Iluminada por los rayos del sol que se filtran por los vidrios repartidos de la ventana del patio de su casa, Milagros De Rissio cose. Mientras toma mate y escucha la radio, da los últimos pespuntes a una camisa de su emprendimiento, Fauna. De su mamá Elena aprendió el oficio de costurera. A Milagros le regalaron su primera máquina de coser a los seis años, para Navidad. Con ese juguete de plástico le hacía la ropa a sus muñecos y muñecas. Desde que tiene memoria, está rodeada de máquinas y telas. Cada vez que buscaba algo para jugar en su casa, encontraba botones, hilos y telas: eran tantos retazos que hasta los usaba para dibujar. Milagros creció mirando a su mamá coser desde un almohadón hasta un vestido de novia.

A los 18 años, como muchos chicos y chicas, dejó San Antonio de Areco y se fue a vivir a Buenos Aires. Se anotó en la carrera de Consultoría Psicológica. Se repartía entre la facultad y un trabajo como empleada bancaria. Pasaba nueve horas por día en una oficina sin ver el sol. Atrás habían quedado el ruido de las máquinas, los moldes sobre papel madera, los hilos, los dedales, la pelusa de las telas que volaban sobre el taller de Elena y los costureros repletos de alfileres y agujas.

“Si bien la Ciudad me gustaba, los últimos años se me hacía muy pesado tener solo una hora para almorzar, pasar mis días haciendo un trabajo automático, esperar los fines de semana para estar un poco al aire libre en un parque repleto de gente, perder horas arriba de un colectivo o apretada en un subte, vivir en espacios reducidos. Cuando me di cuenta que ya no le podía seguir el ritmo a la ciudad, empecé a pensar en regresar a Areco. En paralelo me enteré que estaba embarazada de mi primera hija, Libertad, eso me ayudó a tomar la decisión y volví”, dice Milagros.

Cuando regresó a su pueblo, Milagros supo que no quería trabajar en relación de dependencia. Se dio cuenta que luego de tantos años de trabajar de una manera casi automática había perdido la destreza en sus manos. Entonces se anotó en talleres de cerámica y de dibujo. Una tarde entró al taller de su mamá y se le ocurrió hacerse una camisa con una tela que había visto en un local de venta por metro. Milagros ama las camisas y en Areco no encontraba una que le gustara.

“Entonces me compré unos metros de tela y le pedí a mi mamá que me explicara y me enseñara cómo hacer camisas. A mis amigas les encantó cómo había quedado, incluso gente que no me conocía me la elogiaba. Eso me llevó a pensar que podía hacer camisas para vender, porque acá no había emprendedores que hicieran camisas de diseño. Mis amigas y mi familia me incentivaron a que arrancara. Y lo vi como una salida laboral”, dice Milagros.

Y así nació Fauna Camisas un emprendimiento de diseño artesanal. La primera vez que hizo una para vender tenía los nervios similares a los que padecía en la universidad antes de ir a rendir un parcial. Pero al ver que la camisa terminada le había quedado preciosa sintió una alegría inmensa: después de pasar los últimos nueve años de su vida mirando planillas de Excel, tuvo la satisfacción de saber que podía trabajar con sus manos, que podía transformar una tela desde la creatividad y hacer un producto artesanal. Desde la primera semana que vendió toda la producción, Milagros se dedica tiempo completo a Fauna.

Para Milagros, Fauna es una bisagra en su vida. Tuvo que aprender a vender por internet y a ser una trabajadora independiente y autogestiva. Su casa es su taller, compró sus máquinas de a poco, y eligió una manera de vivir. Trabaja todos los días bajo la luz natural de los rayos que se filtran por la ventana del patio. Dice que ahora puede disfrutar de sus dos hijas: Libertar y Olivia. Su ropa y la de sus hijas las hace ella; además, comparten la pasión de coser, entre las tres arman los muñecos y las muñecas de tela con las que las hijas juegan. Gran parte del tiempo lo dedica a pensar ideas para mejorar el proyecto. Ella está detrás de cada detalle de las camisas, desde viajar a Buenos Aires para comprar las telas hasta coser las terminaciones a mano.

“Soy muy feliz cada vez que termino una camisa y siento mucho orgullo cuando veo a alguien que tiene puesta una camisa de Fauna. Con cada prenda que vendo se va una parte de mi, se va una camisa hecha con amor y felicidad, hechas en un ambiente libre. Con Fauna comprobé que se puede trabajar y ser muy feliz al mismo tiempo. Soy mucho más productiva ahora que cuando tenía muchas reglas encima. No tengo que pedir permiso para ir al baño ni tengo los minutos contados para comer. La remo el doble pero esta vida no la cambio por nada. Fauna me salvó de ser una persona automática. Me despertó, me sacó del gris de la ciudad, regresé a la naturaleza y a valorar el trabajo artesanal y lo que hay detrás de una marca. Me salva la cabeza y el corazón, ahora canalizo todo por el amor de hacer algo con mis manos. Y saber que sí podía.”