Cuando en 1988 Mariana del Pino y Eduardo Ciancia comenzaron a producir verduras orgánicas a gran escala fue toda una novedad. Para ese entonces eran un grupo muy pequeño de productores que elegían trabajar la tierra o criar animales de manera sustentable y respetando al medioambiente.

Mariana y Eduardo se conocieron en la escuela secundaria. Cuando leyeron autores ecologistas encontraron su propósito de vida y supieron que de grandes querían seguir ese camino. Y lo hicieron. Buscaron inspiración en productores orgánicos de Suecia, Brasil, Uruguay y se asociaron a una organización ecologista internacional llamada Amigos de la Tierra. “Ellos nos alcanzaron bibliografía, cuanto más leíamos más nos interesaba la ecología. Era lo opuesto a lo que veía en la facultad y a la agronomía hegemónica, que entonces comenzaba con la producción de soja con todo el paquete de agrotóxicos. Vimos que la producción orgánica era la revolución. Nos interesamos en la producción porque nos gustó el tema del consumo responsable. En la agricultura no había nada para consumir de forma ecológica. En mi crianza siempre valoramos el alimento fresco y natural”, dice Mariana, que además estudió Agronomía en la Universidad Nacional de La Plata.

El primer proyecto fue una huerta educativa en el predio de La Choza, un tambo biodinámico ubicado en General Rodríguez. La idea era hacer una huerta de puertas abiertas para que fuesen alumnos a conocer cómo producir alimentos de manera orgánica.

Luego se mudaron a una granja en el Parque Pereyra Iraola. Allí se asociaron a un grupo de productores que compartían la misma filosofía de producción. A Mariana y Eduardo les tocó 2000 metros de tierra. En esa extensión sembraron a pala y rastrillo zanahorias y nabos. Como la producción era buena decidieron armar cajas y venderlas a domicilio. El boca en boca los hizo crecer y se expandieron hacia supermercados y dietéticas.

“Teníamos muy pocos recursos económicos, entonces los potenciales clientes nos adelantaban dinero para comprar semillas, preparar la tierra, pagarle el sueldo a algún empleado, porque nosotros no dábamos abasto. Los consumidores apostaban a que nosotros íbamos a producir verduras orgánicas que ellos querían y necesitaban. Éramos socios de nuestros clientes. También tuvimos subsidios europeos que apoyan proyectos ecologistas. Nuestro propósito fue siempre ofrecerle al consumidor alimentos responsables”, cuenta Mariana.

Mariana y Eduardo continuaron con su proyecto en 8 hectáreas en Abasto, la zona de La Plata considerada parte del cinturón hortícola. Así nació La Anunciación, una huerta orgánica dedicada a la producción de alimentos sanos certificados por Food Safety.

La demanda no dejó de crecer y las 8 hectáreas quedaron chicas, entonces tuvieron que alquilar 6 más. En La Anunciación trabajan 20 personas; es un proyecto familiar que persigue el mismo sueño que tenían de adolescentes: cuidar la tierra y el medioambiente.

Los alimentos de La Anunciación están en más de 70 restaurantes, mercados naturistas. Además hacen reparto a domicilio. Por año producen 600 mil kilos de verduras orgánicas.

“Cuando comenzamos, producíamos hortalizas de alto consumo: acelga, remolacha, lechuga y tomate. Con los años diversificamos las variedades. Hoy ofrecemos 20 variedades distintas de tomate. Distintos sabores, colores y tamaños. Distintas variedades de berenjenas, tres o cuatro variedades de coliflores. Y flores comestibles como amapolas rojas y amarillas, flor de maíz, begonia o flor de azúcar, oxalis -que es un yuyito que descubrí que se comía. Las flores además ayudan a la polinización y al abrigo de enemigos naturales. La Anunciación es un gran proyecto y un gran trabajo de años, da trabajo a mucha gente y da alimentos sanos a muchas personas”, cuentan orgullosos.

Mariana divide sus días entre la parte productiva en la huerta La Anunciación y la docencia en la materia de horticultura en la Universidad Nacional de La Plata. En la huerta ella planifica qué sembrar en cada mes del año, cuida a las plantas de bichos agresores y en la producción de abono para el sustrato. Ella es una apasionada de los enemigos naturales y los equilibrios que se forman con la naturaleza. Avanza entre las plantas con una libreta en mano anotando cada novedad de la huerta. Como niños que juntan desesperadamente figuritas para llenar el álbum: así juntan semillas en La Anunciación. Por eso, tienen una extensa colección de variedades de todo el mundo.

“La agricultura orgánica es una larga búsqueda, hay pocas recetas. Todo el tiempo practico distintas técnicas para mejorar la producción. Cada día me ocupo de ver el stock de semillas, de juntar los mejores frutos para guardar las semillas. Cuando amigos o familiares viajan me traen de regalo un paquetito de semillas, es el mejor regalo que me pueden hacer. La colección es mi tesoro. Controlo los lugares para la siembra. Cuido que no haya enemigos naturales y si los hay busco cómo combatirlos de manera orgánica. Cuando la planta está bárbara de salud me pongo feliz, lo siento como un agradecimiento; cuando está mal me preocupo tanto que me desvelo. Le daría consejos a alguien que no quiere usar agroquímicos, que sepan que se puede producir orgánico, que no tengan miedo, se puede tener una producción grande y variada sin uso de veneno”, dice Mariana.

Fotos de Botania Studio