Todos los días, Walter Cáceres se levanta a las cinco de la mañana. Una hora después está montado sobre una canoa en el medio del río Paraná yendo a las islas en búsqueda del tesoro: totoras. Ese trabajo artesanal lo heredó del padre, que lo hizo hasta los 70 años. Walter es totorista, oriundo de San Pedro, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, ubicado a 165 kilómetros de Capital Federal. «Este trabajo no lo cambio por nada, cada vez que me subo a la canoa me acuerdo de mi papá y me siento libre», dice Walter mientras abraza a su mamá, Raimunda, que lo espera siempre en la costa con un mate para atemperar el frío. Raimunda sabe de qué se trata: ella también se embarcaba para buscar totoras junto a su marido. Esta es la historia de una familia que encontró un sustento para mantener una bucólica pero áspera vida en la isla El Ciego, una de las tantas que conforman el Delta.

Walter, gorro de la lana multicolor, jean celestes y botas negras, jamás pierde la sonrisa, ni ahora mientras levanta un fardo de 50 kilos de totoras con los que arma las bases para las plantas que se venden en los viveros de la zona. Ahora es la temporada fuerte: la helada quema las totoras y las deja secas, listas para su recolección. En verano, cuenta Walter, las cortan verdes y las dejan secar al sol.

Cuando apareció un producto sintético que reemplazaba a las totoras, el trabajo de Walter tambaleó y debió bajarse de la canoa para cumplir horario de empleado. Cada vez que fichaba en la empresa, extrañaba la inmensidad del río y la brisa de la libertad. «Por suerte los viveros se dieron cuenta que el producto sintético no era lo mismo que las totoras, que la humedad no pasaba, y me pidieron que saliera de nuevo a buscar las totoras a las islas, que además sirven como abono». Walter no dudó ni un segundo: enseguida abandonó el trabajo rutinario y se volvió a calzar las botas para internarse en las aguas dulces del Paraná.

Walter sueña que sus hijos continúen con el oficio; ellos también lo esperan sobre la vera del río y lo ayudan cuando llega con la canoa repleta de totoras: «Si Dios quiere mis hijos continuarán con la tradición. Ir a la isla es mi vida, mi felicidad. Este trabajo es impagable: soy feliz», sentencia, mientras maniobra las herramientas artesanales que fueron inventando con su padre para «peinar» los fardos de totoras secas que luego entregarán a los viveros.

A diez cuadras, también sobre la vera del río, Hugo Monteggia, más conocido como «Luque» -de chico, era un reconocido nueve de área-, vende pescado fresco, una escena cotidiana en el puerto de San Pedro. Atados de la boca con un piolín, cuelgan bagres y surubíes. Como Walter, Hugo aprendió el oficio de pescador por su padre. La primera vez que se subió a una lancha tenía 12 años. Nunca se bajó. En el medio del río se siente en paz. «Queremos agruparnos con otros pescadores para mejorar nuestra situación. Nosotros somos los que pescamos y luego vienen los acopiadores y nos pelean un precio muy bajo que hoy no nos alcanza para vivir», dice Luque mientras vende dos bagres a un vecino.

Juan Ricardo Correa, apoyo técnico del INTA-San Pedro, interviene en la charla para contar una experiencia extraordinaria. En 2016, los pescadores habían sido excluidos de un programa de incentivos del INTA. Entonces, organizaron un viaje a Miramar, donde iba a desarrollarse un congreso del organismo estatal. Unos 50 pescadores que no conocían el mar, y tampoco se habían subido jamás a un colectivo, fueron hasta la ciudad costera para reclamar por su reincorporación al programa. «Cuando llegamos a la playa, uno de los pescadores, Mingo, dijo: ‘¡La cantidad de pescados que debe haber acá!’. Fue una experiencia hermosa», recuerda Juan. En el mismo viaje, lograron visibilizar su reclamo y fueron reconocidos nuevamente en el programa Cambio Rural. «Es importante porque significa mantener a este grupo, en el que hay 300 pescadores, de manera visible, hay que entender que la primera pelea había sido por su reconocimiento como productores ya que el INTA los consideraba, todavía, como cazadores y recolectores», cuenta Juan.

Luque, además de pescar todos los días, teje a mano redes de hilo artesanalmente, mientras un gato manco revolotea sobre las sobras de los pescados: «Mi mamá me enseñó a tejer, es un oficio que no quiero perder», dice, concentrado.

Ya es mediodía y en San Pedro apuran el paso para dormir un rato la siesta. Luque hace la ceremonia de todos días, descuelga los pescados uno por uno y los mete en el frezeer de su rancho. Walter terminó otro día de trabajo, avanza con su familia remolcando los kilos de totoras que recolectaron. Estas son las historias de dos familias que luchan para que sus oficios no se desaparezcan.