Una tarde de marzo de 2017, Azucena y su nieta Morena estaban aburridas y la lluvia les impedía salir a dar una vuelta por el centro de San Antonio de Areco. Entonces pensaron en que era una excelente ocasión para cocinar algo juntas y así comenzar un emprendimiento que, a su vez, les generara un ingreso extra de dinero. Mientras navegaba por internet, a Morena se le ocurrió que podían hacer dulces caseros. “¿Te parece?”, le preguntó Azucena. “¡Sí, Tata!”, la alentó su nieta. Ese mismo día, Morena le diseñó las etiquetas: bajó de la web un dibujo de una abuela y, en honor al apodo de Azucena, le pusieron: “Dulces de La Tata”. Hoy, cuatro años después, tienen en marcha un emprendimiento artesanal que lleva el sello “Hecho en Areco”. Los dulces de Azucena son, por sobre todas las cosas, exquisitos.

“Cuando empezamos, mi nieta tenía diez años. Me llena de orgullo trabajar con ella, es mi gran compañera. Mi hermana Silvia me compró las primeras 100 etiquetas en Buenos Aires y así arrancamos. En ese momento yo trabajaba de noche en un hotel, tenía todas las tardes libres y las aprovechaba para cocinar. Al principio compraba 20 frascos por semana, que los vendíamos con mi nieta en la feria de Villa Lía, con frío, con lluvia o con sol estábamos firmes en el puesto”, cuenta Azucena.

La rutina de trabajo comienza a las siete de la mañana. Azucena desayuna unos mates y arranca a cocinar con su compañero Daniel. En una olla número 32, hacen todos los dulces. Daniel hace los mandados, lava y corta las frutas; ella, con algunos problemas de salud, se encarga de darle el punto justo.

Azucena es celíaca. Por eso, todos los dulces son sin TACC, libres de harinas y derivados. Lo que empezó en el living de su casa creció a pasos agigantados: el salto lo dieron cuando recibieron el certificado del municipio de San Antonio de Areco. Dulces de la Tata es la primera PUPA -Pequeñas Unidades de Producción de Alimentos- de Areco y de la Provincia de Buenos Aires. Ese certificado le permite vender en todos los negocios de la Provincia. Hoy tienen una variedad de 18 sabores y venden unos 300 frascos por semana. Azucena es feliz cada vez que habla de su emprendimiento.

“Cocinar es mi pasión. El crecimiento fue enorme, de 20 frascos pasamos a envasar 300 por semana… ¡Y hay que llenarlos! Es un trabajo enorme, nos acostamos fundidos a las 10 de la noche y arrancamos de nuevo a las 7 de la mañana. Para aprender busqué mucho en internet y me compré libros. Hacerlos no es económico, pero le ponemos lo mejor de lo mejor”, dice Azucena.

Azucena se crió en General Levalle, Córdoba. De niña creció mirando a su abuela Elvira mientras cocinaba en un restaurante. Su plato preferido era la carne a la plancha, hecha en la cocina a leña: entre las brasas ponía una batata y ese era el postre. A los 11 años le diagnosticaron celiaquía. Su infancia dio un cambio brusco: en ese entonces casi no existían alimentos sin harinas, solo un kiosco le traía una vez por mes, especialmente para ella, un paquete de galletitas. Las escondía como si fueran un tesoro.

“Nunca me quedo quieta, siempre estoy pensando cómo innovar y crear nuevos sabores. Ahora espero que me den la PUPA nacional para seguir creciendo. Mientras revuelvo los dulces, estoy pensando en cómo mejorar”, dice Azucena.