Fotos de Lulú Magdalena

Carolina Oviedo no recuerda la primera vez que agarró un lápiz para dibujar. Sí se acuerda que su infancia la pasó en la casa de su abuela Beba, y que a los seis años disfrutaba de las tardes sentada en la mesa de la cocina, donde usaba un libro para aprender corte y confección para desplegar sus primeros dibujos. De un lado del libro estaban los pasos a seguir para coser vestidos, polleras y camisas, y del otro las hojas en blanco en las que Carolina dibujaba sus primeros personajes.

En vez de jugar con muñecos, ella creaba sus propias historias. Podía pasar tardes enteras dibujando, se detenía mirando las sombras de una ventana que se proyectaban sobre la mesa de la cocina: imaginaba que esas sombras continuaban hacia un infinito donde se armaba otra casa. O podía quedarse un ratito más en la cama siguiendo las luces y las sombras reflejadas en las paredes del cuarto.

Carolina dice que dibujando descubrió el cuerpo humano, que entendió el funcionamiento de las partes. En el colegio, mientras la maestra explicaba la tarea, ella dibujaba. “Ese cuaderno aún lo tengo, desde los seis hasta los doce años dibujé ahí. Las hojas están todas completas, dibujos sobre dibujos. Copiaba algunas novelas que veía en la tele y armaba los diálogos, siempre muy novelescos. Una de las historias que recuerdo era de una chica que criaba a sus hijos en soledad y que trabajaba y que el ex marido la espiaba por la ventana”, dice Carolina, una artista visual feminista, que nació en San Antonio de Areco y que despliega su arte en inmensos murales callejeros, en un lienzo o al costadito de una servilleta de papel.

Luego de terminar cada obra, Carolina firma como Diatomea, un alter ego que lo encontró cuando se sumergió dibujando partículas microscópicas de la naturaleza: las tramas orgánicas. Diatomea son unas algas microscópicas y sus formas la apasionaron tanto que decidió adoptar esa palabra como seudónimo. Ella puede pasar una semana o un mes sin comer un asado pero no puede pasar ni un solo día sin dibujar; en su mochila puede faltarle el celular, pero nunca la libretita de hojas blancas y la cartuchera con los lápices. Carolina Oviedo una mujer que ama dibujando.

A los catorce años supo que el dibujo sería su manera de expresarse. Entonces le pidió a sus padres empezar un taller para perfeccionarse, en paralelo a la secundaria. Se inscribió en la Escuela de Arte de Areco. Cuando terminó el secundario, decidió estudiar Arte en la Universidad Nacional de Mendoza. “Ví en el dibujo una herramienta de trabajo. En Mendoza, con unas compañeras dibujábamos los frentes de las casas y se los ofrecíamos a sus dueños por treinta pesos o hacíamos macetas y las pintábamos para vender”, dice Carolina.

Cuando dibuja encuentra su momento de intimidad. En esos instantes puede evadirse de la rutina y bucear entre las capas de la imaginación. Lo que arranca con una línea puede terminar en un boceto de un mural de diez metros. “Una vez que me engancho puedo estar un montón de horas dibujando, es algo que necesito hacer. Es estar y aprender desde otra lógica, no tan meditada, avanzo con intuiciones, es descubrir cosas desde otro lugar. Dibujando me conecto conmigo”, cuenta.

Carolina sabe que el único trabajo que puede hacer durante diez horas seguidas, colgada de una escalera bajo un sol tremendo de enero o en la intemperie del invierno, es cuando pinta un mural, una técnica que aprendió en la universidad de Mendoza: “Decidí hacer la especialización en pintura, me gustaba la orientación que tenía el profesor, cursábamos todos los días, para aprobar la materia teníamos que entregar un proyecto. Con unas compañeras pensamos en hacer pinturas colectivas, y compramos un fibrofacil de cinco metros por tres, en ese momento fue el soporte más grande donde había trabajado. Coincidimos que el tema era la naturaleza, empezábamos sin bocetos y cuando terminábamos nos alejábamos para ver cómo había quedado y debatíamos qué había funcionado y qué no. Hasta que sentíamos que el cuadro estaba terminado”. Ese fibrofacil fue la puerta de entrada al muralismo.

Ahora Carolina se sube a una escalera de siete metros o hace equilibrio en andamios de dos cuerpos y pinta murales inmensos. Siempre siente la misma adrenalina cuando se para enfrente de una pared en blanco: el desafío de sortear obstáculos para avanzar sobre el dibujo para luego tomar distancia de la pared y contemplar la obra terminada. “Empezás por una parte y no sabés a dónde te va a llevar el dibujo y después no podés creer lo que hiciste. Es una alegría inmensa ver el boceto terminado. En el momento que lo hago, lo veo y lo reveo y luego lo suelto, eso es lo mágico de pintar murales. Trabajo semanas enteras en los bocetos, luego el dinero invertido en comprar las pinturas, luego las horas y horas de pintarlo y cuando la obra esté terminada me voy y quedará en la calle. Los murales son una expresión política y popular, no hay que pagar una entrada para verlos, están en las calles. Con los murales aprendí a desprenderme de las cosas materiales. Hoy son mi medio de expresión, es una gran responsabilidad pintar en la calle. El feminismo me atravesó y desde hace un tiempo es mi fuente de inspiración para dibujar”, dice.

La próxima aventura de Carolina será con Indi, su compañero. Con los ahorros que tenían se compraron una camioneta y una casilla rodante. Sueñan con recorrer el país y cruzar fronteras para llevar la pintura y que sea una herramienta y un medio para comunicarse y descubrir nuevas realidades y dejar su huella en el camino: “Me imagino yendo de un lugar a otro, estacionar la casita y salir a caminar y buscar una pared para poder pintar. SÉ que pintar en la calle enseguida genera puentes, porque la gente te ve pintado y enseguida se te acercan a preguntar y eso genera vínculos. Me imagino creciendo en la pintura. Que sea el dibujo el que nos marque el camino”.