Desde uno de los tres ventanales de su oficina, Débora Reales mira la inmensidad del campo. A metros tiene un potrero, donde descansa un caballo alazán cobrizo, al que se le cortó un tendón de una de sus patas. Débora lo cura todos los días. En el corral también hay un carnero y una oveja, a los que cuida junto a sus hijos: Luisa, Inés y Gregorio.

Ella se asoma por la ventana y les habla. Las ovejas le contestan. La imagen se completa cuando las manadas de ciervos se acercan a la estancia y Débora, mientras trabaja o participa de un zoom del colegio de sus hijos, los contempla como si fuese un documental de National Geographic.

Todo sucede en un campo de 2300 hectáreas a 20 kilómetros de Castelli, provincia de Buenos Aires. La oficina es la cocina de su casa. Allí Débora hace envoltorios ecológicos artesanales a mano: un reemplazo del papel film, que conserva los alimentos frescos y saludables. Los paños no transmiten olores, se pueden lavar con agua fría y son compostables. Su emprendimiento se llama La Colmena, un enjambre de conciencia y trabajo con el objetivo de cuidar el medio ambiente.

“Creo que hay que educar a la gente para que los envoltorios y bolsas no se usen una vez y las tiren. Desde La Colmena me propongo a dejar una mejor huella para mis hijos y para todos los chicos que vienen por detrás. Aportar un granito de arena, por más chiquito que sea. Amo a los animales, estoy atenta a los cambios de la naturaleza, a cuidar mi entorno y pienso siempre en qué dejamos para generaciones futuras”, dice Débora.

Ella nació en Capitán Sarmiento, estudió radiología en Buenos Aires, pero siempre supo que quería ejercer su profesión con los caballos. Cuando terminó la carrera consiguió trabajo como cuidadora de caballos de polo en un campo en San Antonio de Areco. Allí conoció a Martín, se enamoraron y luego emprendieron este viaje juntos. “Él es ingeniero agrónomo y lo contrataron en el campo en donde hoy vivimos, nosotros ocupamos el casco de la estancia”, cuenta Débora.

En febrero de 2018, Mercedes, la cuñada de Débora, los fue a visitar al campo. Ella recién había regresado de vivir en Australia y le contó que en ese país eran muy usados los paños de tela para envolver alimentos “Debo, vos que estás en la onda ecológica esto lo tenés que hacer acá”, la alentó Mercedes. Para tener de referencia le trajo de regalo unos paños.
A Débora le entusiasmó la idea y enseguida se puso a investigar en internet: en ese momento, solo una chica los hacía en Argentina. Probó ingredientes, y recetas para aprender a tratar las telas. Luego de varios meses de prueba, llegó al resultado que estaba buscando.

“Lo que produzco reemplaza el papel film. Es una tela media rígida que, con el calor de la mano, se sella a los bordes del bowl y funciona de tapa. Con los paños se puede envolver frutas, verduras, panes. A lo largo de este tiempo siempre traté de darle un sentido sustentable en todo el proceso, tanto en el papel, las tintas, la tela. Es un método de conservación antiquísimo. Como siempre digo, el sol sale siempre para todos: ahora hay muchas personas que producen paños ecológicos, eso quiere decir que aumentó la demanda y eso es bueno”, dice.

Para llegar al resultado final, Débora utiliza telas 100% de algodón, cera de abejas, aceite de jojoba y resina de pino. Todos los productos son orgánicos. Las tintas que usa para estampar son al agua. Es un proceso casero y artesanal. Débora pesa las cantidades justas de los ingredientes que los aplica con calor a la tela, luego seca los paños abriendo la ventana de su casa, al fresco del campo. Cada envoltorio tiene una vida útil de aproximadamente un año, luego regresa a la tierra en forma de compost.

“En casa separamos la basura, no aceptamos bolsas de plástico, preferimos comprar los productos sueltos. Evitamos generar basura, pienso que somos responsables de nuestra basura. Tratamos de contagiar a nuestro entorno, por ejemplo: nosotros consumimos shampoo y crema de enjuague sólidos, la última vez compré 5, uno para mi y el resto para regalar y de esta forma crear conciencia. Siento satisfacción de contagiar estas prácticas”, cuenta.