Fotos: Lulú Magdalena

En el primer cajón de un ropero de pino, Oscar “Cacho” Melo guarda una caja de cartón con finas rayas rojas y blancas, envuelta en una bolsa de nylon para protegerla del polvo y el tiempo. Dentro de esa vieja caja de zapatos, Cacho esconde su tesoro: el costurero de su abuela María, que su madre Dora le entregó en custodia hace dos años. Entre hilos de seda, agujas y dedales hay un retazo de tela en el que, para no olvidarse, practicó los puntos que su abuela le enseñó cuando era chiquito. Con esa herencia de hilos, hoy inhallables, bordó una faja roja. Ese es uno de los legados que Oscar Melo heredó de sus ancestros. El otro vino de la mano de su abuelo Osmar Melo: un reconocido soguero de San Antonio de Areco.

Oscar se despierta todos los días a las siete de la mañana. Toma un par de mates con Mariana y camina veinte pasos hasta su taller. Ahí se mete de lleno en su mundo: un galpón de chapa verde que construyó con sus manos, donde tiene todo lo necesario para desplegar el arte soguero. Afuera, una parra enredada en alambres de la galería, le da sombra. Sobre un amplio escritorio de roble antiguo, Cacho trabaja el cuero crudo. Trenza con una habilidad envidiable tientos finísimos de cuero de caballo. Como la mayoría de los artesanos, Cacho fue inventando sus herramientas para sortear las dificultades propias de toda actividad artesanal. Del placard saca una lonja de cuero ya lista para trabajar, la cuelga de un gancho al lado de la puerta y, con una herramienta de teflón inventada por él y un cuchillo pequeño, obtendrá los tientos necesarios para sus tejidos y bordados.

Todos los días corta a las doce para almorzar, luego descansa una hora y se mete otra vez en el taller hasta que su compañera lo llama para cenar. Cuando tiene un mal día, Cacho prefiere no trabajar. Dice que la “mala energía” se transmite a las piezas; además trabaja con cuchillos tan filosos como bisturíes: cualquier paso en falso significa un corte profundo. “No tengo los dedos así por viejo… ¡ya me corté muchas veces hasta que entendí que en los días así, mejor no trabajar!”, ríe.

Cacho siente tanta pasión por ser soguero que muchas veces sueña con los enigmas de la profesión, y es allí en ese estado de inconsciencia donde resuelve las encrucijadas. Por ejemplo, una vez un cliente le llevó una pieza en cuero crudo que debía reparar. Cacho tenía que copiar el punto y estaba realmente perdido. Esa noche se fue acostar preocupado en cómo resolver ese enigma. En sueños apareció su maestro, Don Luis Gabriel Martinez. A la mañana siguiente, como siempre, tomó unos mates y caminó los veinte pasos a su tallercito. Estaba tranquilo: tenía en sus manos la respuesta al problema. Cacho copió exacto los puntos.

Don Luis, reconoce Cacho, fue su gran maestro, a pesar de que proviene de una familia con una carga muy potente entre el ámbito soguero. “Yo soy Melo, pero soy soguero gracias a Don Luis”, dice, recordando a su mentor. A su abuelo Osmar, legendario artesano de Areco, lo recuerda como una persona reservada y difícil, tan recelosa de su trabajo al punto de no dejar entrar a nadie a su taller. “Creo que no más de cinco personas lo vieron trabajando”, cuenta. “Y cada vez que te asomabas, tapaba con una lona blanca su mesa”, agrega.

Quizá esa distancia hizo que Cacho no tuviera, de chico, contacto con el mundo de los artesanos. Recién cuando tenía 30 años, por insistencia de Mariana, hizo un curso de soguería que ofrecía la municipalidad con Don Luis Gabriel Martínez. En ese momento trabajaba en una fábrica de matricero, 12 horas por día. Arrancó el curso y enseguida le gustó, a los tres meses había agarrado voleo. “Empecé a estudiar y a avanzar rápido, entonces Luis me dijo ‘no vengas más al curso, venite a mi casa’. Yo ya estaba haciendo juegos de soga”, recuerda Cacho, quien a su vez cree que “algo” llevaba en la sangre, una información que se transmite (según él) de a tres generaciones, salteándose siempre una del medio. “Por eso a mi nieto, por el que siento total debilidad, lo veo tan entusiasmado en el taller, revolviendo cueros, inventando cosas”, dice.

A Cacho recién le cayó “la ficha” del lugar que estaba recuperando para su apellido, del legado que estaba continuando, durante una exposición de soguería organizada por el Museo Las Lilas de Areco. Allí compartía vitrina con su abuelo y su tío abuelo. Fue entonces cuando se emocionó hasta las lágrimas: “Tomé dimensión de lo que es el apellido Melo y de la trayectoria. Sin saberlo, volví a traer la tradición al presente de los mejores sogueros de areco”. A los finos trabajos de sus antepasados, Cacho le fue sumando parte de sus legados cruzados: bordados en tela y calados en cuero de vaca, algo (para el rubro) innovador.

Al contrario de Osmar, a Cacho le encanta “pasar la voz”, recibir a jóvenes aspirantes a sogueros que buscan la tutoría de un “maestro”. Por eso, hace malabares para no atrasarse con los encargos (por ejemplo, ahora está trabajando en un juego de sogas chileno de 150 años) y dedicarle tiempo a los alumnos. “Pero siempre pasa lo mismo, cuando decís que vas a estar dos horas, terminás enganchándote y se extiende por cuatro… pero es algo que realmente disfruto”, explica.

“Mi mayor orgullo es ver a chicos, paisanos, con juegos de soga que yo hice. Los reconozco de lejos”, dice. Y ese orgullo, como el de cualquier otro artesano, está íntimamente relacionado con la profundidad y dedicación de un trabajo que empieza y termina en sus manos. Desde la preparación del cuero crudo (pasado por cal, secado al sol y lijado para luego pasarlo por la sobadora), al dibujo de los modelos y, finalmente, la concreción de una pieza que respeta tradiciones y dialoga con el presente de la soguería. “Cuando estoy acá, cierro la puerta, pongo la radio aunque no tengo idea qué dicen, y me pongo a tejer, pierdo la noción del tiempo. Cuando me quiero dar cuenta, es de noche”.