Amadeo Riva estaba parado en un lote de su estancia La Primavera, partido de Bolívar. Lo acompañaban Marcos, encargado del campo, y Eduardo Cerdá, ingeniero agrónomo, asesor suyo e impulsor del movimiento agroecológico. Los tres charlaban entusiasmados, más bien debatían y buscaban la forma de resolver un problema: una plaga que se había diseminado. Los tres compartían el mismo deseo, evitar el uso de agroquímicos. Mientras las palabras fluían, Amadeo tuvo la sensación de estar atravesando una revelación. Más allá de los resultados y de las conclusiones, se dio cuenta de que estaban haciendo algo que se había dejado de hacer: pensar y crear. “Si podemos evitar el herbicida, ¿cómo lo hacemos? Pensamos alternativas, pero esto se dejó de hacer para ir directamente al manual: a este yuyo, lo mato con esto. O te vas a McDonald’s o te cocinás en tu casa, esa es en definitiva la cuestión”, plantea.

Amadeo no arribó a la agroecología por una preocupación ambiental. El interés y la responsabilidad por su legado en la tierra llegó después. La agroecología ingresó a su vida por una cuestión transversal: los costos. En el año 2014, notó que las malezas de su campo, en especial la rama negra, se estaban haciendo cada vez más resistente al glifosato. Darwin puro. Se preguntó por qué estaría pasando eso. Consultó con chacareros vecinos. “Hay que tirar esto y esto”, recibió como respuesta. Cada receta incluía más y más insumos, por ende, más costos. Mientras tanto, el rinde de su campo (la producción bruta) se mantenía igual. En el fondo, la ecuación era muy simple: los costos aumentaban, Amadeo se llevaba menos ganancia. “Esa parte que se reducía iba directo a los agroquímicos, a los insumos”, explica. Su campo era un callejón sin salida. Hasta que dijo basta: debía probar con otra cosa.

Toda transformación incluye, siempre, varias aristas. Para Amadeo, el principio del cambio fue una etapa de búsqueda personal a través de la terapia biográfica: la antroposofía. Allí escuchó hablar por primera vez de la biodinámica. Le sonó, sin embargo, como algo esotérico. A pesar del prejuicio, algo lo impulsó a saber más. Entonces se anotó en un curso de biodinámica, en la provincia de Misiones. Viajó hasta allí con su mujer. En una semana, su cabeza se había “dado vuelta”. “De alguna manera, yo veía que el horizonte en mi campo se me iba cerrando. De repente aparece Eduardo Cerdá, quien iba a hablar de agricultura extensiva. Él dijo algo que a mí me detonó: Toda la gente se fija en el rinde, el rinde y el rinde, pero lo importante es cuánto te llevás finalmente al bolsillo. Podés tener 5 mil kilos de trigo, pero si gastaste 4 mil kilos, te llevás mil; en cambio, si hacés 2 mil kilos, pero gastás 500 kilos, te llevás 1500 kilos, entonces es mejor”.

Amadeo estaba fascinado. Al regresar de Misiones, no paraba de pensar cómo iba a replicar lo que había escuchado en su propio campo. Se reunió con Eduardo. Y la cosa empezó a andar: “La reunión no fue de una hora, sino de cuatro. Lo primero que me di cuenta era que estaba frente a otra manera de hacer las cosas: no había sido una reunión de negocios, fue un encuentro. Son maneras de mirar las cosas, de entender”. Menos de un año después de haberse preguntado qué estaba pasando en su campo, Amadeo arrancó con la transición: “Se trataba de soltar. Yo pensaba que al no tirar herbicidas, las malezas se iban a comer lo que había sembrado. Estaba con dudas. Le propuse a Eduardo probar con 20 hectáreas, pero como soy muy malo negociando, al final fueron 100”.

Al año siguiente, de 100 hectáreas, saltó a 800. Mientras tanto, el “qué dirán” se echaba a rodar. “Ya se hablaba en el pueblo, me llegaban comentarios de todos lados, aprendí sobre la presión psicológica del afuera. Todos me miraban, me decían ‘Amadeo, te va a ir mal’. Pero insistí”.

Mientras tanto, Amadeo hacía cuentas. Sumaba de acá, restaba de allá. Miraba los cálculos con ojos acostumbrados a una forma de hacer anclada en un modelo basado netamente en el rinde: todavía debía quitarse algunas capas de encima. “Eduardo me enseñó a ver las cosas de otra manera, a que lo que yo consideraba una pérdida podía ser aprovechado de otra manera. Al segundo año me di cuenta de que ganaba más plata. Él me sacó de un lugar y aprendí a ver las cosas de otra forma”, cuenta.

Para Amadeo, lo más significante de su traspaso hacia la agroecología fue la vivencia, aquello que no se desprende de las lecturas, ni de las palabras, ni de aprendizajes indirectos, sino de la propia experiencia: el día a día en el campo, tomando decisiones, conviviendo con la mirada ajena. Él resume esa vivencia en anécdotas que va anotando en una bitácora, una suerte de diario de la transformación. “Un día, en un lote de trigo había pulgones. Entonces dije ‘vamos a tener que tirar’. Ya tenía todos los químicos en la camioneta. Llega a Eduardo y le muestro el lote. Entonces me dice: ‘No lo fumigues. Si te fijás, el pulgón tiene la panza gris porque está infectado, la vaquita de San Antonio se está encargando de matarlo’. No lo podía creer, es más, pensaba que el pulgón me iba a morfar el trigo. ‘Hacé lo que quieras, mi recomendación es que no lo fumigues’, me dijo. La decisión era mía. El insecticida lo tenía en la camioneta. Estaba entre la espada y la pared. Entonces tomé una decisión salomónica. En ese lote no eché el insecticida, en el resto echamos. Cuando llegó la época de la cosecha el pulgón no había hecho nada, el trigo estaba bien. Hoy lo cuento, pero en ese momento la decisión era ir en contra del tránsito en plena autopista, era el miedo al ‘yo te dije Amadeo’”.

De a poco, La Primavera fue sumándose a un movimiento que elige la propuesta a la denuncia, un brazo extendido para quienes perciben que algo no anda bien con el modelo imperante. “Yo no puteo contra los que siguen echando químicos, los invito a ver lo que pasa y a probar. Puede que no funcione una vez, dos veces, pero tenés que seguir intentando”, dice Amadeo. Y aconseja: “Lo que hay que tener es ganas de probar. De arriesgar. Si tenés 200 hectáreas, hacé 5 o 10 durante tres años. Y después vas a ir agrandando. De a poco”.

La agroecología fue para Amadeo un “despertar” de cuestiones íntimas que tenía guardadas debajo de mandatos y mandatos que habían sepultado sensibilidades y sentires. Por ejemplo, su conexión con la naturaleza. Y sabe, que esto (el movimiento) no es a corto plazo. “Como esas personas de 90 años que siembran avellanos y que no van a ver el árbol, pero que los avellanos que disfrutaron, fueron plantados por generaciones pasadas. Yo no sé si voy a ver los frutos de la agroecología, pero puse mi granito de arena para el futuro. Es mi eslabón en la cadena”.