Fotos Lulú Magdalena

Mientras tocaba el acordeón con los ojos cerrados en un escenario de Villa Lía, Franco Rosalez lloró. Se acordaba de todo su recorrido, de su mamá que lo miraba desde abajo, de su papá, de su abuelo acordeonista, el primero que le dejó tocar ese mágico instrumento. Santiago, su hermano mayor, lo vio tan compenetrado y emocionado que sintió que los planetas se alineaban en aquel pequeño pueblo que pertenece al partido de San Antonio de Areco. Cosas que suceden cuando la música fluye.

Santiago no se imagina su vida sin música. Cuando llega del trabajo, lo primero que hace es ponerle play a alguna canción que le guste. Si suena un chamamé, se acuerda de su infancia en Entre Ríos, donde solían salir a pescar en canoa. No pasa ni un solo día sin tocar la guitarra.

Santy Rosalez y Franco son hermanos. Hacer música los hace felices. Santiago y Franco Rosalez sueñan con grabar un disco y con tocar en el escenario de Cosquín, la meca de todo folklorista. Esta es la historia de Los Rosalez, dos hermanos unidos por la música.

El padre de ambos, Fabián Rosalez, nació en Entre Ríos. En busca de trabajo y un mejor futuro decidió mudarse a Villa Lía, donde conoció a Claudia Villafañe. Se pusieron de novios y luego tuvieron tres hijos: Santiago, Franco y Silvina.

Las mañanas en la casa de la familia Rosalez eran con música: de una radio sonaba folklore o tango. El abuelo, de vez en cuando, tocaba el acordeón.

Santiago y Franco se llevan a penas un año y tres meses de diferencia: Santiago tiene 20 y Franco 19. A los 9, para Navidad, Santiago les pidió a sus papás una guitarra. La emoción fue inmensa cuando a las doce, la criolla estaba apoyada al costado del arbolito. Santiago no sabía tocar ni una acorde. Les preguntó a sus padres si podía empezar a tomar clases con Mario Reinoso, el profesor de casi todos los músicos del pueblo. Se acuerda como si fuese hoy el día que entró por primera vez al taller, feliz con su guitarra impecable.

Atento a los progresos de su hermano, y para no quedar atrás, Franco pidió para su cumpleaños otra guitarra. Los hermanos Rosalez pasaban las tardes jugando a crear melodías, a sacar canciones y hacer los ejercicios que les daba Mario Reinoso. “La desesperación de nosotros era aprender ya, ya, ya. Todo ya. Mario nos daba una tarea para hacer en casa y nosotros la hacíamos y encima nos comprabamos libros de canciones para avanzar”, dicen los chicos.

Santiago aún conserva su primera guitarra. La primera vez que sacó una canción, “De Areco pa Don Segundo” fue corriendo a mostrarle a su mamá. De la desesperación chocó contra la pared y la guitarra sufrió un golpazo (todavía tiene esa marca en la madera, como recuerdo permanente).

Sin embargo, a Franco de a poco le dejó de entusiasmar la guitarra. Sabía que Justo, su abuelo, tenía un acordeón y le generaba muchísima curiosidad ese instrumento que parecía un “gusano gigante”. Una tarde lo fue a visitar y le pidió tímidamente si se lo podía prestar, algo que pocos se atrevían. Para su sorpresa, el abuelo le dijo que sí, que se lo llevara. Feliz como un niño antes de explotar una piñata, así Franco cargó ese aparato hasta su casa: “Me acuerdo que era pesadísimo. Me perdí entre tantas teclas. No podía sacar ni un solo sonido. Me compré un libro para aprender y me encantó y le pedí a mis papás si me podían regalar un acordeón y me compraron uno chiquito ”, dice Franco, que luego de la muerte de su abuelo heredó su instrumento. Franco avanzó como autodidacta: buscando tutoriales en internet, inventando melodías, siguiendo consejos de acordeonistas. Sintió que había encontrado su lugar en la música y no volvió a tocar nunca más la guitarra.

En 2009, los hermanos Rosalez se presentaron por primera en público para las fiestas patronales de Villa Lía. En el escenario de su pueblo, delante de sus padres y de todos los vecinos. Hoy recuerdan con cierta ternura los nervios que pasaron y la presión de todas las miradas. “Empezamos a tocar en distintos lugares como un dúo de guitarra y acordeón. En ese momento me daba mucha vergüenza cantar en público. Me preguntaba por qué me inhibía. Hasta que decidí vencer el miedo. Mi tía era amiga de Viviana Vigil, una de las mejores cantoras de tango del país, que vivía en Areco. Ella me ayudó a poder cantar en público”, dice Santiago, que tuvo su prueba de fuego cuando en un cumpleaños de Viviana cantó el chamamé Oración del Remanso enfrente del prestigioso guitarrista Juanjo Domínguez.

Unas horas antes de que muriera su abuelo Justo, Santiago fue al costado de su cama. Se sentó y volvió a cantar Oración del Remanso. Por primer vez lo vio llorar. Santiago terminaría ese día con una certeza: empezaría a cantar en público, tenía la aprobación de su abuelo.

En plan de estimular su búsqueda musical, Viviana los invitó a la peña La Paila, en Buenos Aires, todo un desafío para los hermanos Rosalez. También participaron una pareja de bailarines de tango Maxi Lossaso y una amiga. En el viaje charlaron de qué hacía cada uno. Santiago y Franco supieron que Maxi tocaba el bombo legüero y además se ofrecía para tocar con ellos. “Lo invitamos a Maxi para que empezara a tocar con nosotros. Acostumbrados a que siempre sonara guitarra y acordeón, cuando se sumó el bombo la banda empezó a latir la chacarera. Eso fue un motivo para seguir trabajando”, dice Santiago.

Sin buscarlo, la banda comenzó a expandirse. Maxi les comentó que tenía dos amigos -Tomás Clancy, bajista, y Lucas San Martín, guitarrista- que tocaban rock pero que andaban con muchas ganas de hacer folklore. Los convocaron para tocar en una peña en Capitán Sarmiento. Maxi les dijo irían a verlos para ver si se podían sumar. A la semana, el dúo Rosalez era un quinteto. Y había más: cuando se enteraron que Felipe Miranda era saxofonista, lo invitaron a sumarse. “Sonaba espectacular”, cuentan. La última en llegar fue Vanesa Gómez, su magnífica voz hizo que Los Rosalez vibraran en los escenarios y que el público se emocionara al verlos.

Casi sin proponérselo, Los Rosalez se fue transformando en una gran familia musical donde cada uno cumple con su rol y por sobre todo hacen lo aman: música.