Las flores de la glicina se suspenden como si fuesen ramos de uvas, la fragancia atrae a cientos de abejas que revolotean sobre la cabeza de Guillermo Scally, él las espanta con un movimiento suave de mano, sin intención de matarlas. Desde hace 16 años, Guillermo es apicultor, un experto artesano en el mundo fascinante de las abejas. El resultado de su trabajo cotidiano es una miel extraordinaria.

«Hasta que me de el cuerpo y tenga plata para echarle gasoil a la camioneta seguiré siendo apicultor. Soy un hombre feliz en el medio del campo trabajando con las abejas. El zumbido de las abejas trabajando es como una fábrica con las máquinas encendidas. Ese fuuuuuuu es emocionante», eso dice Guillermo sentado debajo de la añosa glicina que adorna el patio de su casa de San Antonio de Areco, junto a dos árboles de judea que están en plena floración.

Mientras cursaba Agronomía en la Universidad Nacional de Luján, Guillermo conoció la apicultura. Cuando no pudo continuar con los estudios, no dudó un segundo en dedicarse de lleno a la producción de miel. “De alguna manera, era como reinvindicarme, haciendo algo relacionado con la producción agraria”, cuenta. Las primeras colmenas las puso en un pedazo de campo de su padre, luego fue creciendo ininterrumpidamente: hoy tiene colmenas en 19 lugares diferentes.

Cuando empezó, estaba tan metido en el oficio que soñaba que se encontraba colmenas en el campo. Y hoy, mientras viaja por la ruta o los caminos rurales, va atento, mirando a su alrededor, detectando montes y diversos cultivos donde podría ubicar más colmenas. Guillermo cuenta que el trabajo del apicultor se hizo cada vez más complejo, por los bajos rendimientos y la reducción en la población de abejas. “Antes, en un lugar donde sacabas 100 kilos de miel, hoy sacás 30 o 40”, se lamenta. La desaparición de montes, pastizales y otras flores silvestres, más la utilización de insecticidas, son parte del problema.

Cada vez que explica el funcionamiento de una colmena, a Guillermo se le iluminan los ojos. Es un apasionado del esquema y organización de las abejas. También del impacto que tienen a su alrededor. “Por la polinización, las abejas ayudan a incrementar hasta un 15% el cultivo que esté en su radio”, explica. «Son insectos sociables. Poseen una organización perfecta de trabajo en donde ninguna se salva sola: el trabajo coordinado cooperativo es fundamental», se entusiasma Guillermo.

En un pequeño taller montado en el fondo de su casa, Guillermo tiene todo lo necesario para procesar y fraccionar los 30 tambores que produce en cada cosecha. El trabajo del apicultor es de tiempo completo. En invierno, para garantizar la supervivencia de la colmena, luego para generar las condiciones necesarias de producción y, por último, la cosecha. Para trabajar con las abejas, está claro, hay que conocerlas bien a fondo y saber en qué momento intervenir.

Bruno, su hijo, está en quinto año de Agronomía. Cada vez que puede lo ayuda, mientras tanto está haciendo la tesis, innovando en la pelea contra plagas y hongos con un enfoque orgánico. Bruno también es un apasionado de la apicultura y suele calzarse el traje protector para adentrarse en los montes para atender las colmenas de su padre.

Guillermo sueña con afianzar una marca, Areka, con la que le gustaría aglutinar a todos los productores de miel de Areco. Se imagina una gran confluencia de apicultores, con una organización muy similar al trabajo que suele admirar día a día en las colmenas.

Mientras busca un video de un hornero que amaestró en el campo (suele subirse a su pies en busca de comida), el celular empieza a sonarle. Pide disculpas y atiende: tiene tarea. Un productor amigo le avisa que hay un enjambre en su campo. Guillermo se sale de sí mismo, apura la camioneta y sale en busca de sus compañeras, las abejas.