vínculo con la tierra veo un futuro alienado y distópico. Me imagino que para empezar a pensar una agroecología para todos y todas se debería hacer una reforma agraria integral y que la tierra sea para quien la trabaja. Hay suficiente tierra en este país, para que cada uno pueda cultivar sus alimentos. No digo que todos siembren o tengan gallinas, es necesario que cada uno haga su arte o lo que le gusta hacer. Eso contribuirá a que el mundo sea un lugar más feliz”.