Fotos de Cami Benítez

Durante los siete años en los que Luly Ramírez vivió en Buenos Aires su creatividad entró en un letargo insoportable, casi en sintonía con su estado de ánimo. Como muchos de los jóvenes del interior, cuando terminó el secundario se fue a vivir a capital. Alquiló un departamento en el barrio de Belgrano. Le costó adaptarse a las bocinas, a perder tiempo esperando colectivos, a viajar hacinada en el subte. Pero para ese entonces, sus ganas de estudiar superaban la angustia de vivir lejos del río Areco, de los mates con amigos, de las bicicletadas y los almuerzos con sus padres. Primero se anotó en Diseño de imagen y sonido, pero los exámenes del curso de ingreso la dejaron afuera. En plena desorientación y búsqueda, se inscribió en Oceanografía: soñaba vivir en una plataforma petrolera en el medio del mar. Hasta que un fin de semana, en el viaje en Chevallier desde Areco hacia Buenos Aires, se encontró con Ramiro Canovas, un amigo de la secundaria. Mientras se ponían al día, Ramiro le recordó aquella vez que habían ido a la ExpoUniversidad en La Rural. En ese entonces Luli comentó, casi al pasar, que le gustaría trabajar en el Teatro Colón como escenógrafa. Ramiro le insistió: “¿por qué no probás con eso si te gusta?”. Y le contó que en la Universidad Nacional de las Artes- UNA- comenzaba la carrera de Escenografía. Luly sintió que era su oportunidad y se inscribió.

“Siempre tuve sensibilidad creativa con las manos. En el UNA me fue bien, algo que nunca me había pasado en las otras carrera, pero hacia la mitad de la cursada, entré en crisis de nuevo: me gustaba lo que estudiaba, pero no de lo que iba a trabajar. Igual mi interés venía por el arte y la facultad me destrabó. Ahora en mi emprendimiento El paraiso Taller estoy usando mucho de lo que aprendí en escenografía. Nunca me imaginé estar en esta situación. Nunca me imaginé que iba a tener un taller de reciclado de muebles, viviendo en Areco. En Buenos Aires no lo podría haber hecho. Durante los años que viví allá, no hice nada creativo y yo era una persona súper inquieta. Nunca me hallé en capital. Sólo creaba cosas para la facultad. Cuando pude salir de eso, miré hacia atrás y me pregunté: ¿qué me pasó? Todavía no lo entiendo”, cuenta.

En 2013, a su papá le diagnosticaron cáncer. Luly estaba terminando de cursar Escenografía y tenía que decidir qué hacer. Sintió que debía regresar a San Antonio de Areco, para estar cerca de sus padres -Marisa Satorre y Guillo Ramírez- y acompañarlos. En el fondo de la casa el padre tenía un tallercito en donde guardaba las cosas viejas que compraba en los remates. Por las mañana Luly se levantaba y mientras su papá le cebaba unos mates ella, sin pensarlo, empezó a transformar cosas en desuso y reciclarlas en objetos de decoración.

“Una amiga me dijo ´abrite una página´ y así empecé. Empecé a meterle al taller y a estar con mi familia. Iba a los chatarreros a chusmear, a ver cosas de demolición. Veía las puertas y me imaginaba en qué convertirlas. Me pasa mucho en las casas, entro y me imagino en qué convertir los muebles que tienen, cómo pintarlos, todo el tiempo estoy queriendo transformar”, dice Luly.

De a poco comenzaron a llegar los pedidos. El primer desafío fue un encargo del hotel sustentable Raucho, que recién estaban arrancando con su emprendimiento. Le pidieron que pintara unos muebles y unas butacas. Los chicos de Raucho estaban con toda la energía de arrancar algo nuevo, y ella estaba en la misma. Para ella fue un gran esfuerzo y responsabilidad, sintió por primera vez que podía considerarlo como un trabajo. Si había podido cumplir con eso, podía dejar de ser un hobby y entonces, por fin, dió el salto.

Cuando Luly encuentra muebles desmembrados y tirados en la calle siente que encontró un tesoro. De tanto andar por las calles de Areco, con la mirada atenta a los contenedores y boulevares, sabe que en la Avenida Quetgles tiran cosas buenas para su trabajo. A Luly le apasiona diseñar sobre cosas ya hechas, quizá algo rotas, y transformarlas. Esa habilidad, supo de más grande, la tenía desde pequeña: su mamá tenía un negocio de regionales y ella se las ingeniaba para armar títeres con las bolsas. “Me di cuenta de que quería hacer eso. Me gusta reutilizar todo, no me gusta comprar madera nueva. Cuando voy a la verdulería, voy mirando todo. Vuelvo, agarro la zorrita y me voy a buscarlo. También me llaman para avisarme que hay muebles tirados por ahí, o me avisan que están por tirar algo. El problema es que siempre digo que sí… y me lleno de cosas. Una vez al año, saco todo y trato de acomodarlo”, dice.

Luly está en todos los detalles, que los encastres queden perfectos, trabajar la madera para que vuelvan a relucir las vetas. Muchas veces le llegan muebles con mensajes escritos en sus partes ocultas: mensajes de amor, números, insultos… de todo. “Siempre digo: ¡no tiren nada! Los muebles se pueden reinventar. No me gusta la cultura del descarte. Los muebles con historia son hermosos”, dice.

A fuerza de combatir el desorden, Luly se armó una rutina de trabajo. De Lunes a jueves de 9 a 12 y de tres a seis de la tarde trabaja en su taller con la inefable compañía de Flor y Cardo, sus perras. Cumple las seis horas como si fuera el reglamento de una oficina. Cuando entra un proyecto nuevo, hace un esquema de trabajo. Si entra un mueble el lunes, el viernes el cliente ya lo podrá retirar. Y busca disfrutar del proceso: “Si tengo que arreglarlo, de ir a la pinturería a pedir presupuestos y mandarle los colores a los clientes, y después pintarlo, hacerle el decapado, todo. Antes, tomaba de a tres proyectos a la vez, pero no podía cumplir con las entregas, me re estresaba, lo que antes disfrutaba -ver la madera recién lijada o pintada-, no lo podía hacer más. Entonces agarro un proyecto por semana”, cuenta.

Al taller lo fue armando con las herramientas que heredó de su papá y otras que de a poco fue comprando. Al principio había muchas cosas que no sabía hacer, pero ella se autodefine como una “niña tutorial”, mira muchos videos en YouTube. Su curiosidad la ayudó para encontrarle la vuelta a los problemas que le fueron apareciendo en el oficio.

Luly siente que concretó todo o casi todo en su vida. Tiene su casa, que ella misma diseñó, en la que ella misma puso la cerámica de los pisos, armó la instalación eléctrica, se construyó la mesada de la cocina, recicló muebles, construyó con placas de OSB las paredes del baño. Además tiene trabajo fijo los fines de semana en el restaurante La Arcandia y su proyecto personal Taller el Paraíso. Y como frutilla este año pudo concretar un viaje soñado con su familia. “Estoy haciendo lo que quiero. Con el taller me pasa algo raro, siempre siento que falta algo. Tengo un Buddita al que le toco la panza tres veces antes de arrancar y le pido por más trabajo y por hacerlo cada vez mejor. Siempre siento que tengo que mejorar. Al día de hoy, cuando vienen a buscar el mueble, estoy temblando hasta que no le veo la sonrisa o cuando me mandan la foto con el mueble ubicado… entonces me relajo”, cuenta.

Para ella volver a Areco fue la mejor desición que su vida. Dice que si no lo hubiera hecho, en Buenos Aires sería una mujer triste. Se dió cuenta que en el pueblo puede agarrar la bicicleta e ir a clases de carpintería, al trabajo o a tomar un helado. “Yo soy súper simple, con lo que tengo me arreglo, no pido mucho. Estoy en un momento en el que siento que cumplí mi sueño, no pido más nada”.