Fotos Lulú Magdalena

Año 1972. José Rodríguez tenía 16 años y trabajaba en una fábrica de cerámicas. Todas las tardes, cuando cumplía su turno, volvía a su casa y se cruzaba de vereda para tomar mates en otro taller, donde fabricaban botas de cuero en serie para gauchos. Mientras le daba a la charla y al mate, miraba. El ir y venir de los recortes de cuero, las manos rápidas que se deslizaban y cosían, todo el proceso de armado, lo que no se ve del calzado terminado, y finalmente el producto listo para salir. “Miraba y me gustaba, así que me invitaron para enseñarme”, recuerda hoy José, 47 años después de aquel inicio, sentado en su propio taller, donde este artesano del cuero ha pasado gran parte de su vida.

José arrancó con este oficio en lo que supo ser la fábrica de botas Mamani, donde trabajó durante 20 años. Primero aprendió a armar, luego a trabajar la suela y la terminación. En ese entonces, la fabricación en serie lo obligaba a un ritmo febril: llegaba a dejar listos 10 partes de bota por día. De lunes a lunes. “Es imposible calcular cuántas botas hice en mi vida”, dice entre risas, ladeado por su hijo Fernando, quien ha decidido continuar con el legado de su padre: el amor por el calzado de calidad.

En 1992, José decidió arrancar con su propio negocio. Sin más herramientas que su conocimiento en la materia y apuntando a la hechura 100 por ciento artesanal y a medida. “Viene el cliente, se toman las medidas, el largo, todo a su gusto”, enumera. Y completa: “Con trabajo continuo, en seis horas el par tiene que estar listo, luego son dos días de horma”.

En su atelier, hay un caos ordenado. Recortes de cuero, pegamento, herramientas y papeles: muchos papeles con anotaciones que sólo José comprende. “Me cargan porque no uso la computadora”, dice. El trabajo en la zapatería Rodríguez es compartido y completamente familiar: además de la ayuda de su hijo Fernando, quien además estudió de modelista y diseñador de calzado, José cuenta siempre con la colaboración de su pareja, Stella Maris Fernández. Detrás de cada bota, hay una familia.

“Me produce algo especial hacer esto, y el objetivo siempre es la satisfacción es que le guste al cliente. La bota hay que hacerla completa, no se puede ir probando como la ropa. Cuando está lista, recién ahí la puede probar”, explica.

Cuando arrancó con su propio taller, José pensaba en salir a vender sus botas en locales. Pero la demanda lo sobrepasó: por el boca a boca los clientes empezaron a llegar rápidamente hasta su casa. Él explica su “éxito” en la aplicación de una fórmula infalible: precios razonables y respeto, siempre, por la calidad. Así, sus botas empezaron a romper los límites de San Antonio de Areco, donde hay familias que lucen sus modelos con tres generaciones de distancia: abuelos, hijos y nietos. “Me han encargado de otras provincias, hasta del exterior”, cuenta.

“Lo primero, lo más importante, es la materia prima: el cuero, la suela. Y después, no errar uno como artesano. Esa es la diferencia de la fabricación artesanal con la industrial, donde no miran tan fino a los materiales”, enseña. Y agrega: “La gente que viene acá, reconoce el trabajo artesanal, la diferencia de tener algo a medida. Una bota en serie, no es lo mismo”.

José jura que, a pesar de que sus modelos no llevan marca comercial, él reconoce sus botas a lo lejos. Fernando, en cambio, lanzó su propia marca, Treve, con la que agregó otros modelos, como borcegos y sandalias. Al principio, él no estaba seguro de continuar con el oficio de zapatero. Se fue a Buenos Aires, estudió para ser chef, pero rápidamente entendió que no deseaba pasar sus días detrás de una cocina. Entonces buscó algo relacionado con la actividad de su padre, con el objetivo de “perfeccionar” las técnicas que José había aprendido intuitivamente. “Él fue autodidacta, así que fuimos mejorando algunas cosas, la terminación, el sistema del armado, el terminado, el aparado, el corte”, dice Fernando.

“Es una emoción trabajar con él”, dice José. Para Fernando, trabajar con su padre “es algo muy lindo” porque “es todo artesanal, es continuar con algo: uno deja parte de la vida al laburo”. “Cuando entregás un producto, dejás una parte tuya. La satisfacción es cuando ves que la persona se lo prueba, lo camina. Es todo para ese momento, esperás ese momento en el que te digan que le quedó bien el zapato”, añade.

Todos los días a las 6:30, José se levanta, toma unos mates, se calza el delantal y se va hasta el taller, donde ya lo está esperando Pepu, una cotorra que salvó cuando era un pichón y que lo acompaña desde entonces. “Buen día”, larga Pepu cuando lo ve llegar. “Parece mentira, pero es una gran compañía”, dice José. La cotorra anda por el taller como un artesano más, como una parte indispensable del circuito de producción. Entre el polvillo y el desorden, José larga: “Esto es un oficio, pero si no le ponés amor…”. La frase queda suspendida en el aire, solo completada por su mirada y una ancha sonrisa.