Era el año 1958. Juan Carlos Daverio se había recibido de médico. Tras un breve paso por Resistencia, Chaco, lejos de su familia, volvió a la Ciudad de Buenos Aires para reencontrarse con Mary, su novia, decidido a no vivir lejos de ella nunca más, pero también con la firme convicción de abandonar la gran urbe. Buscó en el diario y allí encontró un aviso clasificado en el que ofrecían un puesto de médico a tiempo completo en un pequeño pueblo, a 100 kilómetros de la capital.

Era la primera vez que escuchaban ese nombre: Villa Lía. Juan Carlos y Mary se casaron y, previa luna de miel en Mendoza, cargaron sus valijas y sueños para llevarlos hasta el partido de San Antonio de Areco. “Así llegamos a Villa Lía, que era un pueblo de campo, la plaza del centro estaba alambrada para que no entraran los animales y se comieran las plantas. Cuando querías entrar a la plaza, tenías que hablar con el cuidador”, recuerda Mary.

La joven pareja quería vivir en el interior para hacer medicina rural y popular, junto a la gente. Juan Carlos era cardiólogo y Mary había completado cuatro años de la carrera de Medicina, a la que abandonó para acompañar a su pareja. “Estuve siempre al lado de él ayudándolo en todo lo que podía”, dice. De aquellos primeros años en la misma casa que aún habita a sus 88, Mary cuenta que al “lado vivía una señora mayor, como yo ahora, y el agua era compartida con molino: si no había viento, no había agua. Y cuando había mucho viento, yo me ponía contenta porque íbamos a tener mucha agua, pero la vecina lo cerraba porque le daba miedo de que se volara la rueda, ¡me daba una rabia!”.

Como el camino entre Villa Lía y Areco no estaba pavimentado, cada vez que llovía el pueblo quedaba prácticamente aislado. Entonces la labor de Juan Carlos se intensificaba. “Mi marido quedaba solo en la unidad sanitaria y tenía que atender de todo, hasta partos. Eran años muy duros, si la cosa se complicaba, no había forma de comunicarse. Era preocupante, yo sufría con él, hasta que venía el chofer de la ambulancia para trasladarlos a Areco. Después las cosas fueron cambiando, mejorando. Él empezó a trabajar en política, con el peronismo, y entonces fuimos consiguiendo cosas, mejorar la unidad sanitaria con más equipamiento, insumos, una farmacia. Antes para sacarse una radiografía, había que viajar a Areco. Ahora no”, cuenta.

Mary dice que disfrutaba muchísimo de la compañía de su esposo: “Era muy inteligente, muy lector. Lo extraño a pesar de que ya hace ocho años que murió”. En el living de su casa, Mary está rodeada de mensajes y fotografías que evidencian un profundo amor a su familia, cartelitos con expresiones de cariños hacia una abuela dedicada y presente, que está al tanto de los quehaceres de sus ocho nietos y cuatro hijas: “Mi vida hoy son mis nietos, ser abuela es vivir con ellos todos sus sueños, sus ganas de hacer cosas”.

Además, para no perder el impulso solidario que ha marcado toda su vida, preside el Centro de Jubilados, el único con comedor propio del partido, que da de comer a 20 abuelos y abuelas. “Hay talleres de memoria, gimnasia, cocina saludable, cada día hay uno distinto. Y yo voy a todos, jaja. Si estoy sola, por lo menos converso con las profesoras. Es una manera de aprender y entretenerse”, dice. “Mi marido era de ayudar muchísimo y yo seguí su línea. A mí me gusta estar acá con la gente. A veces me hago malasangre, pero cuando ayudo siento alegría. Hay que insistir, pero cuando ves que le cambiás un poco la vida a otra persona… es mucha felicidad”, insiste.

Para Mary, Villa Lía es el lugar sus sueños, donde pudo formar una familia. Algunos días disfruta recorriendo su inmenso parque de césped verde como una alfombra, rodeada de jazmines, malvones, madreselva, paraísos, tilos y un roble que ellos mismos plantaron de bellota hace más de cincuenta años. Entre el canto de horneros, teros, zorzales y los chimangos que sobrevuelan la tarde cálida de primavera Mary nunca se conforma: siempre está pensando en qué hace falta para mejorar la calidad de vida de su comunidad. “Me gustaría que se amplíe el hospital, más posibilidades de trabajo en el parque industrial, que es un logro”, dice, mientras se acomoda el pelo para las fotos y avisa: “Estoy despeinada, hoy tengo peluquería”.