Fotos de Cami Benítez

El momento más feliz de su infancia era la hora de la siesta, cuando su padre, Fabián, descansaba y la carpintería quedaba en soledad; entonces Alejandro podía sumergirse en ese universo mágico, donde la luz del sol entra por las ventanas de hierro con paños repartidos y rebota entre los tirantes de madera, sobre máquinas inmensas de principio de siglo, sobre la viruta desparramada en el piso como si fueran papelitos de una piñata explotada.

En silencio, Alejandro atravesaba el patio vestido de naranjos, abría el portón de chapa acanalada y entraba a su lugar en el mundo: la carpintería. Algunas tardes, a la aventura se sumaba su hermana Victoria, entonces armaban caminos con la viruta y jugaban a los autitos. A los siete años, con los rulos ensortijados del color de la viruta de cedro, como no llegaba al banco de carpintero, arrimaba una banquito y con los retazos de madera creaba sus juguetes: cruzaba dos maderas y hacía aviones en los que se imaginaba volando. Todo bajo la atenta mirada de su padre, que lo cuidaba para que no se martillara un dedo o se cortara con el filo de un formón.

Los días de Alejandro pasaban entre perfumes de maderas y aserrín, entre formones, martillos, escuadras, morsas, sargentos, tupíes, escopladoras, alfajías. El día que encontró unas rueditas de madera, imaginó que si le clavaba un clavo en forma de eje podía armar un carro. Y cuando el carro que ideó en su cabeza se hizo realidad, supo -en ese instante- que de grande quería continuar con el oficio de su papá. Supo que quería ser carpintero. “Hasta los 16 años no usé ninguna máquina, todo lo que hacía era a serrucho y formón, eso me dio la habilidad con las herramientas. El oficio lo fui incorporando sin darme cuenta. Siempre disfrutaba estar en la carpintería, mi papá me echaba y cuando él dormía la siesta yo me venía de nuevo”, dice.

Alejandro se considera un ebanista que heredó de su padre el amor a la carpintería. De Fabián aprendió de un lema que todavía hoy repite como un mantra: medir, marcar y trazar. Y el respeto supremo a la “herramienta más difícil de usar correctamente, el metro”. Y de Graciela, su madre, maestra y directora del jardín de infantes de Duggan, aprendió a respetar la madera, a cuidar el medio ambiente y la sabiduría de la docencia. Así fue formándose Alejandro Plenkovic, un tipo sencillo que ama lo que hace, se obsesiona con encastres perfectos y que, desde su infinita generosidad, abre las puertas de su carpintería y enseña el oficio a sus alumnos del Centro de Formación Laboral de San Antonio de Areco. “Ser carpintero para mi es una pasión, amo mí oficio”, dice Plenko.

El abuelo Vicente Plenkovic llegó a la Argentina en 1926 escapando del hambre y de la Primera Guerra Mundial. Con 13 años y una pequeña valija viajó con un amigo de la misma edad desde Croacia al puerto de Buenos Aires. Antes que él ya habían llegado varios croatas que se instalaron en el campo, entonces el primer destino fue como trabajador golondrina en las tierras de Santa Coloma. A los años, en busca de trabajo, se mudaron a Vagues, partido de San Antonio de Areco. En reuniones de croatas conoció a Margarita, se enamoraron y decidieron una vida juntos. Una invasión de langostas que azotó las pampas lo dejó sin trabajo; perdió los pocos ahorros que tenía y debió abandonar el campo para mudarse a la ciudad, donde consiguió un puesto en el mítico Frigorífico Anglo de Dock Sud, Avellaneda. Allá fueron Vicente y Margarita, con sueños de inmigrantes de futuro y prosperidad pero con las ganas de ahorrar para regresar a la tranquilidad del campo. En Avellaneda nació Fabián. El regreso se demoró 20 años, eso les llevó ahorrar el dinero para comprar una la casa sobre Aristóbulo del Valle en San Antonio de Areco, donde desde 1967 funciona la carpintería.

A Fabián le costó dejar Avellaneda y su trabajo como aprendiz en una carpintería industrial, donde hacía amoblamientos para edificios. Le costó adaptarse al ritmo cansino del pueblo, extrañaba cruzar caminando el puente Nicolás Avellaneda para pasear por el hermoso barrio de La Boca. Extrañaba a sus amigos, una comunidad de croatas con quienes aprendió el oficio de carpintero. En Areco consiguió trabajo en la carpintería de Fito Speroni, pero debió aprender el nombre en castellano de todas las herramientas: él las mencionaba en croata. Fabián le propuso a su padre Vicente armar una carpintería en el garage de la casa, un taller para comenzar el sueño del espacio propio. Ellos mismos fabricaron la escuadradora que aún funciona. Empezaron a llegar los primeros pedidos y como Vicente ya estaba jubilado tenía tiempo para ayudar a su hijo. Rápidamente llegaron más y más pedidos y con eso la compra de más máquinas. Los fines de semana, Fabián los aprovechaba con sus primos y amigos croatas y salían a bailar a los pueblos de la zona. En Chacabuco conoció a Graciela, maestra jardinera. Se enamoraron y se casaron. Fabián y Graciela formaron una familia en San Antonio de Areco. A los años nació Alejandro y luego Victoria. “De mi padre aprendí un estilo de carpintería lineal y muy sólida. Hay muebles que hizo él hace más de veinte años y que están intactos, algunos soportaron la inundación sin siquiera deformarse. A veces me paran por la calle para decirme que los muebles de mi papá aún están intactos. De mi madre aprendí a diseñar muebles, amar a la naturaleza y a la paciencia para enseñar. Amar a los árboles, amar la madera, aprender a forestar. De ella aprendí a realzar la madera, a seguir la veta y usarla de la mejor manera para embellecer los muebles. Cuando era directora del jardín de Duggan cada vez que nacía un niño le regalaba un pino, para que crecieran a la par. Ese proyecto lo presentaron en la UNESCO y lo fueron a presentar a Cuba”, cuenta, orgulloso, Alejandro.

Antes de terminar la secundaria, Alejandro se anotó en un curso de “carpintero de banco” en el CFP Nº 401. El profesor era su padre. Allí, luego de dos años y 1800 horas se recibió de carpintero, con un certificado que le abriría nuevos horizontes. “Ese título me sirvió para conseguir trabajo como carpintero en Nueva Zelanda”, revela. El viaje a aquel país le abrió la cabeza, a todo nivel: conoció otras maneras de hacer carpintería, máquinas, taladros, diseños y ritmos laborales. Estuvo un año completo, en el que llegó a hablar inglés a la perfección, y que le permitió adentrarse en una rama de su oficio que desconocía: la carpintería de obra. De allí también se trajo nuevas inquietudes, como la necesidad de innovar con ideas y proyectos que, de a poco, va sumando a su oferta, como el cajón autosustentable para huerta, que él mismo diseñó.

Cuando regresó de ese viaje sucedió el evento más extraordinario de su vida. Un sacerdote lo llamó para pedirle un trabajo: iban a construir una capilla en Tomás Jofré, en advocación a la Virgen María. Alejandro sería el elegido para hacer en madera los altares, el sagrario, la pila bautismal y el ambón. Para darle valor histórico a los muebles, usarían unas vigas de curupay que un vecino había recuperado y guardado debajo de unos eucaliptus en el fondo de la casa. Las maderas eran de un viejo puente que unía Tomás Jofré con Mercedes, cuando lo demolieron para hacerlo de hormigón, atesoraron las maderas para una ocasión especial. Y esa ocasión unió los destinos de Fabián y Alejandro, quienes llegaron, bajo un sol tremendo de diciembre, en la vieja camioneta Chevrolet para evaluar el material. Con una motosierra cortaron un pedazo para sentir el olor y ver la consistencia. La madera estaba perfecta para ser usada. “Esa madera que tuve en mis manos tuvo un recorrido histórico. Antes de estar 15 o 20 años en el fondo de la casa de ese hombre, fue un puente que soportó durante 70 años el paso de miles, antes la transportaron del monte chaqueño, cuando estuvo en el monte fue árbol -y para que se haga un tronco tan grande estuvo en tierra unos 300 años- y antes de ser árbol fue una semilla. Desde que la semilla hasta que estuvo en la capilla pasaron 400 años. Eso te enseña a respetar, la madera me enseñó a amar”, dice Alejandro.

De regreso a San Antonio de Areco, padre e hijo imaginaron el diseño, decidieron cerrar la carpintería durante enero, febrero y marzo: tres meses para trabajar de lleno en la construcción de los muebles de la capilla. Como era para la Virgen María a Alejandro se le ocurrió hacer unas molduras que connotaran feminidad y también con toques rústicos, porque era una capilla rural. Dibujaba los bocetos en papel y enseguida lo pasaba a la madera, las patas del altar torneados, el medio punto del sagrario, hasta fabricaron una fresa especial para tornear una moldura. Esta vez Alejandro llevaba la batuta y Fabián lo miraba con admiración de padre. Cuando terminaron la obra, la montaron en el taller. Padre e hijo se alejaron en silencio, pusieron la cruz trebolada sobre el altar, se miraron y se dieron un abrazo interminable. Alejandro recordó entonces aquella vez que desde un locutorio de Nueva Zelanda le dijo a su padre: “gracias por haberme hecho carpintero”.