Fotos: Cami Benítez Fotografía

Ángeles estaba agobiada de la ciudad, de los autos, el ruido, los edificios. Cada vez que llegaba a su departamento, luego de cursar la carrera de diseño paisajístico, se sentaba en su cuarto e imaginaba el campo, buscando paz en las imágenes que creaba en su mente. Entonces sintió un impulso que, sin saberlo, le marcaría el rumbo de su vida. Corrió los muebles, la cama, limpió el escenario hasta tener una pared disponible, un gran lienzo de cemento. Entonces trazó una línea de horizonte y empezó a pintar la pared de su habitación: montes, molinos, alambrados, todo lo que ella deseaba ver por la ventana, en vez de esa jungla enmarañada de malhumores citadinos. Las imágenes que plasmó en esas paredes llamaron la atención de amigas y amigos, que empezaron pedirle versiones más pequeñas para llevar a sus propias casas. “Así fue como empecé con todo esto”, dice Ángeles Lynch, sentada en el living de su casa, en San Antonio de Areco, una casa tomada por asalto por el arte: cuadros, cuadritos, pinturas, pinceles y lienzos desparramados en el living iluminado por un ventanal.

En realidad, Ángeles había arrancado mucho antes. Estimulada por una madre pintora, desde chiquita andaba con un cuaderno que llevaba a todos lados. “Siempre hubo pinceles, papeles, bastidores, acuarelas y acrílicos, así que yo agarraba lo que tenía a mano”, recuerda. Empezó pintando caballos, pero rápidamente se enamoró de los horizontes, bellas escenas oníricas de la cotidianidad campestre. “El primer dibujo que hice que me sentí realizada fue un ranchito, una especie de imitación a Jorge Frasca, tenía 15 años. Todavía lo tengo. Adonde voy, me lo llevo. Ahí empecé a hacer cuadritos chiquitos, para vender y me lo compraban amigos”, cuenta.

Ángeles nunca dejó de dibujar. Para ella jamás es un agobio. Es más, si tiene un rato libre, se pone a pintar. “No me pesa”, dice. Si no pinta sobre papel o un lienzo, pinta la pared, sobre telas o madera. También le agarró el gustito a la cerámica. “Mi descanso es la pintura y, como hago muchos cuadros por encargo, aprendí que no tengo que agarrar cosas que no quiero pintar”, explica. Esa búsqueda la llevó a entender su proceso creativo: no empieza un cuadro si no tiene realmente ganas. Puede pasar un día sin pintar, pero luego encerrarse durante tres días seguidos pintando sin parar. “Cuando estoy metida, me olvido de todo , a veces pinto todo el día en silencio, la gente llega a casa y está todo apagado… no me doy cuenta. Si pongo música, es folklore, siempre”.

Ángeles elige pintar de día, con luz natural. Sus cuadros se mueven en una paleta definida de colores pasteles, son realistas hasta en el detalle más nimio y funcionan como un bálsamo de paz y armonía. “Mi arte transmite calma, paz. Me hace bien sentarme y sentir que me genera eso a mí y también a los demás. Eso lo palpo mucho en Instagram, donde pregunto qué les genera y me dicen eso… los comentarios completan la obra. Todo lo que me dicen, yo lo siento. Es lindo saberlo”, cuenta.

Para encontrar aquellas escenas que luego pintará, sus ojos están atentos, en búsqueda permanente. Todos los días camina hasta el Club de Pescadores y se sorprende a sí misma encontrando texturas que el día anterior no había advertido: “Siempre estoy mirando el detalle. Si miro un monte, ya no miro el monte, sino la forma de los árboles, de las hojas, la luz”. Ángeles suele sacar muchas fotos, que luego las pinta modificándolas. No hace bocetos: deja que la pintura fluya y va sumando (o sacando) lo que -cree- el cuadro le pida. “Todos mis cuadros son escenas de la tarde, en otoño, antes de que se ponga el sol. Me encanta esa época. También pinto paisajes de mar, de los veranos de la costa de Punta del Este. Y el pasto es lo que más me gusta pintar, me imagino que detrás de los pastos, hay mucha más vida, los animales…”.

La pintura ocupa el 100% de su vida, tanto que hasta llega a soñar cuadros mientras duerme. Así le pasó con el mar: soñó que pintaba olas. Al principio, sintió que se estaba contradiciendo con el rumbo que había elegido (pintar el campo), pero después comprendió que ella, en realidad, pinta paisajes, horizontes. “La lejanía”, dice ella. Esa conexión, la sensibilidad para recrear paisajes tan afines y familiares, hizo que mucha gente se sintiera identificada, como si ella estuviera recreando escenas propias de la niñez en el campo. En una exposición de 21 cuadros suyos en Como en Casa, un restaurante de Buenos Aires, un montón de gente que la seguía en las redes sociales se acercó para conocerla. “Me resultó algo muy lindo, no eran sólo mis amigos, sino otra gente a la que mis cuadros le están generando cosas muy lindas”.

Mientras prepara una exposición para el Centro Cultural Borges y un viaje por la Ruta 40, en su porción patagónica (donde aspira a crear una serie de pinturas de montañas, bosques y estepa), Ángeles va procesando este presente que, asegura, jamás se imaginó: vivir del arte, dar clases (venciendo cierta timidez), exponer en lugares impensados (como el consulado de Barcelona y una muestra en el Musée du Louvre). “Siempre supe que iba a pintar, que iba a vender, pero no a vivir de esto. Ahora me pasan cosas muy locas, voy caminando por la calle y escucho que dicen ‘ahí va la artista’ o me escriben cosas re lindas, y después me dicen que son mis vecinos”.