Año 2010. El municipio de Rivadavia, provincia de Buenos Aires, cumplía 100 años y lo festejaba de una manera inusual: una megaobra de teatro protagonizada por 200 vecinos de los diversos pueblos y parajes del partido. La locación fue en San Mauricio, un pueblito de apenas 15 habitantes que ese día recibió a 3500 personas. Vestidos de época, los vecinos actuaban por las calles de tierra y las construcciones antiguas, entre carruajes y caballos. Una verdadera revolución cultural que marcó un antes y un después en la vida cotidiana de Rivadavia. Fue el día en que los integrantes de la Cooperativa La Comunitaria, los organizadores del evento, supieron que podían hacer las “locuras” que se les ocurriesen. Que nada puede detener la potencia creativa de los pueblos del interior, a pesar de que la “cultura” parece reservada para las grandes ciudades.

“El pueblo cobró vida a través del teatro”, dice María Emilia de la Iglesia, profe de actuación e integrante de La Comunitaria desde su origen. Para ella, el crecimiento del movimiento cultural con epicentro en Rivadavia y extendido a varias localidades de La Pampa, fue un “devenir”. “Cuando arrancamos, la idea era armar grupos de teatro comunitario. Eso sólo era ya un montón, nunca imaginamos lo que pasaría después”, recuerda.

María Emilia nació en Sansinena, un pueblo “aislado” de 600 habitantes que pertenece a Rivadavia, a 35 km del pavimento por camino de tierra intransitable. Al terminar la secundaria, se mudó a La Plata para estudiar teatro. Sin embargo, siempre supo que volvería a sus pagos. Cuando ya estaba terminando la universidad, se dedicó a pensar en “cómo volver”. Ahí nació la idea de recuperar la cultura de los pueblos, a través del teatro. “La famosa frase ‘en los pueblos no hay nada’ se convirtió en un mandato cultural. Nosotros luchamos contra eso, también con eso de que si vivís en un pueblo chico, es porque sos un fracasado. Algunos ven el éxito en quienes viven en una gran ciudad. Y encima, si hacés cultura en un pueblo chico… entonces es porque en algo te fue mal en Buenos Aires”, dice.

Ya reinstalada en su pueblo, María Emilia puso manos a la obra junto a un grupo con el que compartía las mismas inquietudes: “Nos dimos cuenta de que en los pueblos pasa de todo y hay una gran oportunidad para generar cosas”. El primer lema de La Comunitaria fue “la unidad de los pueblos del distrito”, ya que rápidamente detectaron que las localidades no tenían comunicación entre sí: Fortín Olavarría, América (cabecera), González Moreno, Roosvelt, San Mauricio. “Todos parajes rurales, pueblos chiquitos, pero muy desconectados. La idea era juntarnos a través de lo cultural”, cuenta.

A través del teatro comunitario, se potenció el desarrollo del pueblo. Fue un “a ver, hablemos de lo que nos pasa en la comunidad”. En esos encuentros, aparecía la falta de oportunidades de trabajo para los chicos, que los jóvenes se van del pueblo, el aburrimiento… “Con toda esa información, no nos podíamos quedar con los brazos cruzados. Iniciamos un proyecto que buscaba una respuesta cultural a esos problemas comunes”.

La propuesta tuvo tanta aceptación que el proyecto comenzó a crecer y cruzó de provincia. Rivadavia, que está pegado a La Pampa, derribó así el “muro invisible” gracias al trabajo cultural.

“Empezamos a hacer vínculo con La Pampa, empezamos a abrirnos y ahora tenemos sede en General Pico, Santa Rosa, Santa Isabel, Realicó, Anguil, Victorica”, enumera María Emilia. Con el crecimiento de la demanda, también se amplió la oferta: “Arrancamos con talleres de oficio, no sólo con el teatro, herrería, carpintería. Empezamos a desarrollar una pata productiva”.

Para María Emilia, la clave de La Comunitaria es la “potencia de lo colectivo”. “Hablamos de pequeñas unidades de desarrollo que generan una potencia muy grande, mucho mayor. En todas las obras de teatro, subyace la ruralidad, porque somos ruralidad. Las obras hablan del mundo rural, sus cambios, sus sistemas de producción, de los tambos familiares, el monocultivo de soja, revalorizamos el tren y para las sedes recuperamos lugares abandonados, estaciones que estaban en mal estado”.

Así, uniendo lo cultural y lo productivo, La Comunitaria fue forjando una experiencia colectiva enriquecedora que cobró dimensiones impensadas para ese pequeño grupo que inició el proyecto, allá por el 2006. Con la última obra pre-pandemia, de título premonitorio (“Se cayó el sistema”), la cooperativa viajó por todo el país y también por el exterior, Ecuador y Bolivia. “Ahora, nuestro lema es ‘sembrar cultura para el arraigo’, por eso tenemos huertas familiares, hemos conseguido comprar máquinas, hacemos engorde comunitario de novillos, productores muy pequeños que se juntan a producir y así consiguen vender a mejor precio”, cuenta María Emilia. Además, sembraron 40 hectáreas de trigo agroecológico, en alianza con la Compañía de servicios públicos de electricidad en General Pico, CorPico: “Ellos nos cedieron unas hectáreas con el objetivo de instalar un proyecto de reforestación y generar proyectos agroecológicos en esas tierras. Así conectamos mucho con la gente grande, porque ellos producían así antes”.

La experiencia de La Comunitaria fue expandiéndose a pesar de las limitaciones que marca la geografía, pero también ciertas creencias arraigadas sobre el devenir cultural de los pequeños pueblos. Nada de eso los detuvo. Al contrario, usaron esa fuerza como motor para avanzar contra corriente. María Emilia recurre a un episodio clave que muestra el poder sanador del arte: “El año pasado vinieron a visitarnos chicos de varios pueblitos del límite de Buenos Aires con Río Negro, de una zona de producción de cebolla. Vinieron a conocer nuestra experiencia y después fuimos nosotros para allá. Eran todos hijos de migrantes bolivianos, súper tímidos, con una carga de discriminación. Logramos hacer una obra de teatro comunitario, que se llamó Las Capas de nuestra lucha, la presentaron frente a dos mil personas en su localidad. Fue una transformación muy fuerte para esas comunidades. Y para nosotros fue mágico. A los jóvenes de los pequeños pueblos, les pasa más o menos lo mismo. Se van y no vuelven”. Para los integrantes de La Comunitaria, el “no-proyecto para los jóvenes genera muchos problemas, también en las zonas rurales, no sólo en las ciudades. Lo que falta de los programas de adicciones es que no tienen una mirada desde la ruralidad, sino desde lo urbano”.

Al mirar hacia atrás, María Emilia no deja de sorprenderse del recorrido de aquella inquieta idea de mover avispero en su localidad. Un proyecto que hoy involucra a más de mil personas, varios pueblos y dos provincias. Ella no no duda que pudieron “elevar el techo articulando entre todos los pueblos porque la potencia de lo colectivo es impresionante”. Y que dejarse transformar por las experiencias enriquecedoras es una parte indispensable del crecimiento: “Yo soy profe de teatro, nunca me imaginé que me iba a poner feliz de ver emerger el trigo agroecológico”.