A Bahía Blanca todos los años llegan estudiantes de la provincia de Buenos Aires para formarse en la Universidad Nacional del Sur. Hacia fines de los años 70 llegaron Nora y Roberto. Al terminar la secundaria, ella dejó Darregueira para anotarse en la carrera de Contador Público y él Villa Iris para inscribirse en Técnico Electromecánico. Ambos tuvieron que trabajar para costearse los estudios y el destino los encontró en la misma empresa cerealera. Se enamoraron y un año después se casaron.

Cuando la situación económica en la empresa comenzó a decaer, Roberto estaba a cargo de cien personas y había quedado en el medio entre los trabajadores y los dueños de la fábrica, en una situación difícil. A eso se le sumó la muerte de su madre y la de una tía de crianza. Roberto terminó un mes internado en el hospital. Nadie arriesgaba un diagnóstico, hasta pensaron en una enfermedad terminal, pero en realidad lo que había sufrido era un pico de estrés.

“Cuando regresó a casa, sentado en el departamento nos propusimos cambiar de vida. Entendimos que eso había sido una señal. Aunque trabajábamos en la misma empresa no nos veíamos en todo el día, incluso trabajábamos hasta los sábados. Ya nos habíamos comprado un terreno en Villa Ventana con la idea de tener algo para pasar los fines de semana. Y nos preguntamos, ¿qué pasaría si nos vamos a vivir allá? Cuando nos vinimos mis padres y nuestros amigos nos decíamos que estábamos chiflados. Teníamos buenos sueldos pero cerramos los ojos y nos largamos”, recuerda Nora.

Y así fue cómo el 1 de febrero de 1991 dejaron Bahía Blanca y se instalaron en Villa Ventana, una comarca de doscientas hectáreas a 17 kilómetros de Sierra de la Ventana, en el partido de Tornquist. En ese momento vivían 50 personas. Rodeada por los arroyos Belisario y Las Piedras, las aguas cristalinas que bajan de los cerros bañan las costas de piedras entre pinos añosos y las flores de las acacias silvestres que pintan de amarillo: Villa Ventana es un lugar de cuentos.

Roberto siguió teniendo contacto con la empresa cerealera pero de manera independiente. Era viajante de comercio que recorría la zona comprando semillas. Salía de Villa Ventana el martes y regresaba el viernes. Mientras tanto, Nora se quedaba en la casa pensando qué hacer para generar un ingreso extra. Para ella había sido un cambio rotundo de trabajar todos días en relación de dependencia a tener tiempo para encontrarse con la naturaleza. Su nueva vida le fascinaba, pero a la vez necesitaba hacer algo. Primero se dedicó al jardín, plantó los cercos verdes del terreno. Al recorrer las calles de la comarca, Nora se encontraba con árboles frutales silvestres. Enseguida se acordó de su abuela Antonia, francesa de origen, de quien aprendió a hacer dulces caseros. “Me crié mirándola cocinar, todos los días había algo exquisito para tomar el té. Mi abuela me encendió la ´mechita´ de todo esto”, dice Nora.

Un día, de casualidad sucedió algo que cambió su vida. Un matrimonio de turistas se acercaron y le preguntaron dónde podían comprar algo para llevar de recuerdo de Villa Ventana. Nora les dijo que no había nada, que debían irse hasta Sierra de la Ventana y que allí podían conseguir algún souvenir. Los turistas se negaron: ellos querían algo del lugar del que se habían enamorado. A Nora se le ocurrió proponerles que fueran al otro día a su casa y que ella les prepararía unos frascos de dulces caseros. Y así fue. Cuando Roberto llegó de viaje Nora le contó el suceso y su idea: destinar sus ahorros en construir un pequeño local para ofrecer productos autóctonos.

Así surgió Mamuelquen, que significa lugar arbolado en Mapuche. “Con todo corazón abrimos el primer espacio el 23 de julio de 1992. A Villa Ventana comenzó a llegar gente a vivir con muchas ganas de trabajar. Al principio el local era un centro que agrupaba la producción de los artesanos de la Villa y mis dulces. Irma era una señora que hacía alfajores y me propuso llevarme unas cajas para que vendiera. Ella tuvo un problema familiar y me enseñó la receta para que no se perdiera”, dice Nora.

Comenzaron a llegar grupos de turistas de Buenos Aires que, al probar los alfajores, se enamoraban del sabor. Mamuelquen empezó a crecer de boca en boca. Primero cocinaban en el horno de su cocina y en unas asaderas que tenían. Todos los ingresos los reinvertían. El local les quedó pequeño, entonces lo agrandaron. Nora y Roberto, como piedra fundacional, antepusieron la excelencia del producto antes que la facturación. Ellos decidieron fabricar los alfajores apostando a la calidad de la materia prima. Por eso se contactaron con maestros pasteleros para afinar la receta, quisieron que el chocolate hiciera “crack” al fracturarse y que no dejara el paladar con grasa. Mandaron a fabricar un dulce de leche justo para lo que ellos soñaban. Así llegaron a lo que es hoy: una delicia única 100% artesanal libres de productos químicos.

Detrás de cada alfajor de Mamuelquen hay vida. “Fueron muchos años de amor. Descubrimos que era lo que nos gustaba a los dos. Se fue gestando un hijo que nunca pudimos tener, hoy pienso que Mamuelquen es eso: nuestro orgullo. Para nosotros no es una fábrica. Mamuelquen está hecho en la cocina con mucho amor. Tuvimos infinidades de ofertas para vender los alfajores en diferentes puntos del país, incluso para exportar a España, pero nunca nos entusiasmó la idea porque teníamos que dejar de hacerlo artesanal y pasar a ser industrial y eso no era nuestro sueño. Muchas veces por tener más dinero cambiás las cosas y a nosotros nos encanta cuando sabemos que hay gente que desvía su camino para pasar por Villa Ventana a comprar nuestros alfajores”, dice Nora.

Un día en Mamuelquen es un ritual. A la mañana preparan la masa para las tapas y las dejan descansar hasta la tarde. Luego de la siesta, las cortan y hornean las galletitas. Mientras tanto, en otra parte del local rellenan con dulce de leche uno por uno cada alfajor. Y al final de la tarde los bañan con chocolate y los dejan que se sequen hasta el otro día. Luego repasan cada uno para sacarle el excedente y los envasan a mano. “Lo más emocionante es que viene gente desde que abrimos. Algunos vienen con sus hijos y les cuentan cuando ellos eran chicos. O muchos entran y recuerdan el olor a chocolate de su niñez”, dice Roberto.

En 28 años de trabajo nunca vivieron una crisis tan profunda como la que estamos viviendo con el coronavirus. Como a Villa Ventana no llegan turistas, Nora y Roberto comenzaron a vender online en Bahía Blanca. Trazaron estrategias de supervivencia para poder seguir pagando los salarios a sus dos empleadas. Para Nora la “cuota de amor es fundamental y que los turistas regresen o lleguen por el boca a boca es emocionante.Todo eso hace un combo que nos llena el alma”.