Fotos: Cami Benítez

Una regla difundida en el mundo de las artes y la artesanía dice que, para convertir el talento en virtuosismo, hay que ocupar cuerpo y mente unas 10 mil horas a la práctica de una disciplina. “Creo que ya me pasé de esa cantidad de horas”, dice Carmiña Perez, sonriente, sentada en su nutrido y bello taller, donde se van resumiendo en cada rincón cada una de las obsesiones de esta artista plástica: una curiosidad inagotable y la exploración como bandera.

Una larga mesa en el centro, estantes repletos de esmaltes, bolsas llenas de arcilla, vasijas, platos, macetas, tornos, herramientas, hornos, rastros de la creación en pleno. Con las manos en una pieza, sus dedos van moldeando una figura que nace de lo que todavía no es. Esa potencialidad, y sus interminables posibilidades, la atraparon desde pequeña. A los ocho años, en su Capitán Sarmiento natal, empezó un taller de cerámica con el artista Julio Mroue, de quien terminó siendo su ayudante de grabado durante muchos años.

La inquietud artística estaba sembrada desde su familia, siempre atravesada por el impulso creador. “Mi papá siempre pintó y cuando tenía 15, iniciamos una fábrica de cerámica con mi familia, más enfocado en la producción”, cuenta. Desde el vamos, la curiosidad la fue llevando por caminos que (entonces) no imaginaba. “Vine a Areco a estudiar Bellas Artes, me recibí y empecé a dar clases de arte, pero de a poco me fui concentrando en la cerámica, hice cursos en Buenos Aires, me fui metiendo cada vez más hasta que empecé a dar clases en la tecnicatura de la Chertudi. Entonces incliné toda mi carrera en la cerámica”, agrega.

El mundo de la cerámica le abrió la posibilidad de mezclar todas las pasiones: “Lo mágico de la arcilla es que te permite combinar varias técnicas, la pintura, la escultura, grabado. Todos los conocimientos los aplico ahí”. Tal es el grado de compromiso, que Carmiña asegura que su vida es la cerámica. “Desde que me levanto y me voy a dormir, es todo cerámica, sueño con la cerámica, me acuesto pensando y resuelvo problemas en los sueños”, dice.

Todos los días, a las ocho de la mañana, Carmiña prepara el mate y se mete en el taller hasta las cinco de la tarde, cuando se va para la escuela. Hay días y días, algunos con música, otros con el canto de los pajaritos como banda sonora, y en general a ella le gusta trabajar en absoluto silencio: “Así me olvido de todo el resto, puede pasar de todo sin que me entere, y me gusta tanto que por eso puedo estar tantas horas acá adentro”.

Carmiña planifica su producción en base a lo que está pensando en relación a las piezas que quiere hacer, el estilo y la impronta. Sabe, de antemano, que por más que use la misma arcilla, los mismos colores, todo igual, las piezas saldrán diferentes de un día para el otro. Porque todo influye en el proceso, hasta el estado de ánimo. “Hay días para todo: para estar en el torno, para esmaltar, pulir. Con el tiempo y la experiencia, te das cuenta qué día tenés que hacer cada cosa. Llevar a tener un ritmo de trabajo, me llevó mucho tiempo. Estuve 10 años hasta que entendí que todo giraba en torno a la cerámica. Eso fue simplificando todo”, explica.

La investigación es uno de sus motores. Carmiña sorprende siempre con la incorporación de alguna técnica desconocida, o poco utilizada, por estos lados. “Voy cambiando mucho todo el tiempo, como me gusta mucho investigar, me encanta toda esa parte”, dice. Y agrega: “Armamos un grupo de raku, que es un técnica hermosa: hacés la pieza, la bizcochás, se esmalta y se trabaja con un horno de chapa; se ponen las piezas, se hornea a mil grados, se saca con pinzas y se tira en acerrín, se hace una reducción de oxígeno. Entonces la arcilla queda negra y si el esmalte se metaliza”, cuenta.

“El mundo de la cerámica es infinito: sabés cuándo arrancás, pero nunca cuándo termina”, asegura. Hoy Carmiña está en una posición que jamás se había imaginado: 40 alumnos en su taller, clases en la escuela, producción propia y un espíritu estimulante a flor de piel, incansable, que busca hacerse el tiempo para la experimentación, por ejemplo, con la fabricación de papel casero a base de un banano que tiene en el fundo. Camiña mira sus manos y dice “No me imaginé estar en este lugar, dando clases y exponiendo. Nunca pensé que iba a tener el taller tan armado, los hornos, las herramientas… Se fue dando, de a poco. Desde muy chica, por curiosidad, ayudando a Julio, empecé y no paré más”.