Cada vez que un productor decide practicar la agroecología en su campo, Daniela y Pablo lo viven como una victoria, un pequeño paso más en el trabajo de hormiga que decidieron encarar hace apenas unos años cuando crearon el grupo Conciencia Agroecológica de Lincoln. Desde entonces, casi 20 mil hectáreas de ese partido bonaerense, y de otras zonas aledañas, cambiaron su forma de producir y se incorporaron a un movimiento que cada vez convoca a más personas movidas por la empatía, la solidaridad y una preocupación común: el futuro.

“El cambio es integral porque la agroecología es una disciplina integral, te permite tomar decisiones y te da autonomía”, dice Daniela Rumi, profesora de Química y Biología, linqueña y criada en el campo. Su camino y el de Pablo Argilla convergieron como converge la biodiversidad que sustenta la vida en común: un caos ordenado de piezas aparentemente inconexas que, al final, se encuentran para transformarse y seguir viviendo. Pablo es ingeniero en sistemas y es hijo de una profesora que a Daniela la marcó mucho durante su formación. Ese vínculo azaroso los unió hace 13 años. Entonces, entendieron lo que había en común: una forma de vivir la vida, de respetar la naturaleza y una conciencia acerca de cómo alimentar el cuerpo. Están tan unidos que mucha gente que los conoce por primera vez suele creer que son hermanos.

La vinculación con el mundo de la agroecología llegó por iniciativa de Daniela. Siempre inquieta y curiosa, en 2016 encontró en Facebook una convocatoria en la ciudad de Rojas, a 100 km de Lincoln, de la Red Nacional de Municipios y comunidades que fomentan la Agroecología (RENAMA). “Al ser profe de química, doy clases en una escuela agropecuaria, la materia química agrícola. Es una materia muy linda, pero bastante abocada a la petroquímica. Siempre busqué alternativas, como parte de mi amor a la naturaleza”, recuerda. Entonces, Pablo y Daniela, junto a su pequeño hijo Efraim, partieron hacia Rojas al encuentro de lo que entonces era desconocido para ellos.

En Rojas percibieron que algo grande se estaba gestando. El impacto de escuchar a los referentes en agroecología de la Argentina fue tan profundo que en el viaje de regreso las ideas brotaban en forma desordenada pero con un rumbo. “Volvimos con la idea de hacer algo, pero no sabíamos bien qué. Fue como se que se develó algo. Pero no teníamos idea de cómo continuar”, dice Pablo.

El 2016 fue un año bisagra. Mientras seguían en contacto con la gente que habían conocido en Rojas, los hechos se encadenaron para sellar su destino. En octubre de ese mismo año, fueron a Guaminí, un municipio pionero en el fomento de la agroecología. “Ahí nos explotó el cerebro y el corazón”, dice Daniela. Conocieron a los productores y a los promotores, como Marcelo Schwerdt, una pieza clave de la RENAMA.

Daniela y Pablo tenían claro que su camino ya estaba trazado. El 21 de diciembre de 2016, convocaron a una reunión para amigos y familiares, con la idea de tirar un disparador y evaluar para dónde se perfilaba la cosa. “Ninguno de ellos era productor. Les contamos sobre lo que habíamos aprendido de la agroecología. Les preguntamos si querían formar algo, un grupo para impulsar la agroecología”, recuerdan. Fue la semilla del grupo Conciencia Agroecológica Lincoln.

El contacto con los referentes del movimiento, como el director nacional de Agroecología Eduardo Cerdá, eran fluidos. Pablo y Daniela viajaron varias veces a Guaminí, participaban de las reuniones y, sin ser productores, formaban parte de la masa crítica que crecía alrededor de aquel grupo. “Entonces nos propusieron festejar el primer año de la RENAMA en Lincoln. Nos pareció una buena idea. Fuimos al municipio para contarles de qué se trataba la agroecología, para ver si querían organizar este evento. Lo tomaron como un proyecto. Le pusieron energía. Consiguieron el cine y los recursos para hacer las charlas”, cuentan.

Con la venia oficial, ambos sintieron que se abría delante suyo un cambio de paradigma. Desde entonces, la incorporación de productores es incesante. “Muchos vienen por una cuestión económica porque cada vez los márgenes de ganancia son más chicos, los costos son más altos, los riesgos también. Tienen insumos en dólares. Algunos se acercan por la parte ecológica. Y otros por la cuestión social, por la presión de las comunidades y la preocupación por la contaminación”, explica Pablo. “Algunos también por cuestiones de salud grave, de manera directa, y eso les ha hecho un shock de buscar alternativas de producción”, suma Daniela.

El festejo del primer año de la RENAMA sirvió para entablar una relación cercana con parte de ese grupo inicial de productores que estaban pensando en cambiar la forma de producción. Enseguida se armó un viaje a La Aurora, en Benito Juárez, un establecimiento elegido por la FAO como modelo en agroecología. “Volvimos muy entusiasmados. Fuimos contactando a otros productores. En junio de 2017 decidimos hacer una reunión con los productores, alrededor de 20. Les propusimos hacer un viaje a Guaminí. Fuimos con ingenieros agrónomos y productores, Marcelo Schwerdt había organizado charlas y visitas a los campos. Ahí, los productores e ingenieros, se convencen de que la cosa es posible al ver los campos y charlar con sus pares”, explican.

El siguiente paso para Conciencia Agroecológica fue establecer las recorridas en el propio partido. “Empezamos a hacer recorridas acá en Linconl, junto a Cerdá -que venía cada dos o tres meses- y otros ingenieros agrónomos. Después organizamos una recorrida más general, con eventos, para contemplar la visión social de la agroecología”, detalla Pablo. Cada vez que un productor los consulta sobre cómo iniciar el proceso de cambio, lo primero que les proponen Daniela y Pablo es que visiten los campos donde se practica agroecología. “Ahí es donde se da el intercambio circular. todos opinamos por igual, todos sumamos a esa visión”, dicen. En paralelo, los proveen de bibliografía, videos, libros, estudios, todo el material que fueron recolectando y clasificando como parte del trabajo de promoción. Sin embargo, insisten en el hecho clave: “El click está en la recorrida: ahí se da todo”.

Mientras coordinan el grupo Conciencia Agroecológica, ambos continúan con sus trabajos particulares. Pablo, además, tiene un proyecto agroecológico en Mendoza y mantiene una huerta desde hace 23 años, de donde obtienen alimentos para su consumo. “Hay una conciencia que antes no había, cuando se creía que los agroquímicos eran inocuos. A nivel social, está bastante maduro de que no es así”, coinciden. “La gente empieza a escuchar otros discursos. Antes, hasta en las escuelas, los intereses de las empresas estaban muy representados en el discurso. Cuando aparecían cuestionamientos, te decían: ‘Bueno, pero no hay otra forma’. No había profesionales que pusieran en cuestión la relación de los agroquímicos con la salud y el ambiente. Hoy eso ya no es así”, dice Daniela.

“Cada vez veo que el cambio es posible. Se ha sumado mucha gente”, reflexiona Pablo. “Creo que estamos dejando una linda huella. Nuestros hijos se fueron enganchando, cambiaron su alimentación. Hay un corte generacional, los chicos se cuestionan un montón”, agrega Daniela, para quien este proceso de transformación personal y comunitaria fue una “revolución” interna: “Si bien estamos interesados en cuestiones ambientales, pasamos a estar a mil cosas, organizando, incorporando esto a nuestra vidas cotidianas. Es muy gratificante. Nos sentimos mediadores en un montón de cosas, a raíz de este movimiento se promocionó mucho la agroecología en esta zona. Desarrollamos un aspecto que no conocíamos de nosotros, fortalecimos un aspecto comunitario que, hasta que arrancó la pandemia, venía creciendo fuerte”.

Para Pablo hay un cambio profundo en los productores, que no sólo atañe a la dimensión productiva, sino a la forma de vida. “Se abren, contagian, socializan. Una característica particular del movimiento en Linconl es que hay muchas mujeres productoras. Hay historias de acercamientos, gente que no iba al campo desde hacía 20 años. Gente que decidió mudarse al campo. Se dieron un montón de cosas”, cuenta.

A pesar de la pandemia y de las dificultades que impuso para el encuentro cara a cara, Pablo y Daniela no se desaniman y siguen enfocados en seguir sumando hectáreas al movimiento agroecológico: “Queremos fomentar un cambio en la forma de producción. Cada vez que se suma una hectárea es una alegría inmensa, es saber que es una hectárea más para la ecología, pensando en el presente y en el futuro”.