Román Mazar se crió mirando a sus padres Mario y Ramona mientras cuidaban las plantas del jardín. La cosecha de la huerta era el alimento de la familia: los tomates y las lechugas para la ensalada, las espinacas para las tartas. Cada vez que iba al campo de paseo con sus abuelos, Poly y María, traían plantas autóctonas y ellos le enseñaban las propiedades medicinales que tenían cada una. En la vida de Román, el arte y las plantas lo constituyen.

“Mis papás siempre fueron yuyeros y huerteros. Ese fue mi arraigo con las plantas”, dice.
Las enseñanzas de niño las aplicó en su propio vivero: así nació Artemisa, un espacio multicultural, enclavado en un bosque de tilos, robles añosos y liquidámbares.

Cuando terminó el secundario, Román dejó San Antonio de Areco para instalarse en Buenos Aires. Estudió Arquitectura y mientras cursaba consiguió trabajo en el estudio del reconocido arquitecto y paisajista Luis Fernando Benedit: “Esa experiencia me llevó a ligar el arte con las plantas. Yo me encargaba del paisajismo, del montaje de los proyectos, de recorrer viveros y hacer la dirección de obra. En ese trabajo descubrí lo que quería para mi futuro. Pero por diferentes razones siempre trabajé en ámbitos más relacionados al arte. Montaba muestras en el MALBA, en el Museo de Bellas Artes, para coleccionistas privados”, cuenta.

En 2018 decidió comenzar un cambio y desplegar todas las enseñanzas que había aprendido de sus abuelos y sus padres. Así fue como empezó a hacer huertas en estancias y casas de familia. “Una noche charlando con dos amigos llegamos a la conclusión que los tres queríamos tener un vivero. Conseguimos un espacio, un ex vivero que estuvo durante 4 años abandonado. El lugar lo alquilamos el 23 de marzo de 2020 y el viernes siguiente decretaron el cierre total por la pandemia”, recuerda.

Mientras el Covid avanzaba, los tres desmontaron el terreno, tapado de plantas, yuyos y malezas. Durante tres meses trabajaron todos los días para acomodar el lugar. “Una de las plantas que estaba en todos los rincones del terreno era la artemisa annua, que tiene un montón de propiedades medicinales y místicas, además es la diosa Griega protectora de los bosques, es por eso nombramos así nuestro vivero”, dice.

Román tiene fascinación por las rosas y las salvias, es por eso que tienen una gran variedad de esas plantas. Para él Artemisa “no solo es un vivero, es un espacio cultural, un espacio de encuentros gastronómicos. Siempre fomentamos la importancia de alimentarnos de lo que producimos: que la cosecha llegue a la mesa”.