Fotos: Maxi Amena

Mariu afina por última vez la guitarra criolla. Rocío afloja sus brazos y gira en círculo la cabeza para relajar el cuello. Sabrina acerca su boca al micrófono y probará sonido, acomoda el bajo de madera clara sobre sus piernas, mira a las chicas y les pregunta si están listas. Sabrina respira profundo para intententar bajar las pulsaciones y olvidarse de que está enfrente de cientos de personas en esta noche fresca de octubre, durante el aniversario de la fundación de Duggan, en los ex galpones del ferrocarril: un lugar increíble de pisos de pinotea y techos de chapa.

– Buenas noches- saluda Sabrina, y comienza a cantar Salamanqueando pa´mi de Raúl Carnota.

Mariu Suppicich (guitarra y voz), Rocío Taskar (percusión) y Sabrina Destefanis (bajo y voz). De Sacha Manera: una banda de tres mujeres en la permanente búsqueda, en la inmensa riqueza musical argentina, buceando en la raíz del folclore, con el deseo de desmenuzarlo para transformarlo y así encontrar una voz propia.

Para ellas, De Sacha Manera es monte, es selva, es bosque. Es refugio de paisanos preservando sus costumbres y su cultura. Sacha también es salvaje, es silvestre, es tosco. Sacha Manera refleja una forma llana y despojada de expresarse, pero a su vez llena de profundidad en su decir y sentir musical.

“Queremos cambiar el rol de las mujeres en la música y por sobre todo en el folclore que ha sido históricamente muy diferente y no se le da mucho espacio a las mujeres. Que tengamos una voz más presente, para ocupar cada vez más espacios y tener más lugar en los escenarios. Creemos y sentimos a la música como una herramienta de transformación social”, dicen las tres y así empieza la historia.

Mariu y Sabrina se conocieron por un amigo en común de San Antonio de Areco. Mariu tocaba la guitarra en Walkiria, una banda de rock, pero necesitaban una bajista, entonces se sumó Sabrina. La banda duró unos años hasta que se disolvió. Las chicas perdieron contacto, aunque luego se reecontraron por el folclore y formaron otra banda: María Brava, porque se juntaban a ensayar en la calle Mario Bravo de Buenos Aires. Una vez más tuvieron que reponerse a una ruptura, pero esta vez sabían que querían seguir indagando juntas en las raíces del folclore.

Una tarde, mientras charlaban sentadas mirando el río Areco, luego de haber ensayado con la murga del pueblo, Sabrina le planteó que debían hacer algo más profesional. Se imaginaba un trío de mujeres: guitarra, bajo y percusión con una impronta propia dentro del folclore. Pero faltaba la integrante fundamental: la percusionista. Sabrina buscó en internet hasta que vio un video de Rocio Taskar tocando con una destreza envidiable y le mandó un mensaje. Como requisito fundamental pedía compromiso y dedicación a un proyecto que prometía ser serio. Roció tardó unos días en contestarle a esa chica que no había visto en su vida, hasta que le dijo que aceptaba la propuesta. Ya estaban las tres. Empezaron a ensayar todos los jueves hasta que llegó el momento clave de toda banda: presentarse en público. Como suele suceder faltaba lo principal, el nombre, que lo encontraron en la letra Zamba del arribeño de Néstor Soria, que en una estrofa dice: “Y voz de sacha-maneras, para los que quieran sentirme cantar”

“En la zamba, el arribeño le pide a la tierra una voz de sacha manera para poder cantar su vidala. Una voz profunda y sentida. Nuestro deseo es apropiarnos del folclore para transformarlo y así lograr una voz propia”, dice Sabrina, en pleno deseo de sacar un disco, algo difícil y costoso para los músicos independientes, aunque están seguras que podrán concretar ese sueño.

Como todo tiene un comienzo, así empezó el amor de las chicas con la música.

Cuando era pequeña, Mariu jugaba todas las tardes en la vereda de sus abuelos sobre la calle Alem en San Antonio de Areco. A los cuatro años, recibiría un regalo que le marcaría su vida. Su abuelo Tatá apareció con la sorpresa: una guitarra de juguete amarilla. Así comenzaría, como un juego, su amor por la música. A los 9 le pidió a sus papás que le regalaran una guitarra criolla “más profesional”. Fueron al centro de Areco a comprarle una “de verdad”. Y Mariu empezó a tomar clases particulares. Aún recuerda el día que sacó los acordes de Tren del Cielo, su primera canción. En quinto año, momento de no saber qué estudiar, Mariu supo que existía una carrera que se llamaba Musicoterapia. “Esto es perfecto para mí”, suspiró feliz. La combinación perfecta entre lo que quería: un costado social y la música. “Trabajo de lo que amo, doy musicoterapia en un geriátrico y además participo en Acompañ-arte un grupo con el que vamos a la sala de espera del Hospital del Quemado para llevarles música a los que la están pasando mal. No podría vivir sin la música, me ha dado todo. A veces sueño que le doy un abrazo inmenso a Mercedes Sosa y le digo gracias. De Sacha Manera es un proyecto hermoso que me hace feliz. Cuando tocamos en San Antonio de Areco, nuestro pueblo, nos sentimos felices”, dice. A Mariu, tocar la guitarra le da paz, y ese estado lo transmite. Al verla, sonriendo con los ojos cerrados compenetrada con el sonido del instrumento, pareciera sencillo: las manos van y vienen suaves como cuando una hoja revolotea en el aire con el viento de otoño. En esos instantes siente que su cuerpo se extiende a la guitarra.

El camino de Rocío Taskar a la percusión empezó cuando terminó la secundaria. Como todos a esa edad entró en una crisis existencial y no sabía qué quería hacer. Se anotaba en todos los talleres que no había podido hacer durante los cinco años de colegio: hizo uno de clown, de teatro, de acrobacia, hasta que le llamó la atención uno de percusión. A los seis meses de haber arrancado, el profesor la invitó a participar de una banda que estaba armando. Rocío nunca había tenido un grupo musical, ni había ensayado, no tenía idea de la rutina y el compromiso que la música demandaba. Las cosas se dieron sin pensarlas, hasta que un día sintió que le estaba dedicando mucho tiempo a la percusión. “Mi casa fue siempre muy musical. Recuerdo que de chica se escuchaba jazz y música brasilera. Para mi el folclore era Soledad y Los Nocheros. Hasta que en la banda empezamos a ensayar folclore y descubrí un mundo maravilloso lleno de compositores y supe que había un universo nuevo por explorar”, dice Rocío que ahora estudia percusión en la Escuela Música Popular de Avellaneda (EMPA). Cuando Rocío toca siente adrenalina, es un momento de disfrute pleno. “Por eso lo hago, el día que eso no me suceda creo que me dedicaré a otra cosa. Es un momento donde me conecto con mi interior y me desconecto de las pantallas y los problemas cotidianos”, dice.

A los 12 años, Sabrina empezó a desmenuzar la música, ya no escuchaba la canción en general sino que se tomaba el tiempo para desarmar las melodías. Se detenía en cada instrumento, en cómo sonaba la batería, la guitarra, pero cuando llegaba un acorde de bajo agudizaba aún más el oído. Se detenía en ese instrumento grave que sonaba por detrás, acompañando de fondo la canción. La alegría era inmensa cuando el bajo tomaba protagonismo y sonaba una línea melódica: en ese instante Sabrina era feliz. “En ese momento escuchaba los Red Hot Chilli Peppers, que tienen un bajista muy particular y que le dio al bajo un rol muy presente dentro de la música. Cuando empecé a escuchar folclore siempre buscaba bandas que tuviesen bajo. Así llegué a la Orquesta de música popular de Chango Farías Gómez y luego investigando llegué a Willy González, que tuve la suerte de tenerlo de maestro durante tres años”, dice Sabrina. Pero el bajo demoró en llegar a sus manos. A los 20 años, mientras estudiaba la carrera de Farmacia en la UBA entró en una crisis emocional, lloraba todos los días y pensaba que necesitaba otra cosa en su vida: la presión de esa carrera la estaba derrumbando. Se acordaba de esas tardes en su casa de San Antonio de Areco mientras disfrutaba desarmando las melodías, esperando una nueva aventura del bajista para sonreir. Durante meses les pidió a sus padres que le regalaran un bajo, sabía que lo necesitaba para salir a flote. Luego de tanto insistir llegó el gran día: Fabiana, su mamá, le compró en cuotas un bajo azul de cuatro cuerdas. A Sabrina no le importó que fuera usado. Enseguida lo enchufó y supo que tendría un gran camino por delante. Cuando empezó a tomar clases le daban escalas para que practicara, al principio le dolían los dedos y le costaba sacar un sonido medianamente agradable, hasta que luego de varios meses de ensayar sintió alegría al escuchar que el sonido iba cambiando, que de a poco se iba parecido a la música. Con el ahorro de unos cuantos sueldos de su primer trabajo como pasante en el Hospital Posadas pudo comprarse el bajo que quería: uno de seis cuerdas, el de madera clara, su tesoro: “Estudio todos los días, porque la música es muy hermosa pero necesita mucha dedicación”.

Algunas noches, Sabrina sueña que se equivoca en medio de show y que le pifia algún acorde, dice que la música le dio sentido a su vida y que muchas veces mientras ensaya en su casa se emociona tanto que llora: “De Sacha Manera es un proyecto que me hace feliz. Allí descubrí el canto: un universo nuevo, donde el cuerpo es el instrumento. Siento mucho placer cuando canto. Es mi medio de expresión, una voz, mi voz la que yo quiero que se escuche, que está adentro mío y la puedo sacar a través de sonidos. Si no tuviera música me sentiría vacía, en los momentos más difíciles me sanó, es mi refugio para ser feliz”.