Año 2012. Dos biólogos, un administrativo municipal, una pediatra, una obstetra y una enfermera del equipo de salud local, que habían concurrido a un encuentro de Pueblos Fumigados, deciden romper la inercia en el partido bonaerense de Guaminí y empiezan a plantear la necesidad de regular las distancias de fumigación en las áreas urbanas. Ese impulso inicial desembocaría, tiempo después, en un movimiento que colocó al municipio como referencia y vanguardia en materia de agroecología extensiva e intensiva, con una propuesta de desarrollo local que emerge como un faro para mostrar que otro camino posible.

Marcelo Schwerdt, doctor en Biología, ex director de Medio Ambiente de Guaminí -cargo que ocupó durante diez años- tuvo mucho que ver en esta historia. Schwerdt fue el impulsor de un foro que en un primer momento se dedicó a la educación y luego avanzó hacia la legislación: regulación del uso de agroquímicos, manejo de envases, circulación de las máquinas aplicadoras. “Así arrancamos, en el 2014, después de haber hecho mil encuentros, debates, discusiones, concientizando a todos los actores intervinientes, desde la Sociedad Rural, los aplicadores… todos decían que sí, que era necesaria la regulación, agradecían el hecho de que se los escuchara. Sin embargo, cuando todo parecía listo para lanzar la ordenanza, aparecía el lobby para trabarla”, cuenta.

Finalmente, la nueva legislación sobre uso de agroquímicos para Guaminí fue aprobada en 2016. Para ese entonces, Schwerdt ya no era director de Medio Ambiente y se había ido a trabajar al Centro de Educación Agraria n°30, desde donde armó programas de producción agroecológica y desde donde sigue dirigiendo el molino La Clarita, un proyecto para hacer harina integral con el trigo agroecológico que cosechan en la zona.

La “experiencia Guaminí” estuvo enlazada, desde su comienzo, con la figura de Eduardo Cerdá, ingeniero agrónomo, hoy director nacional de Agroecología. En 2014, cuando Schwerdt estaba buscando referentes para las conferencias en el municipio, encontró “de casualidad” a Cerdá por unos “videitos que había subido en YouTube, donde explicaba cómo hacer agroecología en los espacios periurbanos y cómo mitigar las aplicaciones en escuelas rurales y barrios marginales”.

“Lo contacté por Facebook y de una me dijo que sí, que venía a Guaminí. Cuando llegó, le dije: ‘Yo tengo el desafío de mostrar aunque sea en una maceta, en media o una hectárea que hay una alternativa’. Además le pedí que nos asesorara por un año. Eduardo me dijo que no tenía problema en contar cómo hacerlo, pero no quería asesorar porque no tenía tiempo. En su charla hubo entre 60 y 100 productores, unos 8 o 10 se le pegaron como abeja a la miel. Se quedaron hablando con él, se prendieron”, recuerda Marcelo.

¿Cuál fue la respuesta de Cerdá?
Viendo esa situación, y el tono de las preguntas sobre cómo arrancar, qué hacer con el gramón -una planta muy problemática en la zona-, cómo hacer para comenzar con la transición, entendí que había con qué trabajar. Al otro día, él se comprometió a abrirnos la tranquera de La Aurora, una experiencia testigo en agroecología ubicada en Benito Juárez y se enganchó con venir durante un año para asesorar a ese grupo de productores interesados. La síntesis es que hoy sigue viniendo, seis años después, a pesar de ahora por su puesto quizá se le vaya a complicar.

¿Esa decisión de Cerdá fue clave para que progresara la experiencia de los productores?
Sí y se renovó automáticamente porque los productores se engancharon. Las frase que aparecía era “no, esto es imposible”, que supuestamente no había otra manera de hacer agricultura sin agroquímicos, fertilizantes… entonces pusieron a disposición los peores lotes, llenos de gramón, algunos bajos medio inundables, y así y todo les fue bien, al año siguiente se expandieron un 1500%. Pasaron de 100 a 1500 hectáreas y hoy estamos cerca de las 5 mil. Ese grupo que inició el proceso transformó el 100% de sus campos a la agroecología. Algunos de ellos lo hicieron de cuajo, luego de ver la experiencia de La Aurora volvieron a Guaminí decididos a cambiar. No sabían bien cómo, pero cortaron la dependencia de insumos.

Ese proceso de cambio, ¿se amplió a otros sectores?
Sí. Desde el centro de educación agraria que yo dirijo conseguimos en 2017 que nos aprueben 15 cursos nuevos de energías renovables, bioconstrucción y de producciones agroecológicas extensivas, con la idea de conformar grupos de productores interesados en reconvertir sus campos, con un año de acompañamiento, ayudándolos a planificar y a compartir sus experiencias.

A partir de esta propuesta, ¿se produjo un cambio a nivel municipal?
El desarrollo se dio desde la dirección de Medio Ambiente, pero la dirección de Producción siguió apoyando el modelo dominante. Cuando arrancamos, nosotros estábamos poniendo en debate esta cuestión y, mientras tanto, Producción entregaba insumos para la compra de glifosato y semillas transgénicas. Por suerte, después de varios años el municipio ya tiene una bandera de agroecología. Logramos superar esa mirada de desprecio y las sentencias de fracaso. Hoy las grandes asociaciones de productores están haciendo encuestas críticas sobre el sistema agroindustrial, buscando datos para no “caer en el vacío”. Para ellos, la agroecología sigue siendo “caer en el vacío”, cuando tenemos, sólo en Guaminí, más de seis años de experiencia, con la demostración de casos concretos de productores. Acá nos conocemos todos, cualquiera puede ir a charlar con el productor que decidió apostar por la agroecología.

¿Qué les contaría ese productor si lo consultan?
Que está desendeudado, que tiene menos riesgos, que le va bien, que está siendo muy rentable. La crítica fácil, la descalificación, fue demolida. Hoy están todos con las antenas paradas.

¿Están más receptivos?
Totalmente.

Este tipo de proyectos, ¿qué le aporta a las políticas de arraigo?
Acá sucede algo muy interesante, que no pasa en el común del campo. La gran mayoría de los productores agroecológicos vive en el campo o se instala todo el día en el campo, desde que amanece hasta la noche. Dejaron de dirigir el campo desde el celular. Acá los productores entendieron que la agroecología requiere de una observación directa permanente, no podés dejar todo en piloto automático, hay que estar encima del lote, requiere más trabajo. En un campo agroecológico seguro vas a encontrar gente. Además, reactivó trabajos que estaban en vías de extinción, como el alambrador, que se necesita para manejar animales. Se requiere más mano de obra. Son dos componentes que generan arraigo. Hablamos de gente que, si no, estaría buscando un empleo municipal o en otras dependencias del Estado.

¿Creés que hay un cambio de tendencia?
Sí. Y te encontrás con experiencias muy diferentes. Acá tenemos a profesionales, un ingeniero mecánico y una bioquímica, que abandonaron sus profesiones para vivir en el campo haciendo agroecología. Y hace un año empezamos fuerte con todo lo que es agroecología intensiva, con grupos de productores enfocados en producir alimentos para que vayan directo al plato del vecino. Hablamos de huertas, donde chicos condenados a irse del pueblo o a trabajar como peones muy mal pagos, pasaron a hacer micro emprendedores hortícolas. Chicos que no habían hecho nunca una huerta y ahora están manejando dos hectáreas y media, con el acompañamiento del municipio. El destino de esos chicos era el de irse a una gran ciudad en búsqueda de un empleo. A veces uno escucha a gente que dice que se ha perdido la cultura del trabajo, que no quieren trabajar… la verdad es que no es así porque, si se los acompaña, si se los ilumina un poco, hay alternativas.

¿Cuál fue el resultado de las huertas locales?
En un año, pasamos de un grupo de tres productores hortícolas a 20. Y de una hectárea de huerta, que no es nada, a cerca de 10 hectáreas. Pasamos de producir 20 toneladas en Guaminí, a 100 toneladas. Ahora, con un proyecto que gestionamos, vamos a comprar un tractor y a armar invernadores. Proyectamos que para el invierno del año que viene una producción de 400 toneladas. Fijate si no hay cosas para hacer en el campo, para entusiasmar y generar mano de obra.

¿La comercialización fue sencilla?
Cuando pasamos de 10 a 100 toneladas, no quedó ni una lechuga ni un zapallo sin vender. Ese era el gran miedo. Los productores te decían: “Ahora agrando la producción y… ¿A quién le vendo?”. Algunos estaban recién aprendiendo a producir, mucho menos sabían cómo comercializar. Hicimos un gran laburo de convencimiento para que se animaran con la promesa de que los íbamos a ayudar en la comercialización desde el municipio. A finales del año pasado logramos instalar una doble fecha de feria, miércoles y sábados. Los productores llevaban lo que producían y ¡en una hora no les quedaba nada!

Es interesante también como inicio de un proceso de agregado de valor local.
La verdura es fácil de vender porque no está agotado el mercado, no sobra. En cambio, en la agricultura extensiva nos pasó que por esa dureza estructural de mente nos cuesta ver algunas cosas. En 2015, cuando planteamos que había que hacer valor agregado local, los productores no querían saber nada. “Nosotros producimos, nada más”, nos decían. Ese mismo año fundamos La Clarita, un molino municipal donde producimos harina integral. Cinco años después, creo que consolidamos ese camino. Hoy estamos elaborando un proyecto junto a la Red Nacional de Municipios y Comunidades que fomentan la Agroecología (Renama, entidad que co-fundó junto a Cerdá), y a Nación para multiplicar los molinos de harina integral y ampliar los que ya están instalados.

¿Cómo fue la historia de La Clarita?
Fue un proyecto que presenté cuando era director de medio ambiente. No había consumo local de harina integral… cuando hice el diagnóstico, en todo Guaminí se consumían entre 3 y 10 kilos por mes. ¿Quién me iba a dar plata para comprar un molino para producir algo que no se vende? Entonces empezamos a pensar cómo la gente podía interesarse en un producto que lo relacionara con algo que quieran mucho. Convocamos a la asociación cooperadora del hospital y a la escuela especial, que tienen mucho arraigo en el pueblo. La idea fue darles toda la ganancia a ellos. Por último se sumó el centro agrario. Hoy vendemos entre 300 y 400 kilos por mes en Guaminí, pero cerca de mil en total en toda la zona, gracias a ferias y otros locales. Sacamos a La Clarita a pasear por todo el país, convencidos de que el camino es por ahí. En poco tiempo, en 100 kilómetros a la redonda, se han creado cerca de 10 molinos como La Clarita.

Eso fue un incentivo para los productores de trigo agroecológico.
Nosotros en La Clarita podíamos hacer por año alrededor de 10 o 12 toneladas. Son cinco hectáreas de trigo… ¿cómo íbamos a seducir a los productores agroecológicos para que nos vendieran el tripo para darle valor agregado? Con la multiplicación de los molinos, en 2018, se cosecharon en Guaminí 120 toneladas de trigo agroecológico, que se vendieron en su totalidad a estos molinos. Logramos así el objetivo de que todo lo que se produce de manera agroecológica no caiga en un silo donde se mezcle con el resto del trigo convencional. Ahora queremos ampliar los molinos, multiplicar por 10 la capacidad de producir harina, por ende, demandar una multiplicación de trigo agroecológico. Por otro lado, estamos trabajando para fortalecer otras cadenas, como la lechera. El año pasado perdimos en Guaminí casi un tercio de los tambos que había. Dentro del grupo de productores agroecológicos, tenemos tamberos. Por eso estamos presentando un proyecto en Desarrollo Social de la Nación para crear una ensachetadora local, que nos permita producir entre 200 y 400 litros de leche por día acá mismo, a un 60% del precio que tienen el resto de las leches en el mercado. Lo mismo sucede con la harina, La Clarita está a un 40% de lo que valen las harinas integrales en las dietéticas. Son productos de muy buena calidad, pero a un precio muy accesible. Ese es el corazón de la agroecología.

Este modelo de producción local, ¿se puede replicar en otros pueblos?
Estamos convencidos de que la nueva agricultura, del presente y del futuro, es la agroecología. Recontra convencidos de que es por ahí. Quien conoce la experiencia de Naturaleza Viva (proyecto agroecológico en la provincia de Santa Fe), sabe que es por ahí. La unidad productiva económica en Guaminí, son 600 hectáreas, es decir, una familia necesita esa extensión para vivir. Naturaleza Viva son 200 hectáreas y viven 15 familias. Obvio que no es algo que se puede hacer de un día para el otro. Con la agroecología se reduce el riesgo económico, ambiental y social en beneficio de todos. Con eso, a los productores les va a cerrar tener unidades de producción más chicas. Nosotros tenemos desde un cuarto de hectárea hasta 700 hectáreas. Todos están siendo viables. Con la agroecología logramos mantener, a veces superar, los rendimientos, pero los costos bajaron a menos de la mitad. La cuenta es fácil. Por eso, los productores están desendeudados y con mejores indicadores subjetivos: todos te dicen que mejoraron su calidad de vida. Son gente de campo, que les gusta vivir en el campo y la estaban sufriendo. Se endeudaban hasta las orejas y después venía una seca… los productores agroecológicos pasaron secas e inundaciones, sus campos están resilientes, obvio que sienten el sogazo, pero cuando se estabiliza la situación, tienen un resorte más potente.