Fotos Lulú Magdalena

Cae la tarde sobre las vías (inutilizadas) del tren. Un centenar de niños corren de un lado hacia otro sobre el césped, vestidos con camisetas de distintos colores, clubes y países. Entre los pequeños, Gabriiel Gasparini, enfundado en una campera roja de River, da indicaciones sin perder la sonrisa y el buen humor. Está haciendo lo que más le gusta, y se le nota. Los niños no pierden el impulso en sus corridas tras la pelota, mientras Gabriel trata de ordenar, silbato mediante, el divertido caos de la práctica.

Tres años atrás, en este mismo predio, no se escuchaban risas, gritos y silbatos. Decididos a revertir años de decadencia del club, un grupo de amigos desembarcó en el San Antonio para intentar darle vida social y deportiva a una entidad que tiene más de 50 años de historia en el pueblo. “Cuando llegamos al club, había 20 nenes en las infantiles, hoy hay más de 100, de cuatro años en adelante”, cuenta Gabriel, vice del Club San Antonio. “Nosotros nos pusimos como objetivo que los niños dejen de andar dando vueltas en la calle, que vengan contentos a las prácticas, les inculcamos mucho el sentido de pertenencia: que sean compañeros, que no se peleen, que se ayuden entre ellos”, explica.

Después de cada práctica, los niños terminan (casi siempre) festejando el cumpleaños de algún compañerito. Desde el club les piden a los padres que lleven una torta y de esta manera, señala Gabriel, refuerzan la construcción de comunidad entre el club y las familias. Otra de las iniciativas del San Antonio, que explica la enorme cantidad de anotados, fue la decisión de poner en los partidos a todos los chicos que participan de las prácticas. “No nos fijamos si son buenos o malos jugadores, los ponemos igual. Los resultados se nos están dando bien, pero no nos interesa, lo más importante para nosotros es que los chicos se identifiquen con el club”, enseña.

La conexión de Gabriel con el San Antonio quedó sellada cuando tenía cinco años y sus padres lo llevaron a jugar al fútbol ahí. Dos años después, cuando tenía siete, la comisión directiva de aquel entonces decidió desarmar el trabajo que se hacía en las divisiones inferiores. Gabriel se fue a jugar al club Rivadavia, donde estuvo 10 años. Hoy, como si se tratara de una revancha que le da la vida, se carga al hombro la reconstrucción del fútbol infantil del San Antonio. “Me molestó tener que irme del club, no queremos que vuelva a pasar lo mismo, queremos que los chiquitos hagan todas las inferiores del club y terminen jugando en primera. Por suerte, todos los que formamos parte de la comisión directiva, los profes de infantiles, inferiores y primera, pensamos lo mismo”, dice.

El corazón de todos los que participan está puesto en la reconstrucción de la identidad del club a partir del trabajo con las divisiones infantiles, mientras tratan de levantar una intrincada situación jurídica, ya que el club perdió su personería y no figura “en ningún lado”. “Tuvo su personería pero la perdió en 1996 por no hacer bien el trabajo, no presentar los balances, ahora estamos tratando de recuperarla y es un proceso largo en el que nos está ayudando Mariano Pinedo porque es algo se hace en La Plata”, explica.

Cuando la nueva comisión llegó al club, además de los pastos altos en la cancha, se encontraron con que no había insumos para las prácticas, ni ropa, ni camisetas, ni pelotas. Con la llegada de cada vez más chicos, que pagan una cuota de 100 pesos, más la realización de rifas y polladas, fueron logrando repuntar de a poco. “Se fue creando una comunión”, dice Gabriel. “Nosotros estamos muy contentos con los chicos, los chicos están contentos con nosotros y los padres, a su vez, están contentos con el trabajo que hacemos nosotros”, resume. Todos colaboran: siempre hay una mano para lo que haga falta. “Es una familia”, reflexiona Gabriel, quien reparte sus horas entre el club y su taller de herrero.

Además del fútbol infantil para varones, abrieron una propuesta de fútbol infantil femenino -y fue todo un éxito, con más de 30 chicas anotadas-. En el San Antonio suelen proyectar películas en invierno, y este año pondrán a disposición un profe para apoyo escolar. “También, a mitad de año, el papá de uno de los nenes se recibe de peluquero y va a venir dos veces por semana para cortarles el pelo gratis”, cuenta. “Tenemos un rejunte de todos los barrios, de la escuela 8, del Santa María, del San Antonio, le abrimos las puertas a todos”, dice, orgulloso.

En su intimidad, Gabriel sueña con devolver al San Antonio a su época de esplendor, a principios de los 90, cuando tuvo su racha ganadora y en las inferiores florecía un cantero de buenos jugadores. “Lo que más me gusta es estar con los chicos, compartir con ellos las prácticas y los viajes… cuando los veo jugando concentrados desde tan chicos, me emociona… la otra vez mi hijo (Mateo) hizo un gol, y lloré”, cuenta. Gabriel contiene las lágrimas al describir cómo Mateo fue formando su grupo de amigos, creciendo y jugando, mientras al club siguen llegando chicos nuevos. “Es lo más importante, que se inviten a jugar a las casas en la semana, que se hagan amigos, porque el resultado va y viene, la pelota a veces entra y a veces, no”, insiste.

Está tan compenetrado el grupo (del que participan activamente entre 15 y 20 personas), que contagian a los padres: “Cada vez que se necesita algo, siempre aparecen a dar una mano para pintar, alambrar, hacer los pollos, lo que sea… hasta hay nenes que vienen a rastrillar cuando cortamos el pasto, es increíble lo que se contagia”. Ahora, la atención está puesta en el evento que realizarán el próximo 11 de mayo, cuando traerán al club una réplica de la Copa Libertadores de América, a la que se podrá ver de cerca gratis, a cambio de alimento para la merienda de los chicos.

El sueño de Gabriel, y de toda la comisión, es lograr que los niños que hoy visten la camiseta del San Antonio continúen en su etapa formativa en el club y que lleguen a la primera, para luego ser parte de la dirigencia y mantener con vida a la institución: “Que lo enseñamos hoy, lo enseñen mañana a los niños de mañana”.