Fernando Bercovich es sociólogo, especialista en políticas urbanas y autor de Trama Urbana, newsletter de Cenital, donde va registrando los desafíos del urbanismo de la Argentina, que cobraron una nueva relevancia tras la irrupción de la pandemia. “Lo primero que pensamos cuando tuvimos que quedarnos en nuestras casas para cuidar la salud, fue: ¿Estamos contentos con dónde vivimos, con nuestro hogar? Y cuando la cuarentena se empezó a flexibilizar un poco, en el AMBA, empezamos a preguntarnos por el espacio público”, dice.

Para Bercovich, estamos en un “momento bisagra” que abre la posibilidad de repensar las estrategias urbanísticas y apunta a recuperar el rol director del Estado para evitar desequilibrios típicos que podrían suceder en las migraciones internas. Al mismo tiempo, plantea que antes de aspirar a un “repoblamiento” del país, es necesario mejorar las grandes áreas metropolitanas, que concentran el 50% de la población, y que padecen déficits estructurales en vivienda, ambiente, salud y transporte. “Después, sí, hay que repensar el arraigo, que es fundamental y apuntar a las oportunidades que representan las ciudades intermedias”, señala.

-¿La pandemia va a permitir repensar esas ecuaciones urbanas?
-La pandemia trajo el debate sobre la densidad y la necesidad de huir de un espacio urbano hostil. Lo primero que pensamos cuando tuvimos que quedarnos en nuestras casas para cuidar la salud, fue: ¿qué onda con el lugar que habito? ¿Estamos contentos con dónde vivimos? Me refiero a nuestros hogares. Cuando la cuarentena se empezó a flexibilizar un poco, en el AMBA, empezamos a preguntarnos por el espacio público, que es un espacio que quizá en la vieja normalidad lo pensábamos como un lugar de transición, mientras íbamos de casa al trabajo y del trabajo a casa. El espacio público se resignificó, es dónde uno puede ir a despejarse un poco de ese espacio privado que por ahí no nos gusta tanto, que es nuestra casa. El Estado toma decisiones sobre la forma de habitar la ciudad, a qué tipo de viviendas accedemos, mediante políticas de créditos, de regulación de alquileres y mediante el código urbanístico, que no es muy conocido. En la Ciudad de Buenos Aires, se aprobó hace poco un nuevo código, que permite departamentos de 17 m2. La idea detrás de esa modificación es que más gente se radique en la Ciudad, con lo cual yo estoy de acuerdo. La última vez que la Ciudad creció en habitantes, fue en 1947, entonces yo celebro que haya políticas que apunten a tener mayor densidad, pero acá la traba es económica: la gente no puede pagar sus viviendas.

-¿Qué resultado tiene eso?
-Un fenómeno de inquilinización, no sólo en la Ciudad sino en el conurbano. Lo que se necesita es que el Estado intervenga en el mercado inmobiliario, ya sea construyendo y ofertando o regulando. Pero sobre todo desdolarizando. Ese es un problema muy grande y no es algo normal que las casas se compren y vendan en dólares. Esto no fue siempre así. El primer aviso de venta en dólares de una propiedad fue en 1977. Eso tiene que ver con la hiperinflación, con la dolarización de la economía y la desregulación de la economía y del mercado inmobiliario. Por eso, el rol del Estado es clave. Cuando fue el problema de los runners corriendo todos juntos, la verdad es que el problema no era de los runners, sino que no hay suficiente cantidad de espacios verdes en la Ciudad. Después, faltan políticas de movilidad activa para priorizar a los peatones y a las bicis.

-¿Buenos Aires no es una ciudad amigable?
-No. Hay que ir hacia el paradigma de la ciudad de los 15 minutos, para que el supermercado, la escuela, el hospital, todo, te quede a 15 minutos en bici o caminando. Por eso, a mí más que la idea de huir de la ciudad, me gusta pensar cómo vamos a hacer para mejorar la vida dentro de las ciudades. Huir trae consecuencias que no están buenas. La expansión de la mancha urbana puede generar la creación de barrios cerrados, que avanzan sobre tierras que cumplen funciones ambientales, incluso de provisión de alimentos. Y generan segregación social porque al costado de los countries, muy frecuentemente hay un barrio informal, donde viven los que trabajan en el country. Hay que ver cómo hacemos para que haya una nueva ruralidad.

-¿La idea sería, como primera solución, frenar la migración hacia las ciudades?
-Sí, pero la contracara de eso es que muchas grandes ciudades o ciudades intermedias no tienen, por ejemplo, universidades o no brindan las oportunidades laborales para el desarrollo de ciertas profesiones. Hay que repensarlo. Otra cuestión que hay que pensar es cómo hace un pueblo para absorber esa población que quiere dejar la ciudad. El Estado tiene mucho de qué ocuparse. Hay miedos exagerados de parte de los pobladores, como también hay expectativas exageradas con ese cambio de vida. Hay una dimensión de lo personal, que es irremplazable, por eso es interesante ver los movimientos macro. Con internet, mudarse a un pueblo y trabajar desde ahí, es una realidad más posible. Estamos en un momento bisagra, por eso hay que pensar cómo esa dinámica de irse a un pueblo o a una ciudad más chica, tiene que ser contenida por el Estado.

-Sin duda, la especulación con el valor de la tierra y la vivienda es un tema clave.
-La verdad es que en gran parte del interior es un peligro más grande que el de la inseguridad. El precio del suelo es un tema clave, es una realidad concreta. El Estado tiene que planificar esa migración para que sea sustentable en el tiempo y no impacte negativamente en la población local. Puede pasar que te suba el alquiler o el precio de la tierra, y que tus hijos que nacen en el pueblo no puedan comprar el día de mañana una casa en el mismo lugar. Hay que ver qué instrumentos tiene el Estado para evitar eso o, de última, morigerar los impactos negativos. Si dejás medio liberado al azar cómo se urbaniza un territorio, después el Estado se va a tener que hacer cargo de eso y le va a salir mucho más caro.

-Los códigos urbanísticos de los pueblos son una discusión pendiente.
-Cuando el mercado llega antes que el Estado, es un problema.

-¿Hay alguna iniciativa que te entusiasme en particular?
-Hay un proyecto de la CTEP sobre territorios urbanos hortícolas, que me parece buenísima porque te permite repensar la relación de la ciudad con el campo y cómo lo que pasa en el campo condiciona muchísimo lo que pasa en la gran ciudad, cómo se come, la relación con los alimentos. Pensar qué tipo de ruralidad queremos, define también el perfil de la ciudad.

-Cuando uno mira el mapa de la Argentina, a simple vista se advierte lo inorgánico de su distribución poblacional, ¿qué opinás de eso?
-Tiene que ver con cómo se formó. En el AMBA, Rosario y Córdoba tenés casi el 50% de la población, en un territorio muy chiquito. Todo eso tiene que ver con intervenciones públicas, en cómo se pensó el trazado ferroviario, los puertos. Son construcciones históricas, muy típicas de Latinoamérica y el modelo de desarrollo económico que, en general, es de exportación de materias primas. Entonces todo va hacia el puerto, para exportar rápido. El desarrollo económico y territorial van de la mano.

-En base a eso, ¿te parece necesario proyectar un repoblamiento?
-Ojalá que se repiense como política pública. Ahora, si es necesario, no lo sé, tengo mis dudas. Hay mucho para hacer, sobre todo repensar cómo gestionamos las áreas metropolitanas. Con la pandemia se empezó a hablar del AMBA, de las áreas metropolitanas de Rosario, Córdoba y Mendoza. Cuando cruzás la General Paz, el contraste no tiene sentido, que el subte no llegue al primer cordón del Conurbano, que no haya coordinación en temas sanitarios. Hay que repensar esas dinámicas, crear organismos de gestión metropolitana para residuos, transporte, salud. Me parece que eso es más importante, en el corto y mediano plazo, que pensar un repoblamiento del país. No puede haber los contrastes que hay, la descoordinación que hay. Iría por ahí. Después, sí, hay que repensar el arraigo, que es fundamental y apuntar a las oportunidades que representan las ciudades intermedias. Son ciudades de entre 500 mil y un millón de habitantes, donde muchos se terminan yendo, a pesar de que desean quedarse, pero se van porque no tienen lo que necesitan. Y la verdad es que son ciudades que tienen el tamaño suficiente para brindar más oportunidades. Por ejemplo, Mar del Plata, Bahía Blanca. Pueden financiar universidades con más carreras, hospitales de alta complejidad. Hay que desarrollarlas, para que la gente que vive ahí no tenga que irse a Buenos Aires a estudiar la carrera que no encuentran en su ciudad.