Fotos: Cami Benítez Fotografía

Apenas se recibió en la Escuela Superior de Bellas Artes Regina Pacis, Cecilia Fergero decidió que no quería dedicarse a la docencia y se metió de lleno en la elaboración de joyería contemporánea, que entonces (año 2004) era un boom. Empezó a hacer piezas para vender en locales a consignación y al mismo tiempo trabajaba en el Sanatorio de la Trinidad de San Isidro, como administrativa, turno noche: entraba a las 21 y salía las 7 de la mañana del otro día. Llevaba un ritmo de vida frenético, partida en dos, entre la pulsión creativa de su motor artístico y las obligaciones formales del otro trabajo. Hasta que un día Tato, su pareja, le dio el empuje que necesitaba: “Ceci, renunciá y dedicate al arte, que es tu pasión”. “Bueno, le hice caso y al primer mes, cuando no recibí el sueldo del sanatorio, me quería matar: había dejado varias piezas en consignación y cuando fui a cobrar lo que habían vendido, no era nada. Pero gracias a esa decisión, vino todo lo de después”, dice Cecilia.

Es casi mediodía y llueve. La calle de acceso a Vagues, una pequeña localidad que pertenece a San Antonio de Areco, luce vacía: apenas un tractor anaranjado dobla en dirección a la bella estación de trenes, estilo inglés. Cecilia está parada en la puerta de su taller, sobre esa misma calle, vestida con un pulóver rojo que contrasta con el gris del día. De fondo suena la banda Perotá Chingó. Cecilia habla rápido y con amor, como si el arte le saliera a borbotones por la piel, quemándola y sanándola al mismo tiempo: “Para mí te tiene que arder el arte, tenés que tener ganas de gritar eso que sentís, sea lo que sea”.

Cecilia creció en una familia de clase media de Olivos, en la que el estímulo artístico -según entendió ella tiempo después- le había llegado a través de la frustración de sus padres. “Mis papás tenían un costado artístico frustrado, crecí escuchando a mi mamá que decía que le habría gustado aprender piano y mi papá, que había estudiado ingeniería, era muy bueno dibujando técnicamente”, recuerda. Su memoria la lleva a revolver los estantes en su taller hasta encontrar una pequeña escultura (quizá su primera creación, arriesga) hecha con migas de pan y pintada de gris, un perro de raza shar pei que ella soñaba tener algún día.

“Toda mi obra, tanto en escultura, como en dibujo y joyería, tiene que ver con mi pasado”, dice. Así, por ejemplo, se desparraman por los rincones de su espacio diversas obras que podrían recrear, con retazos expresivos, distintos momentos de su vida. Por allí aparece una escultura de su abuela Dina, una señora mayor de mirada templada, vestida como para una ocasión especial: saco y pollera y anteojos de marco cuadrado. “Dina vino escapando de la guerra, a los ocho años. Entonces yo la quise representar como la vi en una foto, cuando volvió a su país, Italia, vestida con su trajecito color lavanda. Pero después pasó que cuando la estaba haciendo, empezó a aparecer mi otra abuela, Chiquita, con la que tuve más afinidad. Hay como un mix entre las dos, que hasta se vestían similar. Dina era brava, emocionalmente era muy dura… se había muerto de hambre, de sufrimiento, a mí me da fortaleza ante la vida, de aquello que pasa y de lo que se aprende para seguir. Todo esto lo entendí después”, explica.
Parte de esa muestra que está preparando es una niña hecha en cerámica, que luego Cecilia partió en cientos de pedazos y que luego la reconstruyó, como una métafora de la vida, que con el paso del tiempo intentamos sanar las heridas para volver a ser un todo. Esa misma niña la hizo en cobre, con un vestido, el pelo por encima de los hombros, sentada en posición fetal. La pieza es un prendedor, la niña quedará dentro de una cajita de metal y la tapa serán unas rejas de cobre.

Otra escultura que está en pleno proceso es una réplica de Nuestra Señora de la Ternura. Cecilia toma las estecas y le da unos retoques, tuerce la cabeza en modo contemplativo, y larga una sonrisa pequeña, una mueca de satisfacción. Para ella, que no suele hacer obras relacionadas con la religión, esta pieza es especial. “Llegó en un momento especial de mi vida, me ayudó, fue como una señal. La original está en un arca francesa de chicos discapacitados, que tiene una historia muy linda. Tiene que ver con quererse uno mismo para poder querer a los demás, fue el mensaje que me quedó después de hacerla”. Para ella, el único objetivo es que la persona que la encargó, se emocione de la misma manera que cuando vio la virgen en Francia. Eso es lo mejor que me puede pasar”.

Cecilia busca, con su obra, gritar lo que no puede verbalizar de otra manera. Todo en el arte, asegura, se trata de canalizar. Como profesora en la Escuela de Bellas Artes Chertudi, busca permanentemente despertar ese tipo de motivaciones: “Yo creo que cuando alguien elige representar un árbol, no es por el árbol en sí, sino que habla de las raíces, de otras cosas que hacen a su significado inconsciente, algo que no se puede decir en palabras”.

Cuando ella y su pareja decidieron instalarse en Vagues, adonde habían llegado luego de que Tato abriera allí una parrilla y hospedaje, Cecilia entendió la dimensión de su aventura. Estaba abriendo un taller de joyería contemporánea en un pueblo tradicionalista y en una localidad de apenas 100 habitantes. Entonces se enteró que estaba la escuela Chertudi. Se presentó, se anotó y enseguida tomó sus primeras horas, gracias a su especialización en escultura. “Desde mi criterio, la formación completa es académica y práctica, en el taller. Yo amo la escuela de arte, es un semillero muy importante para una localidad pequeña. Hay que seguir dándole para adelante”, dice.

Todos los días, Cecilia camina los pasos que la separan de su casa al taller, al que considera como un templo, el lugar en el que puede olvidarse del mundo. Allí le da rienda a lo que sus sueños le dispararon la noche anterior o a esas ideas que llegan mientras está haciendo otra cosa, esos misteriosos procesos inconscientes que redundan en la inspiración. “Cuando tuve a Vicente, mi hijo, fue un paréntesis. La primera escultura que hice después del receso fue la bañista. Representa a mi madre, Susana. La hice cuando me enteré que tenía cáncer terminal, que se extendió por cuatro años. Me la imaginé en un muelle, sentada plácidamente, como quien está por darse un chapuzón, pero por morirse. Era una forma poética de despedirla”.

Son tan íntimos esos procesos que, muchas veces, le cuesta vender sus obras. “Necesito darles un tiempo”, explica. Como cuando, hace poco, le quisieron comprar unos pájaros de cerámica, que descansan en una rama enroscada en forma de tirabuzón. “Yo siento que no está completado el proceso”.