En medio de un embotellamiento de un domingo a las seis de la tarde en el Acceso Oeste, entre los bocinazos y la ansiedad por avanzar, Lucho Andújar tuvo una revelación: “No puedo creer que todos vayamos para el mismo punto del país. Hay algo que no funciona”. Durante esas dos horas y media que demoró desde Mercedes a su casa en el barrio porteño de Villa del Parque, tuvo la certeza de que era el momento de dejar Buenos Aires y mudarse a algún lugar más apacible. Mientras miraba el carril-mano a provincia vacío tarareaba “Basta de penas”, una canción de Los Piojos: “Vas a ir dejando los días sin historia, el tiempo no va a esperar tu decisión”. Y sin querer esa frase se transformó en un motor para activar la retirada de la Ciudad.

Cuando llegó a su casa, Cheli, su compañera, lo estaba esperando con la cena. Coincidió que esa noche su hija Lupe se había ido a dormir temprano. Entonces tuvieron un momento a solas para charlar sobre el futuro. “Todo lo que pensé en el viaje se lo transmití a ella. En Mercedes teníamos una casa que habíamos heredado y que la usábamos una vez por mes. Y que cada vez que íbamos la teníamos que limpiar. Las opciones eran: o vendíamos la casa y nos íbamos a vivir a otro lado o nos íbamos a vivir allá. Y Cheli me dijo: ´Vayámonos a Mercedes´”, recuerda.

Lucho nació en Mercedes. A los 18 años, como la inmensa mayoría de los chicos y chicas del interior de la provincia de Buenos Aires, dejó el pueblo para irse a estudiar a Buenos Aires. Cuando se fue, pensó que nunca regresaría. Hasta ese domingo 19 de julio de 2015, cuando con Celeste coincidieron en que Mercedes era una buena opción para vivir más tranquilos, sin empezar “tan de cero”. En esa cena se imaginaron cómo sería la partida y quedaron en mudarse en febrero de 2017. Querían que Lupe terminara el jardín para no dejar inconcluso el ciclo lectivo. En el medio Cheli quedó embarazada de su segundo hijo: Camilo.

“Desde que nos pusimos de novios siempre pensamos en irnos de Buenos Aires. Cuando nos fuimos a vivir juntos, el departamento quedaba a la vuelta del hospital Italiano. Y era insoportable: bocinas, ambulancias y mucho tránsito. Eso nos agotó. Nos fuimos a vivir a Villa del Parque para corrernos del lío, pero no nos alcanzó: nos alargó cinco años más la vida en Buenos Aires. Entre nosotros decíamos que el barrio era ‘la otra Mercedes’. Fue una adaptación antes de mudarnos. Y el tiempo que tardábamos en ir de Villa del Parque a microcentro era igual a viajar de Mercedes a Buenos Aires”, dice Cheli.

El día antes de mudarse, Lucho, Cheli, Camilo y Lupe durmieron en un colchón tirado en el piso. Un velador iluminaba la escena: la casa ya estaba embalada. Para despedirse de Buenos Aires pidieron una pizza cortada en porciones porque ya tenían los cubiertos guardados en cajas.

Cuando a la mañana siguiente el camión de mudanza estacionó sobre la calle Teodoro Vilardebo diluviaba. Para que Lupe no viera el ir y venir de cajas su abuelo la llevó a la colonia de vacaciones. Cuando terminaron de subir los muebles el camión arrancó rumbo a Mercedes. Al mediodía pasaron a buscar a Lupe por la colonia y desde ahí comenzó la aventura. “Hicimos unos sanguchitos para comer por el camino, mate y ruta. La primera noche en Mercedes armamos las camas pero terminamos durmiendo los cuatro en la cama grande. Para los chicos era raro: era la casa que conocían siempre pero ahora con los muebles de Buenos Aires. Camilo llegó a Mercedes con ocho meses y Lupe con cuatro años”, dice Lucho entre risas.

Lucho y Cheli se conocieron en 2004 mientras estudiaban Diseño Gráfico en la UBA. Antes de ponerse de novios, el chiste entre los compañeros era que ellos dos mantenían una relación en secreto. Hasta que el 16 de julio de 2006, Lucho la invitó a su casa a tomar mates pero ella no podía, entonces la invitación la dejaron para una cena de sábado y ese día oficializaron su vínculo.

Cuando se recibieron, decidieron abrir su propio estudio: CH, Diseño gráfico. El nombre salió de sus apodos, ambos comparten “CH”: Lucho y Cheli. “Siempre buscamos nuestro propio camino. Con mucha conciencia. Orientados al diseño y a la diagramación editorial. Además de trabajar haciendo libros, el objeto libro nos encanta. Siempre fantaseamos con la idea de tener una librería de libros ilustrados infantiles. Esa idea romántica de un espacio de libros”, dicen.

Tres años después de la cena donde se pusieron de novios, se casaron. Se dividieron entre Buenos Aires, lugar de nacimiento de Cheli y Mercedes, la tierra de Lucho. El civil lo hicieron en la Ciudad, la ceremonia en la iglesia y la fiesta en Mercedes. Para que pudieran ir todos sus amigos y familiares de la Capital alquilaron un colectivo.

Además de amar el diseño gráfico, ellos aman los libros. Cada uno tiene su propia biblioteca de libros catalogados como infantiles. Aún conservan sus preferidos de cuando eran chicos. Como ritual, desde que nacieron sus hijos antes de irse a dormir les leen tres cuentos. Lupe y Camilo adoptaron ese hábito y entre ellos intentan leerse y juegan a que tienen una librería. Los niños fueron más allá: diseñaron sus propios cuentos. “Tenemos distintos acercamientos a los libros: como profesionales, como padre y madre y como lectores”, dice Cheli.

El sueño de tener su propia librería se fue concretando de a poco. La primera señal fue cuando cerró la única librería de Mercedes. De la única forma que podían comprar los libros que ellos querían era cuando viajaban a Buenos Aires.
Y todo se precipitó durante la pandemia. Cuando se suspendieron las clases, las editoriales de libros escolares descontinuaron la salida de textos. Eso repercutió en el trabajo de Lucho y Cheli. Ese bajón fue el empujón que necesitaban para concretar el sueño. “Pensamos en qué hacer con todo el tiempo libre que teníamos”, dice Lucho. El click fue el cumpleaños de Lupe. Lucho recorrió varios negocios en busca de un libro pero no encontró lo que quería. Cuando llegó a la casa, casi como una escena calcada de la charla que tuvieron antes de tomar la decisión de dejar Buenos Aires, Lucho le contó todo el recorrido a Cheli, ella lo miró y le dijo: “Abramos una librería”.

Así nació Libros del Carpincho, una librería especializada en libros ilustrados, literatura infantil y juvenil. Combinaron la profesión de diseñadores gráficos y el amor por la lectura. “El objetivo es dar a conocer un mundo editorial más allá de Capital Federal. Ese es nuestro motor: no todo pasa en Buenos Aires”, dice Lucho. A Cheli, además, le interesa promover el hábito y la conciencia de lectura.”Creemos que la lectura es súper importante en el desarrollo infantil y la lectura compartida es de los grandes momentos por vivir, donde no seamos sólo interlocutores, si no que descubramos juntos la aventura de leer”

La librería está ubicada en el zaguán de la casa sobre la calle 36: entre la puerta de entrada y la cancel. Dos escalones de mármol, un espacio de techos altos, pisos de mosaicos calcáreos con las estanterías a los costados. Los vidrios repartidos color ámbar de la puerta de ingreso filtran los rayos de sol y devuelven una luz naranja, cálida y acogedora. Los chicos están en todos los detalles: en el envoltorio, en recomendar un libro especial que encaje con los gustos del futuro lector. Cada vez que eso sucede sienten una conexión con el niño o niña que lo va a leer: “Nos está dando un rédito espiritual enorme. Nuestro sueño es tener nuestro propio sello editorial. Libros del Carpincho es una librería puertas adentro, un zaguán que cobija libros y un mundo de posibilidades”.