Era el año 2001. Joaquín y Paula estaban en una escuela de Pozuelos, a cuatro mil metros de altura, en el departamento de Rinconada, provincia de Jujuy. Habían llegado al altiplano como parte de una búsqueda, no sólo vocacional, sino espiritual. “Tratando de encontrarse uno”, dice Joaquín. En Pozuelos vivenciaron una escuela que estaba en profundo contacto con su comunidad, donde padres, madres y niños formaban un entramado de presencia y compromiso. Y allá, también, se enteraron de la existencia de la modalidad instaurada por el Instituto Themis Speroni en La Plata. Fue a través de una docente de Esquel, quien les contó de un tipo de escuela que apuntaba a recrear esa misma interacción. Joaquín y Paula mandaron una carta manuscrita, que fue un pasaje a una nueva oportunidad de crecimiento, inspiración y belleza que, pocos años después, desembocaría en la creación de la Escuela El Pampero, en Mercedes, provincia de Buenos Aires, el pago de ambos.

“Estas escuelas -dice Joaquín- parten de estar con uno y con el otro”. La modalidad de pedagogía crítica impulsada por el Instituto Themis Speroni tiene más de 60 años de experiencia en la Argentina y hoy hay más de 40 escuelas de este tipo en el país. Cuatro de ellas, en Mercedes, donde El Pampero marcó el rumbo como el viento potente que le da origen a su nombre. Joaquín y Paula se encontraron en La Plata con un “trabajo sostenido” en el tiempo y quisieron formar parte de este movimiento que, más que una crítica, propone una alternativa en el sistema educativo, donde el pulso vital marca el ritmo cotidiano. “Fue una búsqueda más propia que como parte de una crítica al resto de las escuelas. Queríamos sentir esa vitalidad. Uno es un mundo en sí, va más allá de la escuela en la que te encontrás, sino en cómo estés vos. Nuestro trabajo es tratar de estar uno en el lugar, y eso es infinito”, dice Joaquín, director de la escuela.

Doce años atrás, Joaquín y Paula estaban de regreso en Mercedes. Algunos padres en común, enterados de su recorrido, empezaron a mostrar interés y la intención de crear un espacio para cobijar a sus hijos, acompañados por los maestros, bajo la modalidad Speroni. Era el año 2008. Dos vecinos de Mercedes les prestaron entonces un quincho de su casa y ahí se dio comienzo a una panadería. Así lo recuerda Joaquín: “Fue una posibilidad de encontramos los adultos para compartir un trabajo. O sea, los maestros y padres nos juntábamos a cocinar. De esta manera empezó la escuela, ni siquiera iban los chicos”. Así pasó un año: luego de amasar y cocinar el pan, se daban un tiempo para tomar un mate y conversar situaciones que surgían. Por último Paula brindaba un relato sobre historia o mitología y así se despedían.

El lazo comunitario ya estaba formado. Y se hizo tan fuerte como el pedido de los padres y madres para comenzar a recibir a los niños. Entendieron que era el momento para “extender la invitación” al resto de la comunidad mercedina. Un salón del Concejo Deliberante fue el lugar propicio para la presentación, a la que concurrió Juan Carlos Videla, un referente de la Themis Speroni de La Plata. “Ahí sentimos que estábamos invitando a la comunidad entera, encontramos el ámbito ideal para hacerlo, en el concejo. Aparecieron otros padres, pero no teníamos un lugar físico, aunque sabíamos que no era para nada un obstáculo: una escuela puede ser debajo de un árbol, que sea bastante frondoso”, dice, riendo, Joaquín.

Después de aquella reunión, apareció un gesto que marcaría el siguiente paso de El Pampero: Aldo, un abuelo de la escuela, les ofreció el espacio físico donde comenzó a funcionar el proyecto con niños. Estuvieron ahí cinco años hasta que el mismo Aldo, conmovido por la experiencia, les cedió las tierras linderas a la casa, donde construyeron el resto de la escuela: “Fue un gesto hermoso de Aldo, pero esto es así: una cadena de gestos. Va pasando. Son todos gestos muy simples, que luego se hacen inmensos”.

Si no es la panadería, es el tejido, la pintura, el canto, el baile. Situaciones que el humano ha compartido desde siempre. “Por eso partimos de ahí, son situaciones que convocan a un trabajo en común”, explica Joaquín. La panadería que le dio origen a El Pampero, después pasó a ser la construcción de la escuela. En vez de mezclar los ingredientes para hacer el pan, mezclaban los materiales para la pared. La escuela fue construida por la propia comunidad.

“En la escuela pasa de todo, es una situación vital”, dice Joaquín. Antes de que la pandemia frenara toda actividad educativa en los colegios, a El Pampero concurrían por día 100 personas, entre chicos y docentes. “Tratamos de no saber qué va a pasar, de estar atentos a las cosas que vayan pasando, no dejar de sorprendernos. Esa es la gran posibilidad de la escuela. Por ejemplo, los chicos de tres años traen ese saber innato y nuestra tarea es no interrumpir lo que vaya pasando, de la manera más armoniosa posible”, enseña.

En El Pampero no hay aulas, sino un aula inmensa. Todos comparten ese espacio, tanto chicos como maestros. Se arman ruedas, donde algunos comparten una clase de historia, matemática o geometría. “Me emociono constantemente -continúa Joaquín-, es emocionante sentirse vivo. Es muy sutil, pero constante. Nunca me imaginé poder llegar a tener esto, pero es lo que va pasando y uno va siendo parte. No me lo podía imaginar porque no es algo que pueda surgir sólo de mí, es un trabajo en común entre los padres, los chicos, los maestros”.

El planteo de la escuela El Pampero parte del canto, la pintura, el baile, la poesía. “Son los pilares de la escuela, desde ahí aparecen los programas”, detalla el director. Pero más allá de eso, están los planteos vitales del humano, la necesidad de reunión. Al acercarse a la propuesta, dice Joaquín, algunos padres están en un proceso de redescubrimiento, pero “ya son sabedores de lo que les estamos hablando porque son cuestiones simples, lo que puede haber pasado es que perdimos esa conexión, aunque enseguida la retomamos. Son cuestiones esenciales. ¿Qué persona no disfruta de trabajar, cocinar, cantar o bailar?”.

La modalidad propuesta está centrada en la experimentación, en el descubrimiento trabajando con el otro y con uno mismo. Joaquín enfatiza en que el “recorrido es de uno, cualquier pauta tiene que estar primero en uno y, a la vez, hay que replantearse la pauta porque ahí aparecen los valores”. Y agrega: “Siempre tratamos de enriquecernos, las situaciones se hablan y a veces alcanzan las miradas o el silencio. Así transcurre”.

En el año 2016, el intendente Juan Ignacio Ustarroz decretó que El Pampero se convirtiera en una escuela municipal, pública de gestión estatal, como parte de un movimiento que empezó a crecer en Mercedes, donde la demanda impulsó la creación de otras cuatro propuestas similares: Las Carquejas, en Agote, y las escuelas Los Caranchos y Los Cardos, para adultos. Joaquín asegura que no fue algo buscado. Simplemente pasó porque estaban abiertos a que sucediera: “Fue parte del proceso, compartiendo la situación que se dio en la escuela. Hay que encontrarse con personas sensibles para poder construir”.