Fotos de Lulú Magdalena

Mientras Lucas Loza espera el colectivo, lee un libro, come una pizza entre amigos, mira un partido de fútbol o pedalea en bicicleta, está pensando una idea. Lucas no deja de pensar ni cuando duerme: es un admirador de las buenas ideas.

Se crió en Duggan, un pueblo ubicado a 20 kilómetros de San Antonio de Areco. Su familia heredó una granja con galpones para criar pollos. Desde chico, Lucas pasaba los días inventando y jugando. Tenía a quién salir: su padre dedicaba gran parte del día a inventar objetos.

Lucas solía detenerse a mirar y pensar en cómo mejorar el proceso de trabajo que llevaba a cabo su familia en los galpones de pollos. Y particularmente, se desgañitaba pensando en cómo reutilizar los 60 mil kilos de guano que generan las gallinas cada cuatro meses, una montaña de desechos. Primero pensó que se podía generar biogás, pero buscando en internet supo que era inviable. En la búsqueda se topó con otra alternativa: eliminar el gas que generaba el guano de las gallinas y quedarse con el abono y hacer fertilizante orgánico. Lógica pura, pensó Lucas, “si no se puede hacer biogás, haremos fertilizante para las plantas, para hacerlas crecer o para cuando están débiles”.

Para darle forma y poner en marcha el proyecto, Lucas recurrió a la ayuda de su amigo, Fer Echeverria. Fue la génesis de Arecofert, un fertilizante orgánico que busca mejorar el rendimiento de las plantas de hogar, huertas o de producción masiva. El sueño emprendedor de dos jóvenes de apenas 19 años.

Fernando nació en Formosa, pero se crió en Solís, un pueblo ubicado a 16 kilómetros de San Antonio de Areco. Cuando terminó la primaria supo que en Areco estaba la escuela pública Técnica N1 Enriques Laplacette y no dudó en que quería seguir los estudios allí. Fernando y Lucas se conocieron en esa escuela y se hicieron grandes amigos. Siempre se quedaban debatiendo ideas, soñando con fundar empresas, generando proyectos. La combinación perfecta: Fernando es extrovertido, conversador y por sobre todo hábil para generar un plan de ventas y marketing. Lucas, en cambio, es introvertido, tímido y prefiere pensar ideas en silencio y en soledad.

Al recordar aquellos días iniciáticos de ArecoFert Fertilizante Organico, Lucas cuenta que un día llegó al colegio y le dijo a Fernando que tenía «algo en mente», pero no profundizó demasiado porque aún no estaba seguro de que podía funcionar. Si Lucas no tiene la plena seguridad en que el proyecto puede ser viable, prefiere no contar. Siempre fue así: aunque la investigación dure un año, Lucas guardará silencio hasta tener certezas.

“Pensé en vender la idea del fertilizante líquido para usar esa plata e invertirla en otro proyecto que tenía en mente, pero Fernando y otros amigos me convencieron que siguiera la idea del fertilizante, por suerte les hice caso y nació Arecofert”, dice Lucas.

En ese momento, los chicos le contaron acerca del proyecto a Roberto Fernández, profesor de Industria y Alimentos de la escuela Técnica, quien enseguida los alentó para que le metieran energía al proyecto. Así Roberto se convirtió en el padrino del invento.

El proceso de producción del fertilizante orgánico es arduo y ambos están en toda la cadena de producción. Levantan el guano con palas y horquillas, lo depositan en carretillas y luego, en un acoplado, lo trasladan al destino final: un campo donde lo dejan estacionar una semana, tapado con lonas a 60 o 70 grados para matar las bacterias. Una vez que los desechos de las gallinas dejan de tener olor, la materia prima de Arecofert está lista para la segunda parte del proceso. Los restos, en realidad, son cáscaras de arroz y maíz que, para sacarle los desperdicios, se lavan y filtran. El líquido filtrado tiene una apariencia de barro y lo dejan descansar en tanques cerrados al vacío para que “trabajen” las bacterias anaeróbicas. El resultado: un revitalizante de plantas 100% natural. “Aceleramos el proceso de descomposición. Le generamos las condiciones óptimas a las bacterias para que coman y desechen el material que nosotros necesitamos”, dicen.

Como todo invento, las primeras pruebas fueron un fracaso. Dicen que fueron más de cuarenta intentos hasta que lograron el producto que ellos querían. En cada nuevo proceso, mil litros de fertilizante fermentaban mientras Fernando y Lucas contaban las semanas para abrir los tanques. Cuando llegaba el día esperado, volvía la desilusión: el líquido color marrón conservaba un olor vomitivo a huevo podrido. “El producto estaba bien pero no podíamos venderlo con ese olor inmundo, imaginate si nos compraba un frasco y tenía ese olor… listo, no nos compraban más”, dice Fernando.

Lejos de resignarse, los chicos siguieron intentando. Pasaban horas estudiando qué hacer para eliminar el olor. Hasta que una tarde Lucas encontró la pieza que les faltaba para completar el proceso, el dato mágico para obtener un producto agroecológico sin olor. El día del descubrimiento, Lucas corrió a contarle a Fernando: la paciencia y la tenacidad habían triunfado. Volvieron a repetir el proceso y le sumaron el descubrimiento -que prefieren no develar- de Lucas. Cuando abrieron los tanques, magia: el líquido no tenía olor. Aún guardan el primer frasco embotellado que ambos miran con orgullo: en ese envase hay muchísimo trabajo.

“Para competir con los agroquímicos nosotros estamos fuera de rendimiento por cantidad de producción. Pero para producciones agroecológicas nosotros entraríamos perfecto, garantizamos un producto sin la presencia de químicos. En Europa ya hay producciones agroecológicas. Arecofert tiene una gran concentración de nitrógeno. El mundo se va tirando a lo orgánico, uno lo asocia con algo bueno. En Argentina aún estamos atrasados”, dicen Fernando y Lucas, que para poder crecer aún más necesitan habilitaciones del SENASA, y un análisis completo en un laboratorio privado del producto que certifique que es agroecológico y lo puedan vender sin problemas en toda Argentina.

Para Fernando, Arecofert es su gran paso, que arrancó en el colegio y siguió con la materialización de una idea concreta y productiva. Hoy sueña con que crezca cada vez más y que puedan vivir de la comercialización del producto. Por su forma de ser, extrovertido y desvergonzado, él se encarga de las ventas y de organizar los clientes. Avanzan puerta por puerta: un trabajo de hormiga. El padre de Fernando les presta el auto, que recargan con productos de Arecofert, para que ellos mismos vayan a vender: ya fueron a Pergamino, San Andrés de Giles, y los pueblos de la zona.

Para Lucas, se trata de una gran oportunidad. También sueña con crecer gracias a Arecofert. Que sea el principio de una gran empresa. Y quiere seguir creando empresas, y soñar con nuevas ideas.