En su primer recuerdo, Macarena Martínez corre descalza en la finca donde trabajaban sus padres, en La Consulta, provincia de Mendoza. “Siempre estábamos a la orilla del surco, mientras mi papá y mi mamá limpiaban los tomates y el ajo”, cuenta Macarena, la mayor de cuatro hermanos que pasaban sus días en la tierra o el barro, mirando y aprendiendo de Elio y Mónica, un matrimonio de agricultores mendocinos dedicados al cultivo de nogales y hortalizas.

En su pueblo, los días de los Martínez transcurrían entre el arduo trabajo y las travesuras de los pequeños que salían a “explorar” el paisaje del Valle de Uco, con la cordillera siempre en el horizonte. Macarena siente tanta conexión con su tierra, bañada de recuerdos felices de la infancia, que a pesar de haber hecho su experiencia universitaria en Mendoza capital, incluyendo un transformador e inesperado intercambio en Turquía, y de estar a punto de convertirse en licenciada en Administración de Empresas, no tiene dudas de su próximo objetivo: reinstalarse en La Consulta para ayudar a su padre a mejorar su negocio y aportar sus conocimientos para profesionalizar la comercialización de sus productos.

Sin embargo, el destino de Macarena podría haber sido totalmente distinto. Cuando era pequeña sufría muchos dolores en sus piernas. Varios doctores la examinaron y no podían encontrar el motivo. Ella se obsesionó tanto que quiso estudiar traumatología: quería entender qué era lo que le estaba pasando. El dolor fue apaciguando justo a tiempo. Cuando tuvo que elegir la modalidad que continuaría durante la secundaria, no titubeó y escogió Ciencias Económicas. Ya estaba pensando en cómo ayudar a Elio. “Quería ser contadora para ayudarlo, quería involucrarme en eso y la orientación me encantó”.

Los Martínez vivían a siete kilómetros del centro de La Consulta, así que Macarena pasaba muchas horas con Cintia, su vecina y amiga “eterna”, dice ella. “Hoy seguimos siendo amigas y vamos a estar unidas por siempre”, agrega. Al momento de terminar el secundario, Macarena no se imaginaba el cambio que tendría su vida. Un nuevo universo se abría ante ella. Los 100 kilómetros que separan su pueblo con la capital mendocina marcan el pasaje de dos mundos totalmente distintos. “Al principio fue muy repentino: pasar del campo a la ciudad, fue muy fuerte. Me fui a vivir con una amiga de mi mamá, que me alquilaba un cuarto. Al principio no conocía a nadie, me fui sola del pueblo. Soy bastante tímida… pensé que me iba a costar hacer amigos, pero la verdad es que tuve suerte”, cuenta. Macarena y Fernanda se conocieron el primer día de la facultad. Y no se separaron más. Fernanda terminaría siendo clave en su historia. “De a poco se armó un grupo y yo era la campesina del grupo, jaja. De a poco me empecé a abrir, fueron personas que me ayudaron a salir de mí misma”, dice.

Todos los viernes, cuando terminaba de cursar, Macarena se subía al colectivo que la devolvía a La Consulta, donde pasó prácticamente todos los fines de semana desde que dejó su pueblo para vivir en la ciudad. “Me debo haber quedado tres veces nomás”, ríe. “Después de haber vivido tanto tiempo en la ciudad, ahora aprecio más la vida acá”, dice, ya que desde el comienzo de la pandemia volvió a vivir con sus padres. La universidad fue para ella un cambio total, desde todo punto de vista: “Crecí como persona, por las experiencias y oportunidades que me dio la carrera. Más allá de los conocimientos, lo que más aprecio fue la posibilidad de conocer a otras personas y lo que más voy a recordar de la universidad son las juntadas en la biblioteca, donde además del estudio, pasábamos horas charlando, intercambiando sensaciones y frustraciones. Eso lo voy a extrañar muchísimo”.

A través de Fernanda, Macarena obtuvo una ayuda clave para poder sustentarse y transitar el camino de la universidad sin más preocupaciones que estudiar. “Ella me comentó que se habían abierto vacantes en la Fundación Fondos de Becas (Fonbec), para el programa Potenciá Tu Talento del Banco Galicia. Fer me dijo ‘podrías presentarte, dale, andá’, así que fuimos junto a otra amiga, nos hicieron la entrevista y quedamos, fue una felicidad muy grande”. Desde entonces, hace cinco años, Macarena recibe esa ayuda que ella considera “fundamental”. “Aparte del aporte económico, conocí mucha gente que se preocupa por la situación de los demás. Y el año pasado fue muy importante porque pude hacer un intercambio en Turquía, sin la ayuda de la beca, no lo podría haber hecho”, revela.

Macarena todavía no entiende cómo se animó a hacer el intercambio, como si ahora tomara conciencia de la transformación que atravesó, del crecimiento que significó su paso por universidad. “Fue una experiencia hermosa. Me traje muchas tazas turcas… jaja. La cultura, Estambul es una ciudad preciosa, conocí a muchas personas, hicimos un grupito lindo de amigos y terminamos siendo una ‘familia’ junto a chicos y chicas de México, de España, Eslovaquia, Brasil. Hicimos un viaje juntos durante todo el intercambio, nos seguimos hablando y quedamos en reencontrarnos en otra parte del mundo”, cuenta. Y agrega: “La beca fue una ayuda muy importante para poder hacer esto. Estoy profundamente agradecida con la coordinadora del programa y con el banco”.

Ella está tan conectada a su familia que cree que su papá puede adivinar su futuro. “Él me dice todo el tiempo que lo que me proponga, lo voy a alcanzar”, dice y recuerda que cuando ella era pequeña Elio solía repetirle: “Vos vas a estudiar y vas a viajar a todos esos países que vemos en la tele”. Hoy, varios años después, rememora esa frase y se emociona: “A veces siento que no tiene razón… pero después ¡se cumple lo que él dice!”.

Macarena está atravesando el último tirón de la carrera, en este contexto tan extraño, signado por la incertidumbre. Pero ella tiene un plan decidido: ayudar a su papá. “Me gustaría estructurar su negocio, hacerlo más formal, tengo ideas para hacerlo crecer y siento que puedo hacerlo. Lo que más me gustaría es aplicar lo financiero al campo, hacer crecer el negocio, mejorar la red de contactos y quizá algún día exportar, quién sabe”, se entusiasma. Y cuando mira hacia atrás, lo que ve es un cambio muy grande. “De lo que era a lo que soy: estoy contenta y feliz por las personas que me ayudaron a crecer, mis amigos de la universidad, la beca y el intercambio”.

 

Fotos de Marina Martínez

Esta nota cuenta con el apoyo del Banco Galicia.