Fotos: Lulú Magdalena

En un lento ir y venir, como si estuviese hamacando a una niña, Lola Vergara del Pozo prepara la tinta negra para un próximo grabado. Mientras suena Charly García cantando Viernes 3 AM, la espátula apenas roza la tabla de granito gris París y con una cuchara le agrega unas gotas de aceite de lino. Puede pasar horas sumergida en su taller, buscando el punto justo de la tinta, mirándola caer como brea derretida, con las manos manchadas de negro, con el delantal de jean salpicado como si fuese un cuadro de Jackson Pollock: “Las tramas, las texturas son mi pausa, mi juego, mi recreo; de ahí no quiero volver. Me encanta ver cómo cae la tinta, sentir el olor. Disfruto muchísimo en la etapa de los bocetos. Con tus manos, las herramientas, una madera, un papel… podés generar un grabado. El arte me ha salvado”, dice Lola, una grabadora que desde hace 27 años dedica su vida al arte impreso.

Su obras contienen diversas técnicas e intervenciones: grabados en madera, en metal, en cerámica, en relieve, xilografía, serigrafía, pinturas. Siempre incursiona en técnicas nuevas. Ahora empezó un nuevo taller en Buenos Aires de impresión sobre cerámica.

Los muebles de su casa están en función de su oficio: los ficheros en donde guarda papeles, anotaciones, dibujos, figuritas viejas, también las latas, los frascos donde atesora botones, chapitas, números de madera de lotería, tachuelas; el mueble de pinotea de 36 cajones en donde en cada uno hay bocetos, la timbreadora de su abuelo que usaba para poner las direcciones de San Antonio de Areco. Su ropa, desde una remera vieja hasta un pantalón recién comprado, tiene alguna mancha de tinta. Y las infaltables herramientas: gubias planas, curvas, en forma de vértice. Un trabajo de hormiga que le llevó años.

De chiquita, Lola se pasaba los días, dibujando, recortando y pegando. O las tardes en la calle Bolívar, en donde su abuela Inés la ayudaba a cortar papeles para una obra. Su padre siempre estuvo ligado a los talleres de imprenta, tuvo un diario, trabajó en publicidad, y los materiales, las tintas, las máquinas, estaban al alcance de Lola. Ahora, su casa es en sí un espacio dedicado al oficio: la casa de una grabadora que avanza dejando su huella.

“Nuestro sueño, con mi compañero Juan Pedro, es abrir las puertas de nuestra casa y armar un recorrido: una galería para mostrar mi trabajo, y una atención al público por si alguien quiere comprar alguna obra y luego seguir camino al taller. En abril, en mi casa daré talleres de grabado, serigrafía y arte impreso para personas que no tengan experiencia previa. Amo el oficio más que el arte”.

Cuando terminó la secundaria en San Antonio de Areco, su padre le contó que en Buenos Aires se abriría una carrera nueva: Diseño industrial. Lola no tenía ni idea qué quería estudiar, entonces la propuesta le pareció tentadora y se inscribió. Para que no se perdiera en la inmensa Capital Federal sus padres le hicieron un mapita a punta de lapicera, ubicando la terminal de Retiro y el departamento donde ya vivían sus hermanos. La primera vez que tomó un colectivo para ir a cursar se equivocó de recorrido y terminó en Burzaco, a kilómetros de distancia de Ciudad Universitaria. En la cuarta clase, Lola miraba desorientada al profesor, no podía concentrarse en lo que estaba explicando porque en lo único que pensaba era “¿qué estoy haciendo acá? ¿De qué me están hablando?. No quiero esto para mi vida”. Esa fue la última vez que se sentó en un pupitre de Diseño Industrial.
Por Leda, su gran amiga, se enteró que había una Escuela Nacional de Bellas Artes, la Prilidiano Pueyrredón. Entonces decidieron anotaron juntas. En la primera clase de grabado el profesor se presentó y le contó a los alumnos de qué se trataba la técnica. Lola escuchaba atenta mientras les mostraban materiales, ejemplos de grabados. Para la siguiente clase, el profesor les pidió que eligieran una canción y que hicieran un boceto inspirado en la letra. Lola eligió Esperando nacer de Serú Girán, uno de los tantos que aún atesora en uno de los 36 cajones del mueble de pinotea.

Lola dividía sus días entre el trabajo como recepcionista en una agencia de viajes y las cursadas en la Escuela de Arte. Durante las ocho horas de trabajo se debaja los guantes puestos para tapar las uñas llenas de tintas. Así transcurrieron los primeros tres años, hasta que había que elegir una especialización y Lola eligió grabado. Las cosas marchaban más o menos bien en Buenos Aires, hasta que el trabajo comenzó a escasear y le costaba llegar a fin de mes con su sueldo. “A los 23 años tuve que volver al pueblo. La vida siempre acomoda un poquito las cosas: como yo era la única con orientación y especialización en grabado en San Antonio de Areco, me llamaron de la Escuela de Arte Nº 1 Gustavo Chertudi porque faltaba una profesora, dije que sí y desde hace 22 años soy docente. En ese recorrido aparece mi gran maestro: Alberto Arjona, un grabador extraordinario que venía a dar clases a Areco y empecé como ayudante de él. Gracias a su apoyo pude recibirme en Buenos Aires”, dice Lola.

Una de las cosas que más disfruta del oficio es cuando se sienta a bocetar un nuevo grabado. Durante esas horas, con sus días y sus noches, Lola pensará en soledad, buscará qué materiales usará entre sus tesoros guardados en frascos o cajones que ha comprado en algún remate o encontrado en la calle. Navegará en sus universos, en sus estados de ánimo, creará personajes que estarán presente en sus grabados. Se olvidará del paso del tiempo, se le hervirá el agua al fuego, llegará tarde algún cumpleaños, incluso podrá sonar su canción preferida que, cuando Lola está en trance creativo, no la escuchará.

Muchas veces en sueños encuentra las soluciones para sus trabajos, como la noche que soñó que estaba clavando clavos y a la mañana siguiente supo que usaría clavos para una obra. Lola ama tanto su oficio que se acuesta pensando en cómo diseñar las tramas o los fondos. A la mañana, antes de tomar el primer mate, se queda un rato en silencio contemplando el dibujo realizado la noche anterior. En esos instantes evalúa si aún la enamora como cuando lo estaba haciendo o ya no le despierta entusiasmo. Cuando siente que la obra está terminada, le cuesta muchísimo desprenderse y ponerle un precio. Es que deja tanto de ella en cada pieza, que se acuerda hasta de quién compró tal o cual grabado. “Me apasiona dar clases, enseñar y aprender. Pero sé lo que quiero hacer de mi vida: bocetar en mi casa, grabar y dejar una huella”.