En enero de 2017, Vicky y Lucas disfrutaban de la arena blanca y fina de las playas de Tulum, del mar transparente y cálido de ese paraíso natural enclavado en la península de Yucatán, México. Una noche, una amiga de ambos los invitó a cenar a un restaurante. La fonda de manteles de hule rojos, sillas rojas y mesas rojas se llamaba “El Rincón Chiapaneco”. El bar sobre la calle Júpiter Sur ofrecía platos tradicionales de la región de Chiapas: costillas de cerdo en salsa de chile pasilla, albóndigas en salsa verde o un rico cochito chiapaneco.

Con la entrada les trajeron un cuenquito con habaneros en trozos y en aceite. Los chicos nunca habían probado los ajíes más picantes de México y su amiga los alentó a que se animaran, sin saber que ese mordisco les cambiaría el futuro.

“Nos re picó, nos re enchilamos. No te voy a decir que lo que sentimos fue un viaje místico, pero nos miramos y dijimos ´Ah! esto es maravilloso´. En Argentina no existe, no hay una cultura del picante”, dice Lucas.

La cena derivó en una charla sobre cómo cultivar ajíes picantes. Lo primero que tenían que hacer era recolectar semillas para experimentar en los suelos argentinos. Y así, sin premeditar, nació el emprendimiento Mande Picantes.

A cinco años de la cena en Tulum, Vicky y Lucas tienen más de 1200 plantas de ajíes picantes, una producción agroecológica en una parcela de 500 metros cuadrados que les otorgó INTA, en la estación experimental agropecuaria de Ituzaingó, provincia de Buenos Aires.

“Desde hace cuatro años existe Mande Picantes en nuestras cabezas y ahora lo estamos materializando. Estamos en un proceso de querer dejar la ciudad y vivir en un lugar rural. Desde que empezamos a tener huerta en casa comenzamos un camino de búsqueda de un ambiente más apacible. Somos estudiantes de Producción Vegetal Orgánica de la Facultad de Agronomía, ahí aprendimos mucho de cultivos en general”, dice Lucas.

El “campito”, como le dicen los chicos, está ubicado a quince cuadras de donde viven. Cada vez que están en contacto con las plantas y la tierra sienten que el día mejoró, no les importa que les duelan las manos de tanto arrancar yuyos, ni los 35 grados a pleno sol ni los mosquitos que los devoran: Vicky y Lucas regresan a su casa felices.

En tiempo de cosecha la alegría se duplica. Cuando levantan los cajones llenos de pimientos, se toman el tiempo de contemplar cada fruto, se pierden en las formas, los colores. Cuentan uno por uno, arrancan mil, dos mil pimientos. Vicky y Lucas aman lo que hacen. “Lo que aprendimos en la Facultad lo pusimos en práctica y da resultado. Nos suceden un montón de sensaciones”, dicen.

La rutina de trabajo cambia según la época del año: limpiar la parcela, sembrar, cosechar, conservar los pimientos, producir las salsas picantes. Pasan por meses de picos de cosecha, otros de picos de cocinar la producción. Además están incursionando en producir mermeladas con un agregado de jalapeños.

Quienes probaron el mix Mango agroecológico de Mande Picantes dicen que es una sensación culinaria. Para que las salsas tengan una mayor durabilidad encurten los pimientos, luego los procesan y los envasan. En la otra parte de la producción los secan, algunos frutos los muelen, otros los dejan enteros y los venden como condimentos.

“Trabajamos en un entorno lleno de vida. Nos profesionalizamos en la producción de pimientos picantes, para después producir alimentos. Agregarle valor y montar una pequeña fábrica. Aplicamos todo lo que aprendimos en la facultad. Todos los días descubrimos algo nuevo, aprendiendo a perfeccionar los tiempos de cada proceso. Estamos ‘acriollando’ las semillas, para que sean productivas en un suelo que no es el nativo. Desde que empezamos seleccionamos las semillas que mejor se adaptan a las circunstancias de Buenos Aires y las separamos y las guardamos para próximas siembras”, dicen.