Cuando Josefina se recibió de psicopedagoga y Diego, su compañero, de Licenciado en Relaciones Internacionales, armaron un proyecto ambiental y educativo que se llamó “Viajicleteros”. Salieron desde Colonia del Sacramento, recorrieron la costa uruguaya, cruzaron por Fray Bentos a Gualeguaychú; por los márgenes del río Paraná llegaron a Corrientes, disfrutaron de las maravillas de los Esteros del Iberá, cruzaron a Chaco, siguieron camino hacia Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Mendoza, San Juan, San Luis y Córdoba. Durante los seis meses de recorrido pedalearon tres mil kilómetros y tuvieron el tiempo para pensar qué deseaban hacer con sus vidas. Cuando llegaban a los pueblos, daban charlas en escuelas sobre las bondades del uso de la bicicleta para preservar el medio ambiente, contaban cuentos a los alumnos y hacían hincapié en la necesidad de cuidar la naturaleza, conocieron proyectos agroecológicos y debatieron sobre el paradigma de qué pasará en la sociedad de consumo cuando se acabe el petróleo.

Luego, por trabajo se fueron a vivir a Tierra del Fuego: allí, Diego era docente en nivel secundario y Jose como psicopedagoga en jardines de infantes. Ella comenzó un magisterio especializado en escuelas experimentales. “En 2016 conseguimos trabajo en una escuela experimental en el Valle de Punilla, Córdoba. Era un establecimiento privado. Los padres que no podían pagar la cuota se organizaron y armaron una panadería. A mi me tocó colaborar como contador de la cooperativa. Ellos trabajaban mucho con harina integral. Cuando mis manos se pusieron en contacto con la harina, me encantó”, dice Diego.

A los dos siempre les interesó pensar en cómo desarrollar proyectos que tengan como objetivo principal el cuidado del medio ambiente. Cuando a Diego lo invitaron a participar en una tesis sobre ecología comenzó a investigar sobre agroecología extensiva, por su formación académica se interesó en el impacto que tenía en las comunidades el desarrollo de proyectos agroecológicos en campos. “Tuvimos la posibilidad de visitar el campo de Juan Kiehr, y el proyecto Naturaleza Viva de Remo Vénica e Irmina Kleiner. Ellos nos iluminaron y nos dieron ganas de seguir en esa búsqueda como forma de vida y el deseo de comenzar un emprendimiento que estuviera relacionado con la agroecología y que nos permitiera volver a vivir a Tandil, nuestra ciudad”, dice Diego.

Cuando supieron que en Tandil existía el molino Monte Callado, en donde Damián y Mariana desde 2001 producen harina agroecológica, quisieron que su materia prima fuera la base del proyecto. Y decidieron complementar una cadena productiva local basada 100% en productos libres de agroquímicos.

Ya habían decidido regresar a Tandil. Les faltaba saber de qué querían trabajar. Entre los emprendimientos pensaron montar una panadería, fabricar tapas de empanadas, pero no les convencía. Hasta que descubrieron la producción de pastas y así nació Doña Dominga, fideos artesanales de materias primas agroecológicas.

Con los ahorros que tenían compraron las primeras máquinas y una amiga les prestó el quincho de su casa para que los chicos armaran la fábrica. Con los últimos pesos de ahorros compraron unos kilos de verduras y un poco de harina y así hicieron la primera tanda de fideos. Amasando horas y horas se fueron perfeccionando hasta encontrarle el punto a la masa y llegar a la receta.

“Doña Dominga es en nombre a la chacarera Campo Afuera de Carlos Di Fulvio. Cuenta la historia de una bailarina que vivía en el monte cordobés, que mientras bailaba se levantaba la polvareda y se filtraban los rayos de la luna y entre el polvo se formaban reflejos, como flecos. Siempre quisimos asociar a la agroecología con una mirada criolla, volver a las manos de nuestros abuelos”, cuenta Diego.

Los tirabuzones secos de harina integral molida a piedra Doña Dominga están libres de agrotóxicos, conservantes y saborizantes. El sabor y el color se los da la verdura. Dentro de cada fideo hay una cadena de trabajo local y artesanal. Las verduras que utilizan son la producción de huerteros de la zona. Los sabores van en concordancia a las verduras de estación: hay de zapallo, kale, espinaca, remolacha y tomate.

Cada día de la semana tiene una rutina, hay días en que se amasa, otros en los que empaquetan. El emprendimiento creció, dejaron el quincho y montaron el proyecto en un espacio nuevo y más grande. Eso les permite hacer dos procesos en simultáneo.

“Sentimos felicidad al saber que mucha gente consume los alimentos que hacemos con nuestras manos. Llegamos a un montón de hogares, es una sensación hermosa. Creo que las personas que compran Doña Dominga están apoyando la producción agroecológica que genera trabajo, que genera vida. Cuando vas a un campo fumigado metés la pala en la tierra y no encontrás hormigas, ni escarabajos, ni microorganismos. Se mantienen a fertilizantes sintéticos. En cambio en uno libre de tóxicos hay lombrices, escarabajos, hormigas, mariposas, pájaros son ellos los encargados de generar las condiciones para que la planta crezca. En vez de que se esterilice el mundo, prolifera la biodiversidad. Prolifera la vida”, dice Diego.

Para él Doña Dominga es una forma de estar en el mundo y de trabajar en redes y en comunidad con otros jóvenes que apuestan a la construcción de un nuevo modo de vida, mucho más respetuoso y pensando en dejarles a las generaciones futuras un mundo con más biodiversidad. En la red muchas veces generan trueques, por ejemplo a productores de quesos agroecológicos, dulces o nueces a los que Diego les paga con fideos.

“Doña Dominga es un granito de arena que se suma a otros granitos de arena con el deseo de construir un castillo. La agroecología se está extendiendo, me gustaría que en un futuro sea la base de la economía. Hay mucho consumo superfluo, si pudiéramos habitar la tierra sin ese consumo voraz sería fabuloso. En el camino tuvimos muchas caídas, pero el esfuerzo, el trabajo y la perseverancia nos permitió seguir adelante y así logramos sostener nuestro sueño: Doña Dominga”.