Foto de Maxi Amena

La primera imagen que recuerda frente a un piano es de cuando tenía cinco años. José Tambutti lo observaba magnetizado: la línea de los ojos le llegaba justo a la altura del teclado. Para ese entonces, su hermana Ana Laura tomaba clases de piano con Lyda Bosch, conocida en Capitán Sarmiento como “la gran profesora de piano del pueblo”. Él quiso empezar a estudiar también con Lyda. La primera vez que se sentó frente al instrumento sintió una conexión y un anclaje extraordinario. Pasaron dos años y como Héctor y Graciela veían que sus hijos progresaban decidieron conseguir un piano. Recibieron como herencia uno de madera negra de Héctor Pelossi, tío abuelo, pianista y compositor de tangos. El día en que llegó el piano se vivió como una fiesta, todos en la vereda de la calle Mitre como si estuvieran esperando familiares que venían de visita. El camión del flete estacionó en la puerta, el instrumento estaba tapado con frazadas para protegerlo de los golpes.

José contemplaba maravillado: desde la mirada de ese niño que apenas llegaba a ver las teclas, esa escena transcurría como una alucinación. En el instante en que esos hombres, como si fueran gladiadores, levantaron el piano y caminaron los pasos hasta el living, José sintió que llegaba su juguete más amado. Sobre el piso de pinotea encerado cayeron las frazadas que lo dejaron al descubierto: José, a los seis años, tendría su primer piano.

Desde ese día la rutina cambió: al llegar del colegio, luego de almorzar, se sentaba al piano y como si se tratara de un juego estudiaba durante horas y horas las melodías que aprendía dos veces por semana en las clases de Lyda. La diversión de José se interponía con la siesta que los padres aprovechaban para descansar un rato antes de volver a trabajar. Cuando se perdía en las melodías, que sonaban cada vez más fuerte, no tardaban en llegar los gritos de la habitación de los padres: “¡Pará con el piano!”. Entonces José tocaba más suave, pero seguía tocando.

Una vez por año iba hasta su casa el afinador, lo recibían como si fuera otro pariente que llegaba de visita. Para José era un momento extraordinario porque, cuando el afinador se iba, el piano sonaba en armonía. Luego el piano pasó a su habitación, y desde entonces, según recuerda, toda su vida durmió con un piano a la alcance de su mano. Siempre sintió a ese instrumento como un refugio, como si fuese un escudo de protección y a su vez una expansión de su ser más profundo. Ese niño maravillado mirando por primera vez un piano aún lo acompaña en todas sus aventuras. Recuerda su infancia cada vez que ve una nena o un nene mirando un piano y la línea de los ojos les llega justo a la altura del teclado. Recuerda también a ese niño que iba caminando hasta la casa de Lyda, que contaba las estaciones del año mirando los brotes de la magnolia foscata, de la que cada vez que pasaba cerca arrancaba un flor y la frotaba por sus dedos para que brotara el aroma a durazno y que ahora hace lo mismo con el jazmín chino de flores blanquísimas que brotan en primavera.

Así comenzó la historia de un pianista, de un profesor de piano, de José Tambutti, el director de la Escuela Municipal de Música de San Antonio de Areco, el que buscó y busca ser feliz deslizándose por las 88 teclas del piano.

“La música dignifica. Para mí la Escuela Municipal de Música de San Antonio de Areco representa una oportunidad inmensa. Es la oportunidad de que niñas y niños y ahora adultos y adultas también, puedan vivir la experiencia transformadora que brinda la música a través de la formación de una orquesta o coro, entre otras posibilidades que brinda la escuela. Siento una enorme oportunidad de expresarme a través de un nuevo instrumento. Creo que el estado municipal a través de una escuela de música puede encender mechas sin prejuicios, ni discriminación, generando la vivencia de una enriquecedora experiencia musical, colectiva y de una profunda integración social. Agradezco las enormes compañías en este camino. Me siento muy afortunado de ser parte de una gestión que pone al desarrollo de la cultura como una política de estado concreta”, dice José, que desde hace un año decidió mudarse a Duggan, un pueblo de 573 personas partido de San Antonio de Areco, pero permaneciendo en contacto periódico con Buenos Aires, a través de su profesión.

A las clases de Lyda iba caminando. La casa de la profesora quedaba a la vuelta de su casa, a un par de cuadras nomás. Siempre le gustaba llegar un ratito antes para escuchar las melodías que le estaban enseñando a otro alumno; entonces volvía a su casa y practicaba de oído eso que había escuchado y las incorporaba en su repertorio. Una vez por año, sucedía algo maravilloso en el pueblo. En diciembre, todos los alumnos de Lyda se presentaban en un concierto para mostrar en público lo que habían aprendido. Era una fiesta. En el centro de la sala estaba el piano, y unas semanas antes de la presentación, el afinador pasaba por Capitán Sarmiento para dejarlo equilibrado. Entre todos ordenaban el Club Independiente para que luciera impecable la noche del show. En las butacas, madres, padres, abuelas, abuelos, tíos, hermanos, hermanas, todos empilchados y perfumados para la ocasión. Los 15 alumnos ansiosos en su día de gloria, iban pasando uno por uno para compartir lo aprendido. “Lo vivíamos como una fiesta. El Club quedaba sobre la misma cuadra de mi casa. Ensayábamos el día anterior, lo hacíamos con la misma profesionalidad que cualquier concierto de piano pero con un carácter de festividad muy particular”, dice.

En paralelo, José rendía exámenes de piano en Buenos Aires. A los 14 años, en una prueba lo escuchó la concertista de piano Pía Sebastiani. La mujer le propuso becarlo para que estudiara con ella en el conservatorio Beethoven. Algo impensado para ese adolescente de pueblo que amaba tocar el piano. Descubriría un mundo nuevo entre pianistas. Los viernes, en la escuela le permitían salir un rato antes para poder viajar hasta Buenos Aires. A las dos de la tarde salía de Sarmiento. En el primer viaje en Chevallier lo acompañó su madre hasta Retiro, pero luego le propuso que fuera solo hasta Avenida Santa Fe 1452, así aprendía el recorrido.

Sin embargo, su primera experiencia en Buenos Aires fue una mala: antes de llegar al conservatorio, le robaron su campera preferida y le pidió al ladrón que no se llevara su mochila porque tenía los libros de piano, el hombro accedió. “Ese día, una vez más encontré protección en el piano. El piano te protege de la vida, de la hostilidad que a veces recibimos. En el íntimo vínculo de uno con el piano no hay nadie que te diga qué tenés que hacer y por qué. Muchas noches llego a casa y me siento a tocar el piano como una necesidad de darle sentido al tiempo, materializarlo en ese acto. Sigue siendo maravilloso, es un momento de sanidad, es un contacto con tu interior más esencial”, dice.

Pía vió en José un futuro pianista y entonces le propuso a sus padres que se fuera a vivir a Buenos Aires y que allí terminara el secundario, pero José prefería seguir con sus compañeros en su escuela de Capitán Sarmiento. Luego les propuso que se fuera a estudiar piano a Estados Unidos, pero en plena adolescencia, habiendo estudiado piano desde tan pequeño, José entró en crisis y se anotó en Imagen y Sonido en la UBA. Durante los primeros cinco meses en Buenos Aires por primera vez no tuvo un piano cerca mientras dormía. “Me duró cinco meses estar lejos de un piano. Me sentí incompleto, incómodo. Luego decidí que cualquier cosa que hiciera sería con un piano cerca. Me puse a estudiar música con Susana Bonora que me formó ´pianísticamente´ y desde su profunda mirada sobre el arte de la interpretación. Empecé a dar conciertos, ingresé al Conservatorio Nacional de Música Carlos López Buchardo y participé como pianista figura del ciclo de jóvenes talentos en el salón dorado del Teatro Colón y como solista junto a la Orquesta Sinfónica Juvenil de Radio Nacional en el Ciclo de Grandes Conciertos de la Facultad de Derecho de la UBA. Luego gané un concurso en Finlandia donde viví un mes, hacíamos repertorio de Piazzolla, Sibelius. Fue una experiencia hermosa, no solo desde lo musical sino como experiencia de vida en un país tan alejado y diferente al nuestro”, cuenta. En su búsqueda estudió teatro en la escuela de Ricardo Bartís y entendió que había un camino interesante vinculando a la actuación con la música, siempre interpretaba personajes pianistas. Trabajó como actor músico en cine, teatro y fue pianista en comedias musicales con producción original.

El 6 de julio de 2019, en una noche gélida de invierno José dio un concierto de piano en el Salón Guerrico de San Antonio de Areco, como siempre entre esa mezcla de nervios, vitalidad y ansiedad que le provoca presentarse en público. Ante un teatro repleto hizo un recorrido por las obras de Félix Mendelssohn, Frédéric Chopin, Isaac Albéniz y Alberto Ginastera. El público lo escuchaba en silencio, como si estuviese navegando en un mar calmo en ese viaje mágico que provoca la música. Algunos con los ojos cerrados, otros en la imposible tarea de seguirle las manos que se deslizaban como si fuese el aleteo de un colibrí sobre esas obras que estudió durante días y noches y en sueños. José interpretaba la última obra antes del cierre del concierto. El Vals Mephisto, una de las obras más difíciles del repertorio pianístico, compuesta por el húngaro Franz Liszt. En un glissando, que es cuando el pianista hace una rápida transición entre agudos a graves pasando por todos los sonidos intermedios, José se raspó un dedo, un pequeño tajo y enseguida apareció una gota de sangre. En medio de la compenetración siguió adelante, intentando como podía no manchar las teclas. Cuando terminó con la última nota, se paró para saludar al público que lo aplaudió de pie. “En las fotos salgo con el dedo en la boca, lo hice para limpiarme la sangre -dice mientras ríe- . Creo que el concierto es un ritual entre varios profundamente interrelacionados: el intérprete, el compositor, el público con su subjetividad y la música allí, sucediendo. Me resulta muy atractiva la característica efímera que tienen los conciertos, en apenas una hora se expone el trabajo de meses, a veces años. Puede haber un registro a través de alguna cámara, sin embargo, en nada se parece a lo que pasa en vivo. A pesar de la sobrevaloración del registro en imágenes que existe actualmente, yo creo que la música en vivo es una experiencia que nos puede advertir que lo virtual y lo real no son la misma cosa. Un concierto nace y muere al mismo tiempo, y quizás deja alguna huella, más allá del resultado exitoso o no de la performance. Lo más hermoso que me han dicho no fue con palabras sino con miradas, miradas que recuerdo profundamente. Pretendo hacer lo que hago con respeto hacia los demás, y hacia mis convicciones. Y en los momentos previos a los conciertos me resulta tranquilizador imaginar una escucha con cariño, con amor. Creo que se trata un poco de eso: pensar ese ritual como un espacio de amor mutuo. No me nombro artista, eso lo tiene que decir otro. No sé si tengo claro qué es ser pianista, pero me sirve mucho preguntármelo con frecuencia e ir buscando alguna respuesta. Hoy mi piano en Duggan mira al horizonte del campo a través de la ventana y eso me pone contento”, dice.

Sentado en el pasto, mientras terminaba sus ejercicios de yoga, cuatro urracas le llamaron la atención. Una al lado de la otra como si estuviesen tomando sol, como si fuesen cuatro amigas en pleno verano sentadas en reposeras. José buscó los binoculares para disfrutar de la escena sin interrumpirlas: los cuatro pájaros de colas largas de pechos blancos estaban acostados en la rama, algo increíble, pensó. Los animales le transmitieron libertad, esa libertad que tanto busca y que ahora disfruta.