Como todas las tardes, Inés fue hasta el refugio de las gallinas para limpiar los nidales. Cuando entró, lo primero que vio fue un rayo de sol que iluminaba un huevo colorado. Al verla acercarse corriendo con una sonrisa, Wenceslao supo que algo hermoso había pasado y entonces apagó la máquina de cortar pasto. Ella tenía en sus manos un huevo: el primero. Ese 29 de octubre se cumplió el sueño que esperaban desde hacía siete meses. Cien gallinas y un huevo.

Así empieza la historia de Terruño, un proyecto agroecológico y sustentable de producción de huevos pastoriles. La filosofía de Inés y Wenceslao es que las gallinas vivan como gallinas: libres y en contacto con la tierra. Y, de esa manera, obtener huevos naturales y saludables, con buenas prácticas de crianza animal.

Mientras escribimos esta historia Inés y Wenceslao reparten el primer maple de huevo. “Todos los días aprendemos de las gallinas. Las vemos crecer y nos sorprendemos con ellas. Es una relación diaria, algunas veces entramos al carro y se echan para que les hagamos mimos”, dicen.

Inés y Wenceslao se conocieron en 2014 en Buenos Aires. Ella nació en Ayacucho, se recibió de veterinaria en la Universidad Nacional de Tandil. Consiguió trabajo en una clínica de pequeños animales y vivió tres años en Capital. Él nació en Coronel Pringles. Hasta los 18 años vivió en el campo. Se fue a vivir a Buenos Aires para estudiar cine. Cuando se recibió, trabajó como camarógrafo en una productora de contenidos audiovisuales.

En 2015 la Universidad Nacional de Tandil le ofreció trabajo a Inés y entonces vieron como una posibilidad dejar el caos de Buenos Aires para instalarse en un lugar más apacible. “Un salto de fe”, dice Inés.

Sin embargo, Wenceslao se le complicó conseguir trabajo de su profesión y comenzó a trabajar en el campo de los padres de Inés. “Nací y me crié en el campo, siempre me gustó esa vida. Siempre supe que me iba a ir de Buenos Aires, sabía que mi estadía en la Ciudad era de tránsito”, dice. Inés comenzó a tener menos carga horaria en la Universidad y en 2018 alternaban la semana: unos días la pasaban en el campo de Ayacucho y otros en Tandil.

Para Inés y Wenceslao, la pandemia fue un nuevo punto de giro en sus vidas. El trabajo de Inés en la Universidad dejó de ser presencial y pasó a ser a distancia. Vieron que era un buen momento para irse a vivir al campo y dedicarse de lleno a la crianza de las vacas y las ovejas. Desde hacía unos dos años, estaban interesados en la cría de gallinas en gallineros móviles. Cada vez que encontraban un video en internet de productores referentes se ilusionaban con plasmar esa manera de producción en el campo. Con la idea de que los animales pudieran estar en pleno contacto con la tierra y pastar libremente.

“Habernos instalado en el campo nos dió la posibilidad y el tiempo que demanda Terruño, nuestro proyecto de producción de huevos pastoriles con un enfoque agroecológico y con pleno cuidado y respeto por los animales. Estamos felices con el proyecto. Nos permite plasmar en una producción chiquita lo que nos gustaría hacer en otras producciones. En el campo hacemos una explotación ganadera tradicional pero tratamos de generar bienestar animal, trabajar en forma sustentable. Vinimos con esa concepción al campo, con ganas de cambiar las formas de cómo se venían haciendo algunas cosas ”, dice Inés.

Terruño sintetiza el amor a la tierra y el cuidado del medioambiente. Es un proyecto que nació en abril de 2020. Todas las mañanas la rutina de Inés y Wenceslao arranca a las cinco y media de la madrugada. Lo primero que hacen es abrirles el refugio a las gallinas, que durante la noche lo cierran para que estén protegidas. Cuando les abren la puerta, las gallinas salen en manada en búsqueda del alimento. Que el gallinero sea móvil genera en la tierra efectos regenerativos: por donde pasan las gallinas el suelo recibe su abono natural. El carro que poseen tiene capacidad para 300 animales; los chicos sueñan con crecer y ampliarse.

“Las pollas las tenemos desde que tenían dos meses. Las criamos como si fuesen nuestros hijos, estamos las 24 horas pensando en ellas. Cuando empezamos a notar cambios corporales en las gallinas supimos que se acercaba el momento de la postura de huevos. Todos los días íbamos al refugio con la ilusión de encontrar el primero. Nos turnábamos para ir al carro y la pregunta siempre era la misma: ¿Y? ¿Algún huevo? Cuando encontramos el primero lo festejamos como si fuese un nacimiento, justo mi hermana esa mañana había sido mamá. Fue un día de muchos nacimientos. Creemos que Terruño puede ser un ensayo para poder plasmar esta idea agroecológica en toda la extensión del campo. La idea de producción sustentable, regenerar el suelo y el bienestar animal”, cuenta Wenceslao.

El sueño de Inés y Wencesalo es que Terruño siga creciendo. Tener hijos “para ampliar la familia”, seguir vinculados al campo y poder llevar a gran escala la producción sustentable. Para Wenceslao la clave es “cuidar el lugar en donde uno vive, tener otra relación con el medioambiente y romper con viejas tradiciones del manejo del campo porque algunas son contraproducentes. Estamos viendo que muchos productores de grandes extensiones de tierra están cambiando algunas prácticas para acercarse a la agroecología, eso es una buena noticia”. Para Inés el campo es un “lugar de pertenencia familiar, creo que mucha gente joven está volviendo a sus raíces y eso trae cambios sustentables. Hoy toda la información se comparte por Internet. Creo que todo el mundo sabe los daños que generan los herbicidas y que con un buen manejo animal se puede generar alimentos de mejor calidad. Lo que está pasando en el campo es generacional, hoy volvemos los nietos y los hijos con ganas de producir de otra manera”.