Marzo de 2012. Silvana Bucco y Nicolás Scalone llegaban por primera vez a San Antonio de Areco, el pueblo que habían elegido para empezar a concretar el sueño de vivir a otro ritmo, con tranquilidad, cerca de la naturaleza y también donde concretar proyectos propios. Con ellos venían las ilusiones, muchas preguntas, pero sobre todo con muchas ganas de tener una vida más apacible, aprovechar más el tiempo y contemplar los atardeceres sobre el río Areco.

Ella nació en José Mármol y él en Capital Federal. Silvana y Nicolás se conocieron trabajando en un restaurante de sushi. En cada charla coincidían en las ganas de irse de la ciudad, de tanto imaginar continuar sus vidas en un pueblo un día tomaron coraje y concretaron el deseo. Por Fena Ramirez, un amigo de la gastronomía conocieron San Antonio de Areco: renunciaron a sus trabajos, sin siquiera tener una casa para vivir en el pueblo y como si fuese una aventura cargaron sus cosas y se largaron al sueño.

“Nuestra hija Juana tenía ocho meses, nos movía el deseo y las ganas de crear un camino diferente y en familia. Fena nos abrió las puertas de Areco, quien además fue el nexo para que nos conocieramos. Con él tuvimos la concesión del Club Progreso y comenzamos a generar redes”, cuentan.

El primer paso fue administrar el buffet, restaurante, eventos y las masivas “Fiestas Ochentosas”, eventos que se volvieron un clásico del pueblo. Una vez por semana sumaban sushi, esa comida japonesa que en ese momento era un plato inédito en Areco. Sin pensarlo, ese fue el comienzo del proyecto Gato Blanco.

Luego de tres años intensos, Silvana y Nicolás dejaron la concesión del Club. En el medio, nació Nina, su segunda hija, y empezaron a hacer sushi más días a la semana y le sumaron mesas dulces, un emprendimiento casero. “Las fiestas y la gastronomía era nuestro sostén, nuestras hijas crecían entre arroces y palitos y mientras íbamos imaginando y armando nuestra nueva identidad gastronómica”, dicen.

Después de buscar y buscar el lugar ideal para montar su propio espacio, encontraron un pequeño local sobre la calle Moreno, en donde abrieron el primer restaurante de sushi de Areco. “Armamos cada espacio, estante, cocina, enchufe, todo a pulmón y con ayuda de familia y amigos”, cuentan. En el camino, se encontraron con una nueva forma de emprender, mucho más cercana y humana: en un pueblo se generan lazos de confianza en donde por ejemplo el dueño de la ferretería conoce a sus clientes y es más probable sacar productos fiados, ese respiro fue clave para los primeros pasos en un lugar desconocido para ambos.

Al principio, cuando el sushi en Areco era un plato impensado, también tuvieron que soportar el prejuicio de algunas personas que les tiraban para abajo el proyecto: “Varios nos mandaron a hacer empanadas, nadie creía que un sushi iba a sobrevivir en un pueblo tan tradicional donde el asado ocupa el primer plano. Fueron solo ideas estancadas porque pasó todo lo contrario: cada vez íbamos agrandando nuestro espectro, tuvimos (y tenemos) una gran aceptación y hermosas devoluciones de muchos que experimentaron con Gato Blanco probar el primer sushi de sus vidas. Y eso para nosotros ya es un montón”, dicen, entre risas.

Durante tres años, el local de Gato Blanco se convirtió en un imán de nuevas experiencias, entre el restaurante, las clases y los eventos, Silvana y Nicolás fueron construyendo su espacio en el pueblo y hasta lograron “exportar” su proyecto a restaurantes de Capitán Sarmiento y San Andrés de Giles: “Siempre nos gustó el movimiento, buscar constantemente, renovarnos, sumar detalles, innovar con sabores, probar productos nuevos, ser una buena opción y crear esa oferta para que el cliente no busque todo afuera sino que consuma lo que hace su vecino”, dicen.

El 2019 fue para ellos un año de redefiniciones. Silvana atravesó un cáncer de mama y tuvo que dejar de cocinar por un tiempo. El impulso vital los puso, sin embargo, en la posición de intentar ver las cosas desde otro lado. Dejaron el local, empezaron a hacer delivery y transformaron el garaje de su casa en el nuevo hogar de Gato Blanco. “Todo tenía que ver con todo, había que sortear un poco la crisis económica reduciendo gastos y queríamos estar más en nuestra casa, para la recuperación de la enfermedad y tener otros horarios para compartir mucho más con nuestras hijas”, cuentan. En esta nueva etapa, Nicolás tomó el lugar de sushiman, luego de un largo proceso de aprendizaje. “Casi como una predicción, todo este formato fue ideal también para pasar los tiempos de pandemia donde pudimos seguir trabajando y, a la vez, estar en nuestro hogar”.

Silvana y Nicolás sienten que llegaron a un punto de su vida en el que pueden combinar la familia y un trabajo que les gusta muchísimo: “Nos divertimos mucho haciéndolo, siempre es nuestra premisa. Sentimos el gran apoyo de todos los que nos eligen y nos da placer cuando aparece alguien nuevo que te dice que lo guíes, que quiere probar y termina encantado. Ahí es donde llena lo que uno hace. Nos sentimos agradecidos, Gato Blanco nos acercó a maravillosas personas, hoy muchos de nuestros amigos son los que alguna vez se sentaron en una mesa o hicieron un pedido y así los conocimos”.

Después de ocho años de vivir en el pueblo, Silvana y Nicolás ratifican su decisión de abandonar la ciudad. Y parecen haber encontrado lo que buscaban, más allá de los imponderables de la vida: “Acá nos llenamos de experiencias, amigos, paisajes, atardeceres, cielos estrellados, bicicleteadas y seguiremos por mucho más”.

Fotos de Maxi Bort