Diego llegó a la apicultura de casualidad. Sucedió en 1994, cuando su primo Guillermo le pidió que lo ayudara a cuidar unas colmenas en su campo. Con 17 años, Diego estudiaba en la escuela Agropecuaria de Bavio y aceptó el desafío. De lunes a viernes vivía en la pensión del colegio y los fines de semana regresaba a su casa en Verónica, un pueblo ubicado en la provincia de Buenos Aires. Los sábados a la tarde, su tío Aldo y Guillermo lo pasaban a buscar en el Citroën Ami 8 y recorrían los diez kilómetros hasta el campo. “Era toda una aventura llegar hasta el apiario. Antes de salir preparábamos los trajes, el ahumador. Eran viajes hermosos”, cuenta.

El ritual de ponerse los trajes era la parte laboral. La magia comenzaba cuando prendían el ahumador y abrían las colmenas. La primera vez que le tocó abrir una tuvo miedo y su primo lo ayudó a tranquilizarse. Al descubrir ese misterio, sintió una curiosidad suprema, se perdió en los aromas y en los zumbidos de las abejas y en los recovecos geométricos de los panales. Enseguida el universo de la apicultura lo atrapó. Las dudas que surgían las llevaba a la escuela y cada vez que se cruzaba con un apicultor no desaprovechaba la oportunidad para hacerle preguntas del oficio.

Con 43 años, siente la misma curiosidad y respeto por las abejas. Durante esos rituales regresa a su adolescencia, en donde todo era un hobbie y una novedad. A las charlas con su tío, y a la picardía de esas entradas triunfales al pueblo. Como si se tratara de un cuento de Osvaldo Soriano, avanzaban por el centro de Verónica con las ventanillas bajas de ese Ami 8 color naranja vestidos con los trajes de apicultores, entre carcajadas. Parecían astronautas.

Para él, ser apicultor significa ser cuidador de las abejas y generar las condiciones para que ellas se expresen. Diego produce miel agroecológica y se rige con el calendario biodinámico. Su proyecto se llama MD, en referencia a las siglas de su nombre y el de su compañera Marisa. Sus productos se consiguen en algunos comercios de Bavio y en las ferias de La Encimera, Granja Agroecológica “Esta manera de producir me cambió el ritmo de trabajo. Aprendo todos los días, estudio, miro videos de productores que producen de esta forma. La lectura del calendario biodinámico es un aprendizaje continuo. Se rige con la combinación de los astros en función de cómo la luna va tocando las distintas constelaciones, eso influye en las energías terrestres, en las hojas y en la flora. En ese vínculo que tienen las plantas y las abejas es donde se potencia la producción apícola. El calendario biodinámico influye en el ritmo de vida de las abejas. Con mi familia no solo pensamos en el rédito económico sino que nos interesa el cuidado de las abejas, que son integrantes fundamentales del planeta. Ellas nos muestran si nuestro medio está sano o contaminado”, dice.

Disfruta tanto de lo que hace que algunos días en los que está atravesado por preocupaciones o tristezas de la vida mundana, al abrir las colmenas se sumerge en un estado de paz. Tiene 47 colmenas propias y maneja otras 30 de otro apicultor. Están repartidas en 3 campos de la zona de Magdalena. Entre cinco apicultores se unieron y formaron una cooperativa de trabajo, de esa forma lograron potenciar sus proyectos y construir una sala habilitada de extracción de miel. De las abejas aprendió a trabajar de manera comunitaria, en donde todos los miembros del grupo son importantes y cumplen una función específica. Además se nutre de la paz y la paciencia que transmiten. Esa manera de organizarse fue la que intentaron copiar en la cooperativa de apicultores. “Imitamos la vida de una colmena: tuvimos la paciencia de las abejas para esperar durante un año a que nos llegara la habilitación de la sala de extracción y trabajamos de manera cooperativa. Cada uno comercializa su marca y respetamos las zonas de venta de cada integrante. Los cinco tenemos la misma visión de respeto y cuidado por las abejas y por la calidad de la miel para que el producto llegue a las familias con las virtudes intactas”, cuenta.

De la Escuela Agropecuaria N°1 Gral. Lucio Mansilla, Diego obtuvo el título de Técnico Agropecuario. Al egresar, por cuestiones de trabajo de su padre, con su familia se mudaron a Corrientes. Allí estuvo un año. Pero sus ganas de viajar por el sur de la Argentina, la pulsión de libertad de la adolescencia y las anécdotas viajeras de sus antepasados inmigrantes, le dieron el empujón necesario para emprender camino.

Así llegó a Cinco Saltos, provincia de Río Negro. De chico juntaba semillas de árboles que luego germinaba, su inquietud y amor por reproducirlos lo llevaron a estudiar Ciencias Agrarias en la Universidad Nacional del Comahue. Luego de recibirse consiguió trabajo en el Ministerio de Producción de la provincia de Chubut. Entonces emprendió viaje a Río Mayo, el camino continuó en una planta empacadora de cerezas en San Patricio del Chañar, Neuquén. Doce años después de haber partido regresó a sus orígenes en Bavio, partido de Magdalena.

“Aldo llegó de Italia cuando tenía cinco años y mi mamá tres. En los viajes en el Ami 8 mi tío me contaba sobre su vida en Italia, de los inviernos con nieve cuando se tiraban de la montaña en trineo y los días durísimos de la Guerra. Llegaron en barco desde Somma Lombardo, una región de Milán a Buenos Aires y desde allí viajaron en tren hasta Verónica. Crecí con la motivación de viajar, de explorar el mundo, de conocer otros lugares, por eso me fui de viaje cuando terminé la secundaria”, cuenta.

Lo que comenzó como un hobbie de la mano de su primo y Aldo, con el paso del tiempo se transformó en un estilo de vida. Hasta sueña con abejas. Una noche desplomado en un plácido sueño se despertó sobresaltado y le preguntó varias veces a Marisa: ´¿Cuántos años vive una reina?´, su compañera lo tranquilizó y él retomó el descanso.

Antes de abrir una colmena se toma unos instantes para estar en silencio, concentrarse, meditar para bajar unos decibeles: “Para abrir una colmena hay que estar en paz porque si no las abejas sienten nuestro nerviosismo y se alteran. Lo percibo en su vuelo agitado, se ponen agresivas. Para lograr estar tranquilo, mientras me preparo relajo el cuerpo, intento poner la mente en blanco y controlo la respiración. Si estoy nervioso o enojado por una preocupación externa intento tomarme un tiempo antes de abrir las colmenas. El ser humano debería estar más conectado con la naturaleza. Como dijo Albert Eistein: ´Si las abejas desaparecieran, en cuatros años los humanos nos quedaríamos sin alimento ́. Las abejas polinizan el 80% de los alimentos que comemos. Desde el forraje que luego comerá un ternero, hasta una flor de durazno que luego será una fruta. Los insectos polinizadores son fundamentales para generar esa conexión entre los alimentos y el hombre”, dice.

Como cada 25 de diciembre, Diego recreará una tradición: “La literatura religiosa dice que los Reyes Magos le llevaron de regalo al niño Jesús miel”, dice. Entonces en honor a las abejas pasará un momento en soledad, tomando unos mates, disfrutando del paisaje. En silencio, frente al apiario, le agradecerá a ellas por el trabajo del año.