Emiliano Álvarez Zanelli iba de acá para allá en el galpón de la Cooperativa de la Costa, en Berisso, con una probeta entre sus manos. Caminaba lentamente entre los cajones repletos de uva chinche, blancas, rosadas y tintas. Las examinaba y tomaba muestras para llevar el registro en el cuaderno de bodega, como cada año. Cuando medía la densidad del mosto, juntaba el jugo en la probeta. Una vez que obtenía los valores de azúcares y de temperatura, en vez de devolver el contenido del tubito en el tanque donde se iniciaba el proceso para obtener el vino, Emiliano se tomaba el jugo. “Era un producto excelente, me volaba la cabeza. Yo les decía a los productores, ‘tienen que hacer jugo de uva’, pero no me dieron bola”, recuerda, entre risas. Pocos años después, junto a su pareja Micaela Trucco, lanzaban su propio emprendimiento, Jugos Ánimo, un proyecto productivo agroecológico y de consumo responsable.  

Jugos Ánimo obtiene su materia prima en una chacra de media hectárea en Berisso, que Emiliano y Micaela compraron en 2012 gracias a un crédito. De a poco, fueron preparando el terreno para implantar el viñedo, en una zona que conoce muy de cerca su relación con la viticultura. Hace 100 años, Berisso era el epicentro del conocido vino de la costa, que era producido por inmigrantes italianos, españoles y portugueses. El vino era consumido principalmente por los obreros de los saladeros y frigoríficos. Luego de la década del 50, sobrevino una época de decadencia hasta que en la década del 70, los viñedos prácticamente desaparecieron. Hacia fines de los 90 y principios del 2000, un grupo de productores propuso recuperarlos. Y Emiliano, que entonces estudiaba Agronomía en La Plata, llegó para asesorarlos como parte de un programa de extensión universitaria. De esta manera, entró en contacto con el mundo de la uva. Y se fascinó.

La relación de Emiliano con el mundo rural, sin embargo, no era nueva ni poco conocida para él. Nacido en Trelew, pasó su infancia y adolescencia entre plantines e invernaderos en el vivero que había montado su familia. “Mi viejo alquilaba una chacra porque el sueño de mi mamá era tener un vivero, pero enfermó de cáncer y no lo pudo concretar. Crecí en contacto con eso, todas las tardes después del colegio íbamos para allá”, cuenta. En el vivero producían plantas forestales y ornamentales. “Me encantaba verlas crecer”, dice. 

Cuando terminó la secundaria, dejó Trelew para instalarse en La Plata, donde arrancó a estudiar en la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales. Luego de asesorar a la Cooperativa de la Costa de Berisso, al año siguiente armó un grupo a través de Cambio Rural, un programa del INTA, que solventa el 50% de la asistencia profesional. “Estuve tres años con ellos, conocí a todos los productores, iba a las quintas, aprendiendo, haciendo una experiencia en el terreno. Salí de la facultad sabiendo mucho de soja, girasol y vacas, pero de vino, nada, aprendí todo con ellos”, asegura.

La idea de encarar un proyecto propio, de meter las manos en la tierra, ya se le había instalado en la cabeza. Cuando tuvo la primera oportunidad no la desaprovechó. Gracias a un dato que le había pasado un productor de la zona, Emiliano gestionó un crédito y compró una pequeña chacra en Berisso. Tenía una casa abandonada y estaba todo repleto de caña y de espeso monte ribereño. La tarea por delante era titánica pero cautivante. Él estaba tan entusiasmado que enseguida se instaló en la quinta. Se pasaba los días desmontando. “Yo quería hacer alguna actividad productiva. Cuando asesoraba a los productores quería hacer pruebas con los productos, desenterrar las plantas para ver cómo estaba el estado de las raíces, pero como no eran mis plantas… no me animaba. Entonces quise hacer algo experimental. Tenía la idea de hacer un viñedo y un montecito de ciruelos. Finalmente fue lo que hice: un viñedo de 300 plantas, blancas, rosadas y tintas. Y un montecito de 30 ciruelos. Diversidad de frutales, también, membrillo, pecanes”, cuenta orgulloso.

Poco tiempo después de comprar la chacra, Emiliano se presentó a un programa del ministerio de Agroindustria de Nación, Capital Semilla. En el primer intento fracasó. Sin desanimarse, un año después volvió a presentarse con la idea mejorada: quería producir el jugo que bebía de las probetas cuando asesoraba a los viñateros de la costa. “Recibí un fondo para la compra de equipamiento. El verano de 2014 nos fuimos de vacaciones a Brasil, pero yo tenía otra idea. Brasil es uno de los principales productores de jugo de uva y la sierra Gaucha es la zona de excelencia. Son miles y miles de hectáreas”, dice. “Me puse en contacto y me armaron una visita técnica de una semana. Fuimos a la localidad de Antonio Prado, todos los días visitábamos productores, fuimos a mitad de enero y estaban cosechando y haciendo jugo de uva, visitamos industrias que utilizan el método de extracción por vapor. Es una olla de tres cuerpos donde se carga la uva desgranada. Es como un gran colador. Aprendimos cómo era la metodología”, cuenta. 

Emiliano y Micaela volvieron de las vacaciones muy entusiasmados y cargados de información. “Cuando recibí la plata, me fui a buscar una olla a Brasil, que acá no se conseguían. Me tomé un colectivo, más de 20 horas, estuve ocho horas allá, compré la olla y me la traje en el maletero”, recuerda. 

Con el material ya en sus manos, empezaron a probar. Mientras tanto, Emiliano aprovechó el modelo de la olla brasilera y le pidió a una metalúrgica local que le copiara el modelo, de esta manera podían ampliar la producción. Probaron y probaron hasta que dieron con el sabor que buscaban. Jugos Ánimo empezaba a tomar forma. En 2014 hicieron la primera tanda de jugos, con uvas que le compraban a otros productores. Y dos años después, cuando lograron tener el terreno de su chacra apto, implantaron los viñedos, con plantas que extrajeron de la zona y otras variedades de vitis Labrusca que trajeron de Misiones. Hoy producen 600 litros de jugo con uvas propias. “Como cualquier producto de la uva, tiene un gran poder antioxidante. Contiene resveratrol, que dicen que ayuda a rejuvenecer. Es energético, nutritivo, natural”, dice.

Desde el comienzo, Emiliano quiso que su proyecto estuviese ligado a los conceptos de la agroecología. Había entrado en contacto con ese movimiento en la facultad y desde entonces supo que ese era el camino para revertir el daño que se le inflige al ambiente. “No usamos agroquímicos y buscamos la diversidad en la chacra; hay una búsqueda de cambiar la forma de producir”, explica.

Al principio, la producción de jugos la realizaban en el quincho de la casa. “Ahora soy socio de la cooperativa con la que trabajaba y trasladamos los equipos a la Sala de Agroindustria, donde hay otros productores que hacen conservas. Ahí elaboramos el jugo. Es un lugar más apto y habilitado para producir alimentos”, dice Emiliano. “Por un principio que tiene que ver con el modo de vida, mantener el precio justo y tener contacto con el consumidor, vendemos nuestros productos en la feria del Mercado de la Ribera. Este año fuimos a otros mercados, como Rizoma, un bioalmacén de La Plata. Queremos que el vendedor defienda la producción local y quiera promover productos más saludables, buscando una alternativa al modelo productivo”, agrega. 

En la búsqueda de esa biodiversidad, en la chacra sumaron gallinas ponedoras en gallineros móviles, que cumplen un rol clave en el manejo de los pastizales entre los viñedos. Y próximamente incorporarán ovejas. “Hacemos agroecología en una pequeña porción de tierra. Queremos alimentarnos con los que producimos acá”, dice Emiliano.

Mientras él está más enfocado en la parte productiva, Micaela lo acompaña con el manejo de las redes, incluso también en la producción de jugos. Ella fue clave también en la elección del nombre. Micaela, que es Licenciada en Artes Plásticas, presentaba una muestra en City Bell que se llamaba “Ánimo”. “Después de ahí nos fuimos a cenar en la casa de mis suegros. Teníamos que definir la etiqueta. Tenía un papel escrito con lápiz con 10 ítems, requisitos que tenía que cumplir el nombre, con la idea que queríamos transmitir. Entonces nos dimos cuenta que la palabra Ánimo cumplía con todos esos requisitos”, recuerda Emiliano. Así quedó plasmado el nombre del emprendimiento, Jugos Ánimo, que desde Berisso apuestan por una producción sustentable y la comercialización de un producto noble y nutritivo. 

Foto Paula Egudisman