Natalia creció en una panadería, entre la fragancia del pan dulce y las galletas marineras que hacía su abuelo Juán Andrés. El oficio panadero pasó de las manos de Juán Andrés, a su papá y a sus tíos. Era el negocio familiar en el que todos participaban. Cuando regresaba del colegio Natalia atendía a algunos clientes. Los fines de semana visitaba a su abuela Chicha. Como si fuese una escena de una película italiana, la recuerda en la cocina amasando la torta “80 golpes” o las tortas fritas para el mate.
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“Mi amor por la pastelería siempre me acompañó. Aprendí a cocinar por Amanda, más conocida como Chicha. Chicha era prima de mi tía Coquita. De grande, embarazada de mi tercer hijo Bautista, esperaba los domingos para ir a su casa y verla cocinar, la pastelería era su fuerte. Me iba en bicicleta, ella vivía del otro lado del pueblo. Me acuerdo del olorcito en su cocina. Empecé a pedirle recetas, ella me daba cosas a probar y así fue que me picó el bichito de la pastelería. Cuando Chicha se fue a vivir a Buenos Aires, me propuso pasarme las clientas que ella tenía”, cuenta Natalia.

El primer pedido se lo hizo su maestra de la primaria. La tarta de frutillas sería el postre central para la cena de Navidad. Esa clienta le pasó el dato a otra y a otra y otra. Como si fuera un reguero de pólvora, el boca en boca llegó a todo Capitán Sarmiento: Natalia había heredado la magia de Chicha.

“Empezaron a pedirme buffets para los campeonatos de canasta, cumpleaños, bautismos, y siempre Chicha me iba guiando por teléfono. Para mi primera mesa dulce vino de Buenos Aires para ayudarme. Fue la que me dio los tips para organizarme en la cocina. Luego hice cursos de decoración de tortas, un poco de prueba y error, mucha plata invertida en libros para sacar ideas. Fue por Chicha que nació todo esto. El día que no ame este trabajo, no creo que lo pueda seguir haciendo”, cuenta.

El emprendimiento creció y hace cuatro años Natalia decidió abrir Amanda, una casa de té y pastelería. El nombre es en homenaje a Chicha. Cada vez que Natalia abre la puerta del local es feliz: representa una parte importantísima en su vida. Disfruta cuando su casa de té está llena de clientes probando las delicias que ella hace.

“Cada vez que entro en Amanda hay algo en mi que se transforma, podría estar el día entero. Lo hago tan desde el alma y el corazón que podría estar horas sin darme cuenta de que estoy trabajando. He llegado al local a las 6 de la mañana y he seguido hasta las tres de la madrugada decorando tortas. Hacer con estas ganas, hace que no lo sienta como un trabajo ni como un peso. Amanda es todo lo que está bien, es amor, me cuesta separar el negocio del placer de estar. Me animé hacerlo cuando la mitad de la gente me desalentó. Chicha desde algún lado me decía que me animara y una familia atrás que me apoyó”, dice Natalia.