Mailén y Pablo regresaban a Tandil de un viaje por la Patagonia. Mientras tarareaban Calma Pueblo, una canción de Calle 13, Pablo miró a su compañera y le dijo:

– Nuestro proyecto tiene que llamarse Calma Tierra, que vamos a cuidarte.

A Mailén le pareció hermoso ese nombre. Cuando el padre de Pablo murió, ellos heredaron una porción de campo; la sucesión demoró siete años, tiempo suficiente para que los chicos viajaran por Argentina. Al regresar a Tandil decidieron que querían vivir sumergidos en la naturaleza. Entonces, con sus propias manos se construyeron una casa de barro en la parcela de tierra que habían heredado. Durante la construcción, Mailén quedó embarazada de su primer hijo. “Al mes de nacer Dante nos fuimos a vivir a la casita de barro y es allí cuando, hace cinco años, empezó nuestro proyecto. Calma Tierra somos nosotros. Es nuestro espíritu viajero, de emprender aventuras, de tener nuevos desafíos, de reinventarnos. Siempre en coherencia con nosotros, con la tierra, con otros seres que la habitan, buscando siempre la libertad y mostrándole a nuestros hijos que esto se disfruta, si no se disfruta no hay que hacerlo”, dice Mailén.

El campo de Calma Tierra Tandil son 50 hectáreas ubicadas a veinte kilómetros de Tandil. Antes de que los chicos tomaran posesión, la tierra era trabajada de manera convencional, es decir, se aplicaban agroquímicos. Ellos tenían en claro que esa forma de cultivo era inviable para su manera de habitar y concebir el mundo. Una vez instalados prepararon la tierra para armar una huerta hogareña. Querían tener las verduras de estación suficientes como para satisfacer sus necesidades y así comenzar el lento camino a la soberanía alimentaria.

“Una amiga que es profesora de yoga nos pidió verduras libres de químicos para darles a sus alumnos alimentos sanos. Entonces tuvimos que agrandar la huerta y comenzamos a vender bolsones a los alumnos. De boca en boca corrió por Tandil que nosotros vendíamos verduras agroecológica hasta que nos llamaron de un almacén y ampliamos aún más la huerta e hicimos un gran invernadero. Teníamos sembradas una hectárea y media de verduras”, dice Mailén.

Cuando recibieron la herencia, Mailén y Pablo no pensaban trabajar en el campo, por eso Pablo no se quedó con ninguna herramienta, ni tractor ni cosechadora, nada. Pero a medida que fueron avanzando con el proyecto les enamoró la idea de continuar cultivando alimentos libres de toda intervención química. Cuando Cristian, hermano de Pablo, recibió su porción de herencia también decidió trabajar la tierra de la misma manera. Entonces juntaron los ahorros entre los tres y compraron una vieja cosechadora Vassalli 3.16. “Queríamos sembrar alimentos, entonces arrancamos con lentejas y arvejas, con pocas hectáreas para experimentar y ver como salían los cultivos. Nuestro primer cultivo agroecológico fue la cebada que tuvo un rinde muy bueno y eso nos re entusiasmó. Y ahí empezamos con las locuras de hacer toda la otra parte del campo”, cuenta Mailén.

Como si fuese un cuadro de Van Gogh, los chicos miraban maravillados a los bichitos de luz que iluminaban la cosecha dorada. Sin químicos había vida. Eso los impulsó para seguir sembrando. Mailén se encargaba del pequeño Dante y de las ventas y el reparto de los bolsones de verdura y Pablo y Cristian de las siembras y las cosechas. “Me subía al auto y estaba todo el día repartiendo. La demanda no paraba de crecer. La gente respondía feliz a nuestra producción”, dice Mailén.

A Pablo se le ocurrió que debían sembrar quinoa, se empecinó y encontró semillas. Compraron un bolsón y las sembraron. Para alegría de los chicos la cosecha fue impecable y la publicaron por internet. Justo el dólar subió y la quinoa, que era importada, llegó a valores imposibles, lo cual empujó la producción nacional. Esa cosecha fue el impulso necesario para que Calma Tierra despegara.

Ellos se guían por la intuición o por las señales que les da la naturaleza para elegir el próximo cultivo. “La tierra se regenera. Al no aplicar agrotóxicos está llena de vida. En otoño es emocionante ver las bandadas de pájaros que cruzan el campo. Este año vinieron muchas mariposas, eso en la siembra tradicional no se ve porque las fumigaciones las matan. La agroecología es más apasionante, es la observación contínua, es ser uno con la naturaleza”, cuenta Mailén.

Para Mailén, Pablo y Cristian era fundamental producir cultivos agroecológicos y agregarle valor. Para eso necesitaban comprar una peladora de granos. Con esa máquina podían pelar el mijo o la cebada y obtener alimentos. Encontraron una en Santiago de Chile. Allá fueron Mailén, Pablo, Dante y su pequeña hija Lucero.

La peladora les permitió seguir creciendo y agregarle valor a los granos. “En el campo no tenemos luz eléctrica, es todo solar. Nuestro próximo paso es tener la bajada de luz y habilitar un espacio para que funcione la peladora de granos. Participamos de un grupo que se llama Los Percherones, formado por Cambio Rural, somos diez productores agroecológicos, nos juntamos una vez por mes a intercambiar experiencias”, dice.

Detrás de cada producto de Calma Tierra hay mucho amor. Para Mailén producir alimentos agroecológicos es reforzar el concepto de que somos uno con la tierra, es lograr un equilibrio. Siembran, cosechan, pelan los granos, envasan y luego despachan los pedidos que viajan a todo el país.

“A un productor que aún sigue aplicando químicos les diría que se puede trabajar el campo de otra manera. Sabemos que a los productores tradicionales les puede generar miedo lo nuevo. Comprendemos a esos seres, nos gustaría contagiarlos y que vean que esto está bueno y se pueden obtener cosechas sin lastimar a la tierra. Y a un consumidor les diría que cuanto más demanda de productos sanos haya más productores agroecológicos habrá. Muchas familias se agrupan y hacen compras comunitarias. Prueben de poner una semilla en sus casas y verán crecer sus alimentos, es transformador”, dice Mailén.

Con lo que producen, Pablo y Mailén lograron autoabastecerse. En Tandil, se formaron redes y entre productores agroecológicos participan del trueque de productos. Por ejemplo ellos dan sus granos y sus verduras a cambio de quesos, leche, miel o frutas de estación.

“Calma Tierra es nuestra forma de vida. Los cultivos son lo que nos da la tierra, lastimarla a ella es lastimarnos a nosotros también. Es lo que elegimos para nuestros hijos. Que ellos puedan ver que la semilla que sembramos luego se convierte en alimento. Cuando nació Dante quisimos darle una vida en la naturaleza y con alimentos sanos. Producir nuestros alimentos y cocinarlos, vivir de los que nos da la tierra es increíble”.