El día en que a Valentina Vélez le diagnosticaron diabetes tipo 1, no pudo parar de llorar. Era abril de 2009 y estudiaba Gobierno y Relaciones Internacionales en su Colombia natal. En el horizonte cercano tenía un viaje a la Argentina para cursar un semestre en la UBA. La repentina enfermedad fue un cimbronazo, pero ella no estaba dispuesta a dar el brazo a torcer. Supo que su vida no iba a ser la misma, que sus hábitos cambiarían para siempre, pero jamás imaginó que esa noticia cambiaría diametralmente el rumbo de su destino y que, poco tiempo después, terminaría creando una exitosa marca de postres apto diabéticos y sin TACC, Chéz Momo. 

“Siempre fui una persona dulcera. Cuando me diagnosticaron diabetes, fue un shock: ‘Ahora no puedo comer más dulce, ¿qué hago?’. Empecé a buscar opciones, pero nada me gustaba”, cuenta Valentina. De alguna manera, esa búsqueda fue el germen de una idea que, poco a poco, iba tomando forma en su cabeza. Ya instalada en la Argentina, Valentina terminó la carrera y encaró una Maestría en Políticas Públicas, en FLACSO. Sin embargo, la idea de hacer un producto que no afecte la glucosa en sangre, pero que sea apetitoso, rico y disfrutable, estaba siempre rondando en su cabeza. Al mismo tiempo, sentía culpa por haber estudiado durante tantos años. “Se lo comenté a mi familia, a mi esposo, Fernando, quien me apoyó desde un principio. En ese momento tenía un trabajo, salario y el miedo de soltar eso”, recuerda. 

Valentina renunció y empezó a darle forma a su sueño. “Yo tenía la idea, pero no sabía cómo arrancar”, cuenta. En ese momento, estaba en la Argentina un amigo colombiano, Mauro, con quien había estudiado en la universidad. Él también había cambiado de rumbo y había empezado a trabajar en gastronomía. Entonces le comentó la idea de hacer un producto sin azúcar, pero rico. En paralelo, Valentina también había empezado a estudiar gastronomía, con la idea de hacer prueba y error con los productos hechos a base de ingredientes que ella sabe que no le hacen daño a los diabéticos. “Era un desafío, una especie de laboratorio. Si bien Mauro había estudiado pastelería, era todo un proceso nuevo, con ingredientes diferentes. El proceso nos llevó un año. Nos reuníamos durante la semana, incluso los findes. Probamos diferentes combinaciones y buscamos que no tuvieran ningún tipo de harina, ni siquiera integral. Probamos harinas de frutos secos, lo trabajamos tanto que finalmente dimos con los productos que nos gustaban”, dice. 

Con la primera serie de postres terminados, Valentina y Mauro juntaron a un grupo de amigos y conocidos para presentarles todas las recetas. “Estaba bastante asustada, pero también confiada. Y la verdad que la recepción que tuvimos fue muy buena. A la gente le gustó. Ahí hice el click”, recuerda. 

Era el momento de arrancar. Había que crear una marca, montar una cocina, armar el packaging. Todo de cero, un nuevo desafío. Consiguieron un lugar, equiparon la cocina y contrataron a una agencia para desarrollar la marca. Había que elegir el nombre: “Le pusimos Chez Momo, que es un juego de palabras. Sería la ‘casa de Momo’; Momo es como lo llamo a Mauro desde que nos conocemos, con un juego con el ‘Che’ argentino y la presencia francesa, por la pastelería. Toda la imagen está asociada a una tabla periódica de laboratorio, en el que se muestran los ingredientes, la información nutricional. Fue súper interesante”. 

En octubre de 2018 estaba todo listo para dar el puntapié inicial. Sin embargo, Mauro tuvo que regresar a Colombia. A pesar de eso, Valentina decidió seguir adelante. Ya tenía el producto, había que salir a vender. Empezaron por Instagram, con la idea de vender a cliente final. “Costó mucho, emprender es muy difícil, pero muy satisfactorio. Me levantaba a las 2 o 3 de la mañana y volvía a mi casa a las 9 de la noche. Hacía todo. Estaba en la cocina, distribuía, hacía las compras de materia prima, contestaba en las redes sociales. Hoy veo para atrás y no lo puedo creer”, cuenta.

Valentina iba dietética por dietética, con una heladerita, dejando muestras y contando la historia. La mayoría les cerraba las puertas. Sin embargo, de a poco, el boca a boca fue creciendo. Se fueron sumando puntos de venta. La marca crecía, pero al mismo tiempo Valentina estaba muy cansada. “El cuerpo y la cabeza no me daban para más”, dice. “Ahí fue cuando Fer se sumó al proyecto, en la parte comercial, en mercadeo, en sumar nuevos puntos. Empezamos a crecer y entonces fue cuando la gente nos empezó a pedir que los productos estuvieran certificados sin TACC”, agrega.

Como parte de ese crecimiento, Valentina sintió que necesitaban un orden. Contrataron a una directora técnica para que los ayudara a mejorar los procesos, a tener todo en orden, a mejorar la calidad. “Tuvimos que mudarnos a un espacio más grande, apto para trabajar productos sin TACC. Hoy en día estamos armando una nueva planta de producción. Siempre hemos apuntado a ser una marca honesta y transparente con las materias primas que trabajamos y que sean productos registrados”, dice. 

Hoy en día, Chéz Momo trabaja con 140 puntos de venta. Venden en la Ciudad de Buenos Aires, el Gran Buenos Aires y también en el interior. “Siempre me acuerdo de un mensaje de una chica que nos escribió diciéndonos que lo mejor de Chéz Momo era que podía combinar placer con responsabilidad. Me encantó porque define mucho el espíritu de la marca, lo que me motivó desde un principio: poder comer algo rico, que te de placer, pero hecho con responsabilidad”, explica Valentina. 

La idea que había comenzado a base de una necesidad de conseguir postres ricos y aptos para diabéticos, se amplió a otros productos, todos sin TACC y bajos en carbohidratos. Además de una exquisita línea de postres, Chéz Momo ofrece productos sin lácteos, como budines y panes y un volcán de chocolate. Todos los productos están hechos a base de harina de almendras. “El crecimiento te lleva a nuevos desafíos, como contratar personas y responder por ellas y también en mantener la calidad al aumentar la producción”, dice Valentina. Y cierra: “Mi sueño es que nos conozcan, que sepan cómo arrancamos, cómo hacemos lo que hacemos. Chéz Momo es mi vida, es algo por lo que me levanto y trabajo, me acuesto y sueño. Así como lo quiero, lo cuido”.