Con la cara llena de espuma, parado frente al espejo del botiquín del baño, Avelino deslizaba la máquina de afeitar por su mentón. Mientras Antonio le acercaba un mate, escuchaba los consejos de su padre: “Si madrugás para otros, ¿cómo no vas a madrugar para vos?”. Desde entonces, esa reflexión lo acompaña todos los días: cada vez que se levanta a las cinco de la mañana para preparar la chocolatera, los tarros de dulce de leche, controlar que estén todos los insumos y dejar todo en perfectas condiciones para que, cuando los empleados entren a trabajar, puedan fabricar 800 alfajores por día.

Detrás de Bragadito hay una familia que trabaja para que el emprendimiento crezca. La historia comenzó en 2015, en la cocina de su casa, cuando Antonio Costa se imaginó fabricar alfajores exquisitos para los turistas que visitaran Bragado. “Hace ocho años vinimos con mi familia de visita a Bragado y quedamos enamorados de la ciudad. En ese entonces vivíamos en Merlo y yo trabajaba en una empresa de autopartes, hasta que el lugar quebró y mis 21 años de antigüedad quedaron en la nada. En vez de buscar trabajo por la zona, elegí Bragado y conseguí empleo en una acería. Me arriesgué, viajé solo por seis meses y cuando me asenté vino mi familia”, dice Antonio.

Al comienzo de la primavera de 2014, mientras miraba el noticiero, Antonio escuchó atento al intendente de Bragado. En la entrevista promocionaba los centros turísticos de la ciudad: el Parque Lacunario General San Martín, un espacio de 300 hectáreas de verde al borde de la laguna y la Fiesta Provincial del Caballo. Antonio susurró y se preguntó a sí mismo: “A Bragado le faltan alfajores artesanales”. Esa inquietud lo llevó a investigar cómo producir alfajores, cómo conseguir los insumos, las máquinas y lo más importante: la receta.

Mientras más investigaba, más se convencía de que era el producto correcto. La columna vertebral se la enseñó Lorena, su cuñada, que es repostera. “Un poco de la receta de ella, un poco de prueba y error con mi compañera Liliana. ¡Hasta que salió!”, recuerda Antonio.

Luego de ocho meses de búsqueda, en mayo de 2015, Antonio y Liliana sintieron que estaban listos para largar con Bragadito. Los primeros los envasaron en una caja blanca con ocho alfajores. “Creo que la gente lo aceptó como souvenir de Bragado desde el comienzo porque a cada envoltorio les colocábamos una calcomanía con distintos paisajes y puntos turísticos de la ciudad. Mi costado emprendedor lo heredé de mi padre, él era albañil y cuando llegaba de trabajar, se ponía a fabricar muebles de cocina. Él me decía: ‘Nunca te cases con una sola profesión, siempre tenés que tener otra cosa paralela’. Hoy aparte de Bragadito todas las mañanas trabajo como periodista en una radio local”, dice.

Desde el comienzo, Bragadito se basa en la calidad de las materias primas. Cada alfajor tiene 50 gramos de dulce de leche, 20 gramos más que un alfajor estándar. Los primeros los hicieron en la cocina de la casa: Liliana le abrió los dientes a un tenedor y con esa herramienta casera bañaba en chocolate uno por uno. Con una manga rellenaba de dulce de leche cada y luego Antonio los repartía en bicicleta. La cocina enseguida les quedó chica, entonces alquilaron un departamento para usarlo como sala de producción. Cambió la bicicleta por una camioneta. Pudieron comprar una máquina para bañar los alfajores y una dosificadora de dulce de leche, además le cambiaron el envoltorio y ahora usan papel metalizado. Hoy en Bragadito trabajan seis personas: Liliana es la jefa de producción, Antonio se encarga de la venta y distribución, la compra de los insumos y la publicidad del producto; Valentín, el hijo de ambos, se encarga de las redes sociales y el contacto con los distribuidores: Constanza, Ayelén y Antonella en la línea de producción. El sueño es tener una fábrica y poder llegar a todo el país y, por qué no, el mundo.

“No soy bragadense de nacimiento pero siento que esta ciudad me adoptó. Hacer estos alfajores es una responsabilidad y un orgullo porque identifica al pueblo. La primera vez que recibí un halago fue una foto, en primer plano había una caja de Bragadito y en el fondo un edificio emblemático de los Emiratos Árabes. El que me la mandó fue un bragadense que vivía allá y me agradecía porque en la encomienda los padres le habían mandado una caja de alfajores. Hoy recibo fotos de bragadenses que viven en Escocia, Austria, España y me dicen que cada vez muerden un Bragadito, pese a la distancia, vuelven a sentirse en casa, en las calles del pueblo, en la plaza principal y así rememoran sus días en Bragado”, dice Antonio.