En sus tiempos libres, mientras estudiaba ingeniería civil en la Universidad Nacional de La Plata, Santiago Valarino cocinaba cerveza. Sin saberlo, esos rituales esporádicos entre amigos, lo iniciaron en el mundo mágico de la cerveza artesanal. En 2013, se recibió de ingeniero civil y le surgió un trabajo en su ciudad natal, Salto. Su función era recorrer las obras viales de la provincia de Buenos Aires. En un viaje a Pehuajó se enteró que un compañero de trabajo que fabricaba cerveza vendía su equipo con capacidad para cocinar 70 litros. Entonces recordó sus días de estudiante y enseguida lo llamó a Guillermo, su papá. Cómo él estaba en Salto, le pidió que fuera a ver el artefacto.

Era una buena oportunidad para volver a la alquimia de la cerveza artesanal y comenzar a producir su propia bebida.
Su papá no tenía idea de cómo fabricar cerveza y no había cocinado en su vida. Pero el proceso de elaboración lo fascinó: “Me llamó enloquecido, le encantó el proyecto y me entusiasmó para comprar un equipo de mayor capacidad. ´¿Te animás si nos largamos con uno de 250 litros?, yo ya averigüé todo´, me dijo”. En esa charla entre padre e hijo nació Cerveza Beerdier, una micro cervecería artesanal ubicada en Berdier, un pueblo de 200 habitantes que pertenece al partido de Salto. El emprendimiento fortaleció el vínculo entre ellos y hoy, a cuatro años de haber comenzado, no pasan ni seis horas sin llamarse por teléfono para comentarse ideas que les van surgiendo en el transcurso del día. Al proyecto también se sumó la hermana de Santiago, Melisa. Ella es diseñadora y fotógrafa y es la encargada de la imágen de Beerdier, además la productora y realizadora del contenido audiovisual del emprendimiento.

“El tema de la cerveza artesanal es que cuando te ´pica el bicho ́, o sea cuando cocinás una vez, tarde o temprano necesitás volver a cocinar. La mayoría de los que conozco no pararon nunca. Aunque sea una vez al año te dan ganas de fabricar tu propia cerveza. Tiene su encanto y fanatismo. Tenemos una familia que nos banca, desde hace 4 años hablamos todo el tiempo de la cervecería”, dice Santiago.

Los Valarino se animaron y compraron un equipo para cocinar 250 litros. Para Santiago era un desafío inmenso porque las veces que había fabricado habían sido escalas mucho más pequeñas. Guillermo tenía una quinta en Berdier y su sueño era hacer un emprendimiento en esas tierras. No dudaron que ese sería el lugar perfecto para montar la fábrica. Comenzaron en un pequeño galpón de chapa. Desde la concepción se propusieron cuidar el medio ambiente y reducir al mínimo el impacto del entorno. Todas las decisiones que tomaron tuvieron en cuenta la sustentabilidad: instalaron una planta de tratamientos de los desechos líquidos, separan los residuos y el bagazo lo utilizan como alimento de chanchos.

“Solo teníamos el equipo. De a poco comenzamos a conocer el mundo de las micro cervecerías. Necesitábamos una cámara de frío, una fermentadora, barriles, lavadoras de barriles. Todo lo fuimos descubriendo en el camino. Nos largamos sin saber cómo armar el proyecto”, cuenta Santiago.

La primera vez que cocinaron fue en julio de 2016. La scottish que fabricaron la recuerdan como un hecho trascendental en sus vidas. Ese día se sumó un amigo de Santiago que sabía manejar cocciones a gran escala y además había tenido un proyecto cervecero.

“Fue todo un descubrimiento, de conocer los equipos, de aprender a manejar otros volúmenes. En el momento de la cocción sentíamos inseguridad. Mi papá se preguntaba si estábamos haciendo bien las cosas. Yo tenía una experiencia mínima y mi papá cero”, dice.

A los 15 días de haber cocinado vertieron el contenido en barriles. El 3 de agosto de 2016, para el cumpleaños de Santiago probaron la primera tirada de Beerdier: “Nos salió espectacular. Me enamoré de nuestra cerveza. No lo podía creer”, recuerda.

Como si fuesen dos niños mirando fascinados un calidoscopio, así Santiago y Guillermo miraban a través del vidrio del vaso la densidad de su propia cerveza. Los rayos de la luz que atravesaban el líquido hacían brillar el color de rojo de la scottish; analizaban la espuma, el sabor. Todo era perfecto.

Desde ese día comenzaron a vender en un bar. Luego los llamaron de otro. La demanda empezó a crecer. Entonces tuvieron que comprar más barriles, el galpón les quedó chico y decidieron ampliar módulos de a tres por tres metros cuadrados, hasta que hicieron un quincho. Pero los Valarino se embarcaron en otro desafío. Hace tres años se enteraron que rematarían un vagón de subte del año 1938 de la línea A. Pensaron en que sería una hermosura usar esa estructura para montar un “tap room” en la fábrica. Así los amantes de Beerdier podían ir a degustar la cerveza en ese ambiente rodeado de naturaleza en medio de ese pueblo alejado de los bocinazos y la enajenación propia de las grandes ciudades. Lo compraron, pero luego el mayor desafío era trasladar ese coche de 15 metros de largo por 2.5 de ancho durante 194 kilómetros que separan Berdier de Buenos Aires.

“Teníamos hasta el 30 de agosto de 2017 para sacar el coche del taller de Los Polvorines porque si no lo perdíamos. El viaje fue una odisea. La entrada a Berdier son 7 kilómetros de tierra. Durante junio y julio de ese año llovió y era imposible entrar con el camión flete. Ya estábamos a punto de perderlo. La semana del 26 de agosto dejó de llover. Tuvimos que tirar tosca en el camino, improvisar una vía para poder entrarlo a la quinta. En el pueblo fue una revolución. Nadie entendía nada. Luego de 3 años de trabajo lo vamos a inaugurar el 7 de febrero”, dice Santiago.

Hoy tienen cinco empleados y capacidad para cocinar 12 mil litros mensuales. Reparten cerveza en Junín, Chacabuco, Rojas, Rawson, Buenos Aires, Salto, Capitán Sarmiento, Pergamino y Arrecifes. En la zona se hizo tan conocida que ocurrió un hecho digno de una escena de una película de Carlos Sorín. En medio de un reparto, Santiago avanzaba tranquilo por la ruta 8 desde Capitán Sarmiento hacia Salto. La camioneta de reparto está ploteada con la marca Beerdier, y el slogan “Artesanos de buenos momentos”. A mitad de viaje, un policía le hizo seña para que frenara. Como siempre ocurre en esos instantes, Santiago repasó mentalmente si tenía todos los papeles: cedula verde, carnet de conducir al día, seguro pago, VTV. Pero nada de eso le iban a pedir. “Te paro para felicitarte por la cerveza, siempre voy a un bar de Arrecifes especialmente para tomar Beerdier”, le dijo el policía. Santiago no lo podía creer.

“Siempre con lo justo pero metiéndole un montón de horas de trabajo”, dice Santiago.

En la quinta hay un árbol de nísperos y uno de sus sueños es hacer una cerveza con ese fruto. Este año probaron con cáscaras de naranja y cocinaron una “Orange Weisse” de trigo. Además usan miel pura agroecológica de un productor de la zona. El lúpulo viene de El Bolsón y la cerveza es libre de productos químicos. “Se formó un proyecto que se puede sustentar, está comenzando a generar trabajo en el pueblo, por la cerveza se está conociendo Berdier. Hasta ahora, por suerte jamás tuvimos críticas negativas. Queremos seguir perfeccionando la cerveza. Con mi papá siempre tuvimos una hermosa relación pero este proyecto nos unió aún más. Todas las decisiones las tomamos entre los dos, es como trabajar con un amigo”, dice Santiago.