En el campo argentino están pasando cosas. Más allá de las grandes empresas multinacionales, el aluvión de insumos que diariamente se vuelcan sobre los cultivos y los suelos, hay un movimiento que lenta pero persistentemente crece desde abajo, en red, una nueva forma de construcción colectiva basada en la confianza. La agroecología como método de producción recoge tradiciones, pero incorpora nuevos saberes y parece haber llegado para quedarse. A los miles de productores que empiezan a transicionar hacia este modelo y paradigma, se le suman nuevos servicios que surgen a la par. Uno de ellos es BioSha, una fábrica de bioinsumos ubicada en el partido bonaerense de Chivilcoy.

La historia de BioSha está lejos de repetir el patrón de cualquier emprendimiento vinculado al mundo de la agroindustria. Su nacimiento corresponde a la unión de varios caminos diferentes y de una preocupación común y creciente entre la población: los alimentos que consumimos y las formas de producción que se emplean para conseguirlos.

BioSha funciona en el centro cultural Los Colgados de la Rama, una reconocida murga de Chivilcoy. Ahí, entre bombos, accesorios y vestuarios de corso, empezó a gestarse hace un año y medio esta fábrica de bioinsumos que hoy tiene una cartera de 10 productos y varios campos de la zona como clientes. “La biofábrica fue una evolución del centro cultural. Habíamos estado trabajando con escuelas, con compras colectivas de productos sustentables y cooperativos. Eso fue creciendo, hasta que dimos con Jairo Restrepo Rivera, especialista en agricultura orgánica, quien nos dio un curso y enseguida surgió esta idea para reemplazar los insumos agroindustriales por bioinsumos”, cuenta a Somos Arraigo Nicolás, co-fundador de BioSha.

Todos los días, luego de desayunar con su compañera y su hija, Nicolás se junta con Juan Carlos, su papá, con quien diagrama el día y las actividades de la semana. Para aprovisionarse de la materia prima necesaria, BioSha fue creando una intensa red de proveedores de quienes reciben “desechos”, que luego son reconvertidos en bioinsumos. “Tenemos a disposición una persona que nos vende los huesos, con lo que hacemos la quema y picada y obtenemos la harina de hueso. Tenemos un panadero que nos da la ceniza en grandes cantidades. Tenemos residuos de cerveza, bagazo, que es muy rica en microorganismos. Una marmolería nos da sedimento de roca, nosotros lo secamos, lo procesamos y de ahí sale la harina de roca. También recolectamos heces de animales rumiantes en diferentes campos. Es un circuito armado para la recolección de la materia prima”, explica.

En la biofábrica se transforman las materias primas, reproduciendo microorganismos presentes para después obtener un producto elaborado para la regeneración de los suelos: “Reproducimos el ambiente para que la microbiología se reproduzca y así obtenemos un producto con ácidos orgánicos, proteínas, levaduras y un montón de microorganismos que ayudan a la regeneración del suelo”.

“Acopiamos los elementos sólidos que necesitamos para hacer el bocashi. Es completamente cíclico”, dice Nicolás. Y agrega: “Hoy tenemos 10 productos a la venta. La estrella son los fermentos, sólidos y líquidos, que se usan para jardinería y huertas”.

Si bien al principio hubo miradas de desconfianza, de a poco BioSha se está ganando un lugar. Nicolás recurre a una anécdota en particular: “Una vez fui a buscar las sales a un expreso de Chivilcoy, que resultó ser de un productor. Me preguntó para qué usaba las sales y pocas semanas después estábamos montando una biofábrica en su campo. Fue un productor que tuvo esa apertura para conocer esto. Y ahora hay más gente mirando, incluso gente que le presta el servicio de siembra y cosecha, que hace poco inocularon con estos productos que nosotros fabricamos”.

Para Nicolás, el surgimiento de BioSha se dio en el “momento justo”, un momento en el que las formas de producción están empezando a debatirse, sobre todo por la decisión de muchos productores de cambiar. “Va a haber un cambio en la forma de producción. Lo creo firmemente. La respuesta que dan los agroecosistemas es muy interesante, cuando se regenera la vida del suelo. Ese futuro ya está sucediendo, hay muchas experiencias en marcha. Lo que sucede es que hay que empaparse, poner el cuerpo, estar metidos, hay que ser prácticos y operativos. Apostamos por esto y empezó a dar resultados, por eso los productores lo están usando”, dice.

“Los bioinsumos trabajan en distintos planos y su ventaja es que no tienen un impacto negativo en la salud de las personas y en ninguna otra especie”, explica María Bernarda Roldán, ingeniera agrónoma y consultora de BioSha. María Bernarda no sólo lleva un ida y vuelta incesante con Nicolás, sino que además prueba en el campo los productos que salen de la biofábrica. “En el plano biológico, los bioinsumos trabajan con inoculantes que se incorporan en la semilla, que hacen un trabajo en conjunto con el suelo y las raíces. En el plano nutricional, a través de los lactofermentos, que se aplican en momentos puntuales para la fertilización. Estos micronutrientes aportan una mejor calidad de grano. Otro plano es el sanitario, donde generan un ambiente de protección para el cultivo”, detalla. “Muchos de estos bioinsumos pueden producirse en el mismo establecimiento con materia prima de ese lugar o de la zona, permitiendo una economía circular”, agrega Bernarda.

Para quienes están de BioSha, está claro que la utilización de bioinsumos puede hacerse a gran escala. Así lo creen porque así lo está marcando la experiencia de quienes ya incorporaron el uso de sus productos: “Además, una vez que el campo se regenera, no es tan necesario el uso de productos, sino que se necesitan otras técnicas: rotación, cultivos de servicios, diversificación”.

Cada vez que se acerca un nuevo productor interesado en sus insumos, es una alegría muy grande para ellos. “Más allá de que tenemos esto para poder vivir de nuestro trabajo, sentimos que es una conquista, porque no se trata de venderle el producto y listo. Nos quedamos pendientes a ver si le funcionó, si tiene una buena respuesta o no. Va mucho más allá de vender un bioinsumo. El productor no está comprando un bidón de glifosato a una multinacional, le está comprando un producto a una persona que vive en su pueblo, a la cual conoce, con la que tiene otro trato”, dice Nicolás.

Para él, este emprendimiento es una transformación diaria e implica “mucho crecimiento”. “Es una pasión lo que nos genera la biofábrica porque es una convicción que se concreta. Todo el mundo dice que la agroecología es la solución, pero hay que construirla. En eso estamos, anotamos los aciertos y los errores, sistematizamos. Y sentimos que le estamos dejando un mundo mejor a nuestros hijos”.