Cristina Giordano, el arte de mantener viva la tradición del telar criollo

Un rayo de sol iluminaba el sillón de mimbre. Cristina miraba atenta a Oscar, su padre, que tejía concentrado. El hombre levantó la mirada y vio a su hija de cinco años que seguía embelesada el ir y venir de la lana:
– ¿Querés que te enseñe a tejer? – dijo.
Sesenta y tres años después, Cristina Giordano recuerda esa escena sentada en su taller, mientras el sol del invierno entra por la ventana y cae de lleno sobre su rostro concentrado en un telar que ella misma construyó con maderas que recolectó del monte. “Tejer es algo mágico, es entrar en un mundo al que no entrás con otros pensamientos. Es muy mágico aprender a tejer, lo fue y lo seguirá siendo”, dice.
Cristina es una apasionada del tejido, una investigadora sensible y comprometida con el acervo cultural no sólo de su pago, San Antonio de Areco -donde dicta clases gratuitas de telar en el Parque Criollo y Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes-, sino también del país y Latinoamérica. Escribió dos libros, Telar Criollo y Telar Mapuche, y un trabajo de campo investigativo, junto a un grupo de colaboradores, sobre las tinturas naturales de las pampas, donde encontraron 120 colores originales que nacen de la flora autóctona.
“Esta historia empezó en esta casa”, dice y se estira para alcanzar un portarretrato, donde se ve una típica casona criolla de fines del Siglo XIX, ubicada en Areco, donde se había establecido, en 1939, la Academia de Telares Criollos por iniciativa del entonces intendente Güiraldes. La escuela estuvo a cargo de Ramona Rizo Patrón de Beristain, una tejedora catamarqueña, y entre sus alumnas se destacó Guida O’donnell, una vecina del pueblo. Guida fue la maestra de Cristina. “Antes de conocerla, había pasado por todas las técnicas de tejido, pero con ella me enamoré del telar”, asegura, mientras abre un cajón repleto de tejidos, de donde extrae la primera pieza que hizo con un telar: una fajita de tres colores, que Cristina acaricia con dedicación, como si los recuerdos se le amontonaran en sus ojos.
La conexión que Cristina siente con Ramona y Guida es tanta, que en su taller hay fotos de ambas, guardianas del quehacer cotidiano de esta artesana arequera. “Ellas plantaron una semillita, dejaron una estela, y yo hoy soy un poco Ramona y Guida, pasando la voz. Y me encanta, soy docente de alma. Realmente me identifico, necesito contarle a la gente que está interesada sobre todo esto”, reflexiona.
El telar criollo, explica, es una mezcla de las técnicas autóctonas y las españolas. No sólo en la parte mecánica (la incorporación, por ejemplo, de los pedales), sino también en la estética: “Los dibujos son casi todos autóctonos, menos los flecos y los bordados, eso es español. “Era muy muy rico lo que había acá, los incas, quechua-aymará, hasta la zona de Catamarca y Santiago del Estero. Hicieron una mezcla, hay fusiones criollas y aborígenes”. añade. En sus clases, Cristina enseña todo, desde el armado de un telar, con elementos que se encuentran en cualquier camino rural, hasta el hilado de los vellones, la consecución de los colores a partir de la flora local y la fabricación de papel vegetal.
Después de viajar por toda la Argentina y Latinoamérica, adquiriendo técnicas de cada región, Cristina sintió la necesidad de buscar su propio canal de expresión, desde lo estético, con el arte textil conceptual. “A nivel espiritual, necesito expresarme. Todo esto, todavía me conmueve. Lo que hago es una fusión entre todas las técnicas que aprendí para expresar lo mío, lo de adentro”, dice, al tiempo en que reafirma algo que se le reveló en sus investigaciones: “Si vas a la raíz, el arte fue de los indígenas. Era expresión y uso personal. Tejían para abrigarse, para el caballo, para la casa y las ceremonias. Hacían algo bello para expresar sus mitos, sus leyendas, sus creencias, su espiritualidad”. Entonces entendió que su búsqueda no era diferente al impulso creador de los pueblos originarios: “Me surgió la necesidad de comenzar con un camino de expresión personal, para ver qué salía. El proceso es lo que más me gusta, no tanto el resultado”.
Cristina destaca algo que hoy resuena en un plano que trasciende su propia actividad: la necesidad de ponerle un freno al proceso de uniformante de la globalización. Es más, ella considera que hoy existe una revalorización de ciertas técnicas y artes que, incluso cuando ella comenzó a tejer, eran miradas con cierto desprecio: “En esta época tan globalizada, volvemos a buscar raíces identitarias, algo que no vas a encontrar en otro lado del mundo. Entonces vayamos por acá. En todos lados, sólo hay más de lo mismo. Esto es diferente”, enseña.
En esa búsqueda, claro, no es un tema menor el contacto con la tierra, con los animales, con su entorno inmediato. El telar es un complemento de vida que encaja como la urdimbre de su creación. “Esto abriga el alma. Ese poder que uno tiene sobre esos hilos, sobre ese orden que lo arma uno, hace que me ordene la cabeza también, sentís que te vas ordenando vos y tus pensamientos”.

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