Alejandro Maza ama hacer helados. Es su vida, su pasión y, sobre todo, su historia. Uno de sus primeros recuerdos es una imagen suya parado sobre un cajón plástico, ayudando a lavar utensilios de la heladería familiar, La Fe, en la ciudad de Pergamino. “Me crié entre los tachos de helados, vivíamos enfrente del negocio, desayunaba y merendaba ahí… no me imagino la vida de otra forma”, dice Alejandro.

El amor y la tradición familiar detrás de los helados La Fe es una de las marcas registradas de este producto elegido como uno de los 5 mejores del país. A punto de cumplir 80 años, para Alejandro el secreto del éxito está despojado de toda complejidad: “La esencia sigue siendo la misma”.

 

La Fe nació en 1942 y fue fundada por Carmen de Frieri, una ama de casa emprendedora que, contra todos los pronósticos signados por la época, encaró su propio negocio. El nombre elegido no hace alusión a una cuestión religiosa, sino a la propia fe que se tenía doña Carmen para encarar este proyecto. “Fue una innovadora”, no duda Alejandro.

En los 60, su abuelo -que había trabajado en la heladería cuando era chico- le compró el negocio a Carmen. Los Maza pasaban al frente de La Fe, con la idea de hacer crecer el emprendimiento. En los 70, Pedro Raúl -padre de Alejandro- se puso al frente y comenzó a darle otra impronta, “más comercial y de innovación”. De espíritu inquieto, Pedro Raúl empezó a hacer palitos helados, incursionó en los yogures helados (a fines de los 70), ideó un sistema para retirar los productos con el auto, entre otros inventos.

“Si bien es una heladería histórica, no es una heladería vieja”, explica Alejandro. De alguna forma, en La Fe siempre tuvieron en claro que al tener un negocio con historia, el riesgo era quedarse atrás y que las nuevas generaciones no los eligieran. “Lo mismo que hizo Carmen en los 40 o mi abuelo en los 60. En ese momento se comía crema rusa, fruta abrillantada o crema portuguesa. Hoy ya no se comen, entonces cambiamos. Ahora, lo que mantenemos siempre es el espíritu de los fundadores: hacer un producto natural y noble, con las mejores materias primas”, explica.

En esa atención en el detalle de los productos, Alejandro se obsesiona y cuenta que los cambios en la calidad de la materia prima, los obligó a utilizar el doble de fruta o de leche. Incluso decidieron desarrollar su propio dulce de leche porque los proveedores no cumplían con sus expectativas. En paralelo, pasaron de tener 8 sabores a 60, a los que les sumaron 35 líneas de postres helados, palitos y paletas con formas.

“Cuando pienso en un gusto, primero está la calidad. Nunca ponemos el valor por delante del producto. Y si no nos gusta, no va. Así llegamos hasta acá”, enseña. “Por ejemplo, decidimos hacer pistacho, entonces buscamos a un productor de San Juan que tuviera un producto natural, hicimos un crocante con azúcar y miel en una olla de cobre. Así lo hacemos nuestros helados”, revela. “Ahora hicimos otro sabor, un sambayón de malbec, que lleva dos horas de cocción y se hace a mano”, agrega.

Con más de 30 años detrás del mostrador, Alejandro conoce a su clientela. Y si bien hacen un gran esfuerzo de marketing para modernizarse y mantener el atractivo para los más jóvenes, también mantienen una relación profunda con clientes de toda la vida. “Conocemos a generaciones enteras, sabemos qué gustos toman… es muy difícil que cambien de gusto durante la vida. A lo sumo, cambian uno”, cuenta.

Hoy La Fe mantiene el local que le dio origen a su negocio, pero también tiene otras 14 sucursales, con franquicias, y un servicio de producción para fiestas o eventos. Alrededor de 25 personas trabajan de manera directa y otros tantos de manera indirecta. La historia de este emprendimiento está hecha de éxitos, también de traspiés, pero sobre todo de mucha tenacidad y perseverancia en la apuesta por productos de calidad. Para Alejandro, sin embargo, “lo más lindo de una heladería es hacer helados”. “Hacemos esto con todo el amor del mundo, nos apasiona”, dice.